Argentina / 5 marzo 2026

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Solo sé que no sé nada 

En tiempos de "terraplanismo mental", la máxima socrática cobra vigencia. Un análisis sobre la proliferación de supuestas verdades absolutas, la fragilidad de los conocimientos humanísticos y la importancia de reconocer nuestras propias limitaciones como motor para la búsqueda de la verdad.

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Proliferan sabedores de casi todo por todas partes. El contexto social y cultural en el que vivimos propicia esto, aunque haya escasas probabilidades de consistencia científica, empírica o pragmática. No siempre estamos lo suficientemente entrenados como para distinguir a quienes saben de quienes no. También a muchos nos gusta hablar por hablar, discurrir en asuntos de los que poco sabemos, casi como ejercicio intelectual o comunicativo para ver hasta dónde podemos sostener nuestros discursos.

Hace unos meses atrás discutíamos en una cena qué saberes eran cuestionables y cuáles no. Los que venimos de las ciencias humanísticas (y ni hablar del arte) sabemos que cualquiera de los conocimientos que adquirimos, aunque lo hayamos hecho en instituciones bien valoradas académicamente, serán cuestionados. Sería engorroso explicar que se basan en estudios rigurosos que atravesaron los siglos, que nuestra formación en lingüística, historia, etimología y etcéteras sostiene aquello que decimos. Nos desconcierta que alguien nos pida que “miremos” una tesis o un trabajo para ver si tiene algún error, como si fuera algo así nomás que debe ser gratuito. Entendemos que hay aventurados que lo hacen pero que generalmente no tienen formación específica y manejan la intuición o la propia experiencia como sustento de sus decisiones (la experiencia, el mercadeo de la experiencia es para otra columna). Nos perturba que cualquier cosa sea considerada literatura o ensayo o poema o receta cuando vemos enredos variopintos en el uso del lenguaje. Nos descoloca escuchar discursos políticos ovacionados que comienzan con verbos en infinitivo (“Agradecer a los ciudadanos blabla”, “Mencionar las políticas de gobierno blablabla”). Nos preguntamos por qué no contratan asesores en el uso del idioma o especialistas que escriban discursos al menos con ciertas reglas cohesivas aceptables. O alguien que asesore menciones literarias y míticas como la de los cíclopes que lejos estuvieron de ser humanos.

Las ciencias duras sufren menos semejante impunidad. Uno de los participantes de la cena mencionaba que nadie le dice a un cirujano que lo va a operar de apendicitis “Mejor cortame acá, señalando la axila, porque ahí no se me va a ver la cicatriz”. Nadie le cuestionaría a un médico dónde abrir con el bisturí para sacar el apéndice inflamado. Pero sí se le cuestiona a un agrónomo qué producto usar y cuánto para la tierra, a un arquitecto dónde poner una columna que sostiene la casa, a un electricista qué cables usar o dónde ubicarlos.

Es extraño este mundo. Lleva al podio la ignorancia y censura el saber. Hace unas décadas atrás si alguien sabía mucho de algo se lo trataba de soberbio, se lo despreciaba, no se lo dejaba hablar porque aburría. Hoy, en pleno auge del terraplanismo mental, alguien puede cuestionar sentado desde su casa el efecto de las vacunas o la forma de la tierra, dándole un plumazo a años de investigación y de validez científica.

En esta era digital donde los instagramers, youtubers, streamers ganan voz y audiencia, la máxima socrática cobra vigencia. “Solo sé que no sé nada” se repite hace siglos. En los Diálogos socráticos, el discípulo de Sócrates, Platón, recupera esta máxima. Allí Sócrates frente al templo de Delfos asegura que él tiene una ventaja sobre los demás: la de no saberlo todo. No es una apología de la ignorancia, sino de la propia limitación y del reconocimiento de que aún hay algo para aprender. Delimitar lo que decimos saber de lo que realmente sabemos puede ser liberador. El autoconocimiento es una forma de acceso a la verdad. 

“Solo sé que no sé nada” incita a la curiosidad, a la búsqueda de información veraz y sostenida por argumentos válidos. Hoy nos toca delimitar en qué se sostienen los conocimientos que nos son arrojados todo el tiempo como comida a los cerdos.

 

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