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El Aleph de Javier Milei
En un salón cerrado de la Fundación Libertad, los aplausos ya no siguen solo a un programa económico. Empieza a insinuarse otra cosa: la idea de un poder sin mediaciones. Lo que se aplaude ahí encuentra su continuidad apenas cuarenta y ocho horas después, cuando Javier Milei asiste en el Congreso a la presentación de su jefe de Gabinete. Escenas distintas de una misma partitura.
- mayo 2, 2026
- Lectura: 3 minutos
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El lunes pasado, en uno de los salones climatizados de la Costanera, la Fundación Libertad, realizó su cena anual. Trajes oscuros, sonrisas medidas, vasos de agua alineados unos tras otros. En las primeras mesas cercanas al escenario, se mezclaban empresarios con funcionarios, asesores, y algunos periodistas camuflados de civil. Cada tanto, alguien mira el celular: cotizaciones, titulares, mensajes que llegan en tiempo real. Afuera, la ciudad sigue con su ritmo desigual. Adentro, todo parece bajo control.
Cuando entra Javier Milei, el murmullo se acomoda rápido. No hay sorpresa, pero sí expectativa. Habla sin pausas largas, encadena frases que van de la certeza a la irritación en cuestión de segundos. Los gestos ya son conocidos: el énfasis, el dedo que marca, la voz que sube. Y ese remate, repetido como una muletilla que ya es marca registrada: el “digamos, ¿no?”. No es una pregunta. Más bien un cierre. Cada vez que aparece, el auditorio responde con un aplauso casi automático, como si no hiciera falta pensar demasiado. O como si ya diera un poco lo mismo.
Ahí no se valida solo un programa económico. Hay algo más. Una forma de ejercer el poder sin intermediaciones incómodas, sin tiempos muertos, sin negociación a la vista. La política como trámite resuelto. El aplauso no celebra tanto como confirma. Y, en algún punto, el establishment se tranquiliza.
Afuera, lo mismo se siente distinto. Dos caras de lo mismo: adentro, orden; afuera, vértigo.
En ese desfasaje hay algo que excede la escena. No es solo Argentina.
Mientras el auditorio acompaña, hay otra mirada en juego. La de Peter Thiel, fundador de Palantir Technologies. No hace falta imaginarlo en la sala. Su interés no pasa por lo que se dice ahí adentro. Va por otro lado: qué pasa cuando un país empieza a reorganizarse achicando sus mediaciones, cuando el conflicto se reemplaza por gestión, cuando la complejidad social empieza a leerse como dato. Dicho así suena limpio. En la práctica, no tanto.
Pero esa idea -ver más, saber más- no es nueva.
En El Aleph, Jorge Luis Borges imagina un punto donde puede verse todo al mismo tiempo. No hay recorte, no hay jerarquía, no hay afuera. Todo está ahí, superpuesto.
La experiencia no aclara nada. Abruma.
Porque para entender hace falta perder algo. Elegir. Dejar cosas afuera. Siempre.
Ese límite empieza a correrse cuando la información se acumula sin pausa. Bases de datos integradas, perfiles completos, trayectorias que pueden seguirse casi en tiempo real. Una especie de Aleph técnico -sin literatura, sin distancia- que promete ordenar el caos sin asumir que el caos también es parte de lo humano. Y a veces ni siquiera ordenar: solo apilar.
Hoy, Palantir Technologies convierte eso en sistema: cruza datos, detecta patrones, anticipa conductas. No busca sentido. Busca correlaciones.
A las tres y media de la madrugada, un pibe escribe desde la cama, con la luz del celular en la cara: “no puedo parar de pensar”. La respuesta llega enseguida. Clara, ordenada, correcta. Sugiere causas, propone ejercicios, encuadra lo que le pasa. El pibe cambia una palabra, insiste. La respuesta vuelve a cerrar. Siempre cierra.
Porque para entender hace falta perder algo. Elegir. Dejar cosas afuera. Siempre. Ese límite empieza a correrse cuando la información se acumula sin pausa. Bases de datos integradas, perfiles completos, trayectorias que pueden seguirse casi en tiempo real. Una especie de Aleph técnico -sin literatura, sin distancia- que promete ordenar el caos sin asumir que el caos también es parte de lo humano. Y a veces ni siquiera ordenar: solo apilar.
Y, sin embargo, algo no pasa.
No hay tropiezo. No hay malentendido. No hay esa palabra que falla y obliga a buscar otra. La conversación sigue, pero queda en el mismo lugar. Como si todo estuviera demasiado bien dicho. Como si no hubiera nada que hacer con eso.
Ahí aparece una diferencia incómoda. No entre verdad y mentira.
Otra cosa. Entre información y experiencia.
Cuando todo cierra, algo se pierde. Y no siempre es evidente qué.
Llevado al poder, eso cambia de escala. Ya no se trata solo de vigilar, sino de reducir. Convertir lo humano en patrón. Traducir el conflicto en problema técnico. Administrar lo que antes se discutía. O se peleaba.
En ese punto, los aplausos en la Fundación Libertad el lunes y de la bancada oficialista el jueves ya no celebran únicamente un programa económico. Celebran otra cosa: la promesa de un mundo sin fricción. Sin desvíos. Sin resto.
Pero la política -como el lenguaje- necesita justamente eso. Un resto. Algo que no encaje del todo. Un margen. Incluso algo que moleste.
Porque hay algo peor que no entender.
Entenderlo todo.
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