El Mundial, entre el VAR y los condenados de la tierra
El VAR como herramienta tecnócrata, las despedidas de los últimos románticos como Modrić y el peso de la historia en los cuerpos de Senegal. En un torneo de batallas tácticas, revanchas efímeras y gigantes que sufren, el fútbol demuestra que no siempre gana el mejor. Un repaso crudo por el juego, la política y la imprevisibilidad de la redonda.
- julio 6, 2026
- Lectura: 3 minutos
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¿Cómo llegaron los que llegaron hasta acá? ¿En qué condiciones? ¿En qué contexto? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Y por qué? ¿Se pueden sacar algunas conclusiones? Entendemos que a esta altura de la cuestión algo hay que sacar en claro de lo que viene pasando en la parte futbolística, pero nunca hay que caer en la trampa de intentar hacer pronósticos en un mundial. Siempre suena divertido y desafiante, pero siempre es una trampa porque pasan cosas que no se calculan, te llevan las emociones y hay sorpresas y decepciones.
Hubo grandes equipos que llegaron a los mano a mano con una cuota de dificultad más alta de lo que esperaban y ahí, en algunos casos, apareció como ayudín o como parte de la solución el VAR. Ese instrumento tecnológico que, en base a un supuesto cientificismo, encarna a los tecnócratas de la derecha internacional política y futbolística. Algunos piensan que es cierto el instrumento científico, y otros sospechan que con un par de buenos motion graphics podés armar y desarmar la jugada que quieras, o que te convenga, o que te dijeron que tenés que armar.
En el partido entre Portugal y Croacia, y en el de Bélgica y Senegal, se dieron estos argumentos que desencadenaron el destrozo de las ilusiones. Penales absurdos que valen para un lado y no para el otro. Incontables goles anulados por posiciones adelantadas milimétricas cuando el tiempo de juego ya pasó. Y el adicionado también pasó, pero la cosa se sigue jugando. Revisiones de árbitros en esas pantallas ridículas y con actings patéticos.
Dijo Luka Modrić al terminar el partido: “No tiene sentido llamar al VAR. Esto no es penal. Ambos equipos se están agarrando, empujando; Vlašić no lo tiró, lo sujetó y ambos cayeron. Por eso no se puede juzgar un penal así en un partido como este”. Antes de levantar un Balón de Oro, antes de ser el corazón de una nación, Luka Modrić fue un niño refugiado que aprendió a jugar con las bombas de fondo. Es por eso y por todo lo que dio en la cancha que lo saludamos de pie en su despedida de los mundiales al último 10 clásico, de los de antes.
Si rotamos el eje y nos trasladamos a otras guerras históricas como las del África subsahariana, cierto es que Senegal debería haber cerrado el partido. No pudo. Bélgica aprovechó desatenciones, errores bobos y el VAR a su favor. En el fútbol del Sahara para abajo se juega de otra manera. En ese ámbito no se presta tanta atención a la marca como en otras partes del mundo. Todos van para adelante. Hay poca táctica, poca jugada preparada. Mucha gambeta, caño, bicicleta, tiros de afuera del área. La gente se divierte y se pegan fuerte entre todos. Puede pasar cualquier, pero cualquier cosa en cualquier momento. El más peinado puede ser goleado. Distinto es del desierto para arriba, donde la penetración europea es mucho más fuerte, tiene más incidencia, y la cultura e idiosincrasia son diferentes. El doctor Carlos Bilardo lo pronosticó hace décadas. Hoy Marruecos es una prueba clara.
Se notaron claramente dos cosas en los jugadores de Senegal: el esfuerzo no natural que hacen para defender y usar jugadas tácticas, preparadas y ensayadas en defensa, y el dolor anímico insoportable cuando le empatan el partido. La cara de los muchachos de Senegal cargaba con el estigma de los pueblos oprimidos. Eran un texto de Frantz Fanon con patas. Eran los verdaderos “condenados de la tierra”. Como si el peso de cientos de años de opresión, esclavitud, matanzas, hambrunas y pestes se representara de golpe en esas caras y en esos cuerpos que pierden el baile, la alegría y la habilidad casi extrema. Hay cantidad de textos y estimados ensayistas que escriben sobre la subjetividad de los cuerpos en referencia al síntoma que genera la realidad social, económica y política que los rodea.
Después hay algunos equipos en el mundial que llegan sufriendo más de lo que esperaban, como en el caso de Inglaterra, que arrancó perdiendo su partido con la República Democrática del Congo. Le costó muchísimo empatar y recién sobre el final llegaron a la victoria. Acá podemos poner también a Brasil, al que le pasó exactamente lo mismo con los japoneses, con la diferencia de que comenzaron a levantar en el juego. Pero no le sobraba nada. Y se vio muy claro en su partido de despedida contra Noruega.
