Argentina / 18 marzo 2026

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Trump, jugando con cosas que no tienen repuesto

El bumerán de la omnipotencia. Las consecuencias imprevistas de la ofensiva contra Irán: una “pandemia bélica” donde la globalización actúa como el enemigo más insidioso. El aumento del crudo y el cierre de rutas comerciales golpean a EE. UU. más que cualquier misil.

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A esta altura, Donald Trump ya sabe que rompió algo que no había calculado que su guerra contra Irán iba a romper. A más de dos semanas de iniciada la agresión perpetrada en conjunto con Israel, el mundo entero lidia con los efectos globales de una acción sobre cuyas consecuencias (empieza a quedar claro) el presidente estadounidense no meditó ni larga ni brevemente. Es fácil imaginarlo con pánico en sus ojos mientras ve un surtidor donde el precio de la nafta común ya es más de un 25% superior al del día cuando anunció “importantes operaciones de combate”.

Los síntomas están a la vista. El 7 de marzo, se precipitó a decir que la guerra terminaría “bastante rápido”, sugiriendo que sería antes de las “cuatro o cinco semanas” que había dibujado como hipótesis el 2 de marzo. No es la retaliación iraní lo que preocupa a Trump: al fin y al cabo, los misiles y los drones de Teherán sólo pueden dañar físicamente a un vecindario del que EE.UU. está a más de 10.000 kilómetros. Es evidente que la tecnología que tiene a su disposición le impide causar perjuicios materiales al territorio del más importante de sus dos agresores.

Entonces, si el inquilino de la Casa Blanca luce como si hubiera recibido un golpe en el plexo solar, éste no puede haber provenido de un Irán que pena en defenderse, sino de un enemigo más insidioso y ubicuo: la globalización. El profesor Federico Merke ha sido muy preciso en señalar que esta guerra es la primera en más de treinta años de acciones bélicas a gran escala de los EE.UU. que tiene un inmediato efecto global, muy distinta del carácter periférico de las guerras en Irak o Afganistán, por sólo citar las dos de mayor envergadura y duración. Por primera vez, estamos ante lo que podríamos llamar una pandemia bélica, ante un estrago económico suscitado por una conflagración que afecta de inmediato al demos planetario en su totalidad.

El enemigo que Trump subestimó es uno más intangible que Irán. Si dañar la infraestructura física del antiguo imperio persa era un objetivo de la acción estadounidense-israelí, afectar la infraestructura de la interdependencia económica del planeta fue un efecto que no se previó, salvo que estemos en presencia de una acción suicida.

El susto que la guerra en sí le causó a las aseguradoras de las flotas de buques petroleros bastó para que cargar nafta se le vuelva súbitamente más doloroso a toda la población del planeta. Las pólizas canceladas cerraron el Estrecho de Ormuz antes de que los ayatolás tuvieran tiempo de atribuirse la hazaña. Las minas iraníes sólo están allí para asegurarse de que no se vuelva abrir, de que los buques no leven las anclas que echaron antes de recibir ningún tiro.

Así las cosas, queda en evidencia que el enemigo que Trump subestimó es uno más intangible que Irán. Si dañar la infraestructura física del antiguo imperio persa era un objetivo explícito de la acción estadounidense-israelí, afectar la infraestructura de la interdependencia económica del planeta fue un efecto que evidentemente no se previó, salvo que estemos en presencia de una acción suicida.

La globalización no es un enemigo que no estuviera en la lista negra de Trump. Por el contrario, se trata de uno de los molinos de viento contra los que viene embistiendo desde su primera campaña presidencial, hace ya una década. Ahora bien, lo que Trump entiende por tal es básicamente el mecanismo por el cual EE.UU. exportó puestos de trabajo fuera del país, la triquiñuela mediante la cual el mundo viene aprovechándose de una nación cuya grandeza pasada él promete restaurar. Así como Irán (como otros enemigos recientes menos poderosos aún) no es una realidad que se desvanezca con un solo conjuro, las redes financieras, comerciales y productivas que el capitalismo tejió por todo el planeta, sin dejar recoveco por conectar, son una realidad que la omnipotencia de Trump eligió ignorar a su propio riesgo.

Por eso es que, sin dejar de sonar amenazante y abusivo como es propio de su discurso habitual, en el inicio de esta semana, en su arenga a los miembros de la OTAN para que se sumen a su aventura en el Golfo Pérsico, Trump no pudo evitar parecer perplejo ante el estropicio del barril de petróleo tozudamente arriba de los 100 dólares.

Esa arenga, por el momento, está cayendo en saco roto. Trump paga el costo de no tratar de convencer, sino de llevar a empellones a los países a los cuales Estados Unidos está atado por tratados internacionales, del tipo de los que él considera facultativos, intermitentes o sujetos a su propia interpretación personal. Ahora invoca el Tratado del Atlántico Norte, una alianza defensiva para la preservación de dos países de América del Norte, uno de Asia y 29 europeos, para exigir acompañamiento en un escenario de conflicto completamente ajeno al territorio que los firmantes de ese tratado se comprometieron a defender. Ni siquiera en esta instancia deja Trump de invocar la supuesta deuda que sus aliados tienen con su país, amonestando antes que explicando la estrategia (que no tiene) a la que los quiere arrastrar.

Nadie podría asegurar que unos liderazgos tan débiles como los que prevalecen en Europa no terminen envueltos en la guerra de elección de Trump. Por el momento, sin embargo, lo que podemos constatar es que la primacía sin vocación hegemónica, sin pretensión de convencer, es una primacía con pies de barro. La quimera de la “paz mediante la fuerza” con la que el actual gobierno estadounidense está embanderado, se ha revelado como una vía a la crisis mediante la arbitrariedad. Si, como se lo dijera el propio Trump al New York Times, el único límite a su poder es su propia moralidad, probablemente el único freno a esta guerra esté dentro de su cabeza. Sin parámetros para determinar qué es lo que debería ser considerado un triunfo, estamos a merced del azaroso momento en que una epifanía sople al oído de Trump “misión cumplida”.

 

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