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El 1° de mayo en la Argentina de la movilidad social descendente

Con dos tercios de la población bajo riesgo de exclusión, es urgente proteger los cinco sectores que generan empleo masivo —hoy golpeados por las importaciones y la caída del consumo— y apostar por un modelo de equilibrio que incluya a todos los argentinos.

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Imagen ilustradora de dos trabajadores de la construcción

Cada 1° de mayo, cada Día del Trabajador, es una promesa compartida de que, mediante el esfuerzo, la educación y el trabajo, el hijo puede estar mejor que el padre, y el nieto ser universitario. En los últimos años, esa escalera mecánica de la movilidad social ascendente parece empezar a retroceder de manera alarmante en nuestro país.

La realidad del mercado laboral actual nos obliga a mirar más allá de los grandes titulares macroeconómicos. Hay una paradoja inquietante: existen sectores que crecen –como la minería, Vaca Muerta o la energía– que son motores fundamentales de divisas, pero que no son grandes generadores de empleo masivo. Son actividades de capital intensivo que, aunque estratégicas, no logran por sí solas absorber la mano de obra necesaria para revertir la exclusión. El crecimiento de las exportaciones no se traduce automáticamente en bienestar para la familia que hoy no llega a fin de mes.

Para recuperar la movilidad social, debemos entender dónde se genera el trabajo en la Argentina real. El empleo masivo, aquel que permite que millones de personas salgan de la pobreza, se concentra fundamentalmente en cinco sectores estratégicos. En primer lugar, la construcción es –históricamente– el gran dinamizador de la mano de obra no calificada. Segundo: la producción de alimentos es nuestra principal ventaja competitiva con valor agregado. En tercer término, el sector textil ha demostrado un gran dinamismo y capilaridad territorial. En cuarto lugar, la economía del cuidado tiene mucho margen de crecimiento, es el trabajo invisible que sostiene la vida. Y, finalmente, el reciclado es la respuesta ambiental y laboral a la exclusión urbana.

Lamentablemente, este bloque productivo hoy se encuentra bajo un fuego cruzado asfixiante. Por un lado, la caída estrepitosa del consumo interno ha vaciado los comercios y paralizado las obras; por el otro, la apertura indiscriminada de importaciones desmantela talleres y fábricas que no pueden competir en condiciones de desigualdad.

Necesitamos un equilibrio entre el Estado y el sector privado, donde el primero garantice las reglas del juego, la infraestructura y el apoyo a los más sectores que más castigado; y el empresariado invierta con la certeza de que existe un mercado interno sólido.

Dos tercios de los argentinos se están quedando afuera. Estamos configurando una sociedad “dual”, donde un pequeño grupo se integra al mundo globalizado mientras la gran mayoría queda atrapada en la precariedad, la informalidad o el sobreempleo. Una gran mayoría se ve obligada a sumar varios trabajos y changas para llegar a fin de mes o intentar tapar deudas que se multiplican mes a mes.

En este escenario, el eslabón más débil es la juventud. No podemos permitir que el primer contacto de un chico o una chica con el mundo laboral sea la frustración. Es urgente impulsar políticas de empleo joven que unan el sistema educativo con el mundo del trabajo, fomentando la capacitación en oficios y facilitando la inserción en el sector formal. Si no logramos que nuestros jóvenes vean en el trabajo un proyecto de vida, estaremos hipotecando el futuro. El trabajo es el ordenador social. Sin trabajo digno, la familia se desestructura y la comunidad se rompe.

Este 1° de mayo debe ser un llamado a la reflexión profunda. No se trata de elegir entre “todo Estado” o «todo al mercado a lo bestia”. Es un falso debate que solo trae estancamiento. Necesitamos un equilibrio entre el Estado y el sector privado, donde el primero garantice las reglas del juego, la infraestructura y el apoyo a los más sectores que más castigado; y el empresariado invierta con la certeza de que existe un mercado interno sólido.

Debemos repensar qué país queremos. Necesitamos un modelo que incluya a los 47 millones de argentinos, que potencie nuestras economías regionales y que recupere la cultura del trabajo como el único motor real de progreso.

La Argentina de la movilidad social ascendente debe ser nuestro mandato para el futuro. Es hora de volver a poner el trabajo en el centro de la escena política y social, para que cada argentino tenga la posibilidad real de progresar y ver crecer a sus hijos con dignidad. Solo así el 1° de mayo volverá a ser, plenamente, una fiesta de la esperanza.

 

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