A Brasil le faltaban herramientas. Jugó sin un 10. Con Casemiro ya pasado de tiempo y espacio en el medio. Sin volantes de creación ni llegada. Sin laterales que desbordaran. Sin un tipo que le pegara bien a los tiros libres. Vinícius fue su figura y fue pobre y poco, muy poco. El experimento Ancelotti duró poco. Lo intentó, pero no funcionó y quedó afuera contra Noruega, que parece un equipo antiguo; que juega a veces en cámara lenta, pero tiene a Haaland, que parece que no está y de golpe hace dos goles previsibles, se mueve aparatoso. Nada de lo que nos gusta por acá, pero pelea arriba en la tabla de goleadores. Y apareció un arquero.
Están también las dulces revanchas de la vida y de la historia, como el triunfo de Paraguay ante Alemania y el de Marruecos ante Holanda. Después de esos partidos uno se adueña de una efímera, pero explosiva sensación de felicidad y reivindicación de sus luchas e historias personales que proyecta como puede, donde puede.
Fue distinto lo que vino para los protagonistas de esas revanchas. Paraguay se enfrentó a Francia. Luchó hasta el final, llevó el partido a su terreno y cayó con dignidad por un penal del VAR también. El más peinado… Esa Francia de cuatro estrellas adelante solo por la mínima pudo con Paraguay. Orlando Gill fue hasta acá el mejor arquero del mundial. Mbappé le negó el saludo al final del partido y dijo que saben también pelear los partidos. Es cierto que el equipo francés fue el que mejor venía jugando, dominando el juego en gran parte de sus partidos, pero tuvo un freno de mano contra Paraguay y quizás hagan a un lado su soberbia para recalcular de cara a su partido con Marruecos.
De a poco empezó a tomar confianza España. Luego de un comienzo desastroso y un duro partido contra el peor Uruguay de los últimos tiempos, se pegó un inflador anímico con Australia y se encaminó en ese sentido con la goleada a la triste Austria. Ahora le toca Portugal, que hasta ahora no ha dejado notar que tiene un mediocampo de lujo. Pasó, pero no mostró lo que supuestamente tiene, salvo Cristiano Ronaldo, que te hace un gol y te vende un shampoo o un gel para el pelo.
Después están los locales, que llegaron más lejos que en sus participaciones anteriores. Con sus diferencias, Canadá hizo su mejor mundial, pero Marruecos lo pasó por encima. Estados Unidos encontró un técnico y una forma de jugar que antes no tenía, con mucha potencia, carga física y cierta habilidad. Y México, que venía transformando cada partido en el Azteca en un hervidero, con la gente empujando como un verdadero local y el equipo saliendo a matar. Le venía saliendo bien, pero se encontró con Inglaterra en un partido digno de una telenovela mexicana. Dominaba. Comete dos errores absurdos y le hacen dos goles. Descuenta. Se van al entretiempo. Le echan a un rival, pero vuelve a cometer otro error: penal y gol. Se repone, lucha y consigue descontar de penal. Los ingleses, como buenos rapiñeros de la vida que son, se agruparon bien en el fondo con diez. Se sintieron cómodos sacando cada uno de los mil centros que tiró México, que al final se quedó sin ideas. Los malditos pragmáticos ganaron. Un pueblo entero habrá llorado.
Andan también los que la llevan como pueden, a fuerza de sacrificio y algunas changas, como los casos de Egipto y Suiza. Y me guardo una ficha difícil de apostar, si consigue meterla un poco más adentro del arco, para Colombia. Tiene casi todo para seguir; le falta gol.
Habrá que ver si Argentina va encasillándose en alguno de estos lugares, o cuál es el camino y lugar que encuentra; si se siente cómoda siendo solo efectiva y teniendo momentos de buen juego y otros en los que no le sobra nada y pierde el control; y si continúa apostando a Messi como la llave clave y definitiva para abrir y cerrar los partidos.
El partido contra Cabo Verde fue un mojón en el camino, con muy bajos rendimientos ante un equipo bien plantado, pero que nunca había jugado ni un mundial y menos una etapa clasificatoria. Tuvo que ir al alargue, pero los equipos de Scaloni siguen demostrando que no se rinden.
Todos los equipos se van armando y mutando si tienen la suerte de transcurrir ese “durante” y ese “transcurrir” en el mundial. En el tenis siempre gana el mejor, en el básquet también, pero en el fútbol no. A esto hay que agregarle que lo anímico cada vez es más determinante. Es hasta gracioso cómo un equipo hace un gol y automáticamente se tira atrás, o hace una buena llegada y el otro se asusta colectivamente y se clava en el fondo. Parece que quedan pocos de esos que se abstraían y seguían jugando, o los que jugaban con un hombro fuera de lugar una final del mundo. Quizás estén apareciendo y saquen la diferencia.
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