El entierro: cuando el carnaval en Humahuaca se vuelve lamento
El carnaval de Humahuaca no solo es fiesta; es un ciclo vital de resistencia y gratitud. Cuando el Diablo se entierra, el jolgorio da paso a un lamento comunitario que marca el verdadero inicio del año en la Quebrada. Una crónica desde la quebrada.
- febrero 27, 2026
- Lectura: 3 minutos
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“Para mí es una responsabilidad enterrar. Si no podés chayar u ofrendar al mojón, no lográs cerrar eso que se desató con la cosecha. El carnaval es la unión del Kaypacha con el Ukupacha: al desenterrar, la energía sale y convive entre nosotros; por eso el poncho, para protegerse de lo que anda suelto, sea bueno o pícaro. Hay que devolver esas cosas a su lugar. Es la responsabilidad de cargar tu año”, cuenta con la voz cansada, congestionada de tanto festejo y emoción La Quillay, artista performer trans, quebradeña.
Las comparsas esperan todo el año el desentierro del sábado de carnaval. Durante once meses, trabajan organizando rifas, peñas y bailes para costear las «invitaciones». Dependiendo de cada agrupación, estos encuentros se realizan en casas de familias de la zona; allí, la marcha —acompañada por banderas y bandas de caños— avanza firme contra el viento, el sol o la lluvia. La regla es clara: hasta que no se acaban la bebida y la comida, no se parte hacia la siguiente posta. Circulan el saratoga, el yerbiao, el vino en caja y los cajones de cerveza, mientras los músicos hacen saltar los cuerpos que, entre talco, ramitas de albahaca y serpentinas, se abrazan, bailan y ríen. En algunas casas ofrecen la «fusilada»: una pareja se sienta frente a doce shots cada uno, de distintas bebidas. Si queda algún vasito, el compañero o la compañera debe terminar la ronda; de lo contrario, hay multa y se sirve otro vaso. Más o menos así se festeja en los pueblos de la Quebrada de Humahuaca. Sin embargo, el desorden turístico también se roba postales en distintos puntos, evadiendo la tradición y rompiendo el festejo comunitario, en un gesto muy a tono con el síntoma de época.
Una semana después del desentierro, la fiesta sigue casi sin turistas: es el Carnaval Chico. Por las callecitas de Humahuaca vibran reverberancias distintas; los acordes se confunden entre las paredes de adobe y el cielorraso nublado aplasta los cuerpos, devolviendo mugidos de caños y metales. Ritmos desafinados y arreglos salamanqueros corean eternas cuecas, bailecitos, sayas y tinkus. El talco perfumado y el papel picado se untan en la cara del otro, siempre pidiendo permiso. Llueve, se despeja, sale el sol; y los destellos que danzan al ritmo de la cumbia chicha delatan la presencia cercana de algún diablo endemoniado.
El diablo o pujllay es un personaje que abunda en las comparsas, con sus espejitos, cascabeles, trajes de colores y su característica voz finita. Es una tradición fundamental del pueblo kolla: su presencia simboliza la gratitud a la tierra, la alegría y el bienestar colectivo. Esa corporalidad festiva y desbordante es una imagen recurrente en las redes sociales; una postal que, aunque merme en gente a partir del miércoles, se perpetúa en los lentes de cámaras y celulares durante ocho días. Sin embargo, esa no es la imagen que se ve el domingo de entierro, ni la que perciben quienes logran llegar hasta el día final.
Las invitaciones sobran. El jueves, el Hogar de Ancianos Juan Pablo II de Humahuaca recibió a la comparsa La Juventud Alegre. Decenas de ancianos, algunos en sillas de ruedas, esperaron con jarras de jugo a la comparsa para coplear y compartir. En ese patio, los versos giraron entre risas, penas y amarguras. Circulares, como la vida.
Muchos de los carnavaleros son trabajadores mineros. Jorge viene de Olaroz Chico, un pueblito de la Puna jujeña: “Nuestro carnaval dura solo cuatro días por el frío, pero es un carnaval rico, de litio”, dice con orgullo. Sabe que la minería no genera consensos y que el carnaval, ante todo, es para festejar. Sin embargo, en Jujuy todavía supura la herida de la reforma constitucional de Gerardo Morales; allí, las comunidades indígenas midieron su capacidad de lucha y dejaron claro que defenderán lo propio.
Esa visión desarrollista tiene su monumento: el Tren Solar. Aunque no llega a Humahuaca por las vías del viejo Ferrocarril Belgrano —clausurado en los 90—, recorre un tramo de la Quebrada. El nombre es casi un espejismo: no funciona plenamente con energía solar y suele circular vacío.
“Fue pensado para el turista, no de manera táctica”, reflexiona Ailén, trabajadora social y vecina de Purmamarca. “El andar es lento y las paradas son breves; en Purmamarca, la gente tiene que caminar tres kilómetros desde la ruta para llegar. No funciona como se esperaba, genera una deuda enorme a la provincia y, lo más doloroso, es que para construir la estación de Tilcara desalojaron barrios con familias enteras”.
La Quillay estrenó recientemente el cortometraje Suri Lithium, una obra donde el cuerpo transmuta en el ave característica de la Puna para cuestionar los sacrificios de la transición energética. A través de sincretismos que unen las procesiones de la Virgen de la Candelaria con ritos ancestrales, la artista propone una mirada futurista: “Primitivamente, imitar los movimientos del suri era un llamado al agua y a la fertilidad. Mi corto se pregunta cómo estarán nuestras comunidades indígenas de acá a quinientos años. No me pregunto por el pasado, sino por el sabor que tendrá el agua, el color de la tierra y cómo el cuerpo irá mutando para adaptarse a esas nuevas concepciones del futuro”, explica.
Esa misma búsqueda de identidad se trasladó a las calles este año, cuando su cumpleaños coincidió con el Viernes de Carnaval. Lejos de un festejo privado, La Quillay eligió el abrazo colectivo de la Cuadrilla de Cajas y Erquencheros de la banda en Peñas Blancas. “No quise hacer algo aparte del carnaval que acontece; busqué unirme a la gente que me abraza desde hace tiempo”, cuenta. El gesto es, también, una revancha contra la vergüenza adolescente: hoy luce el sombrero y el poncho con orgullo, cantando versos libres con la caja en mano. En su ronda se mezclaron juventudes, copleros mayores y la comunidad LGBT de Tilcara, quienes fueron a cantarle a su identidad. El festejo se completó con las Añateras, un grupo de mujeres que, con bombos y redoblantes, trajeron a la cuadrilla las historias de sus propios territorios.
El último sábado, Coctaca, un pueblito a unos 14 kilómetros de Humahuaca, del otro lado del Hornocal, festeja un carnaval íntimo. La familia de Isabel “Chabela” Lama de 86 años tiene tres invitaciones entre las pircas que cuidan la milpa (cultivo ancestral de maíz, zapallo y habas o frijoles). La agrupación “Los caprichosos de Coctaca» celebra en el patio de Chabela desde el 2014 enterrando y desenterrando el carnaval en el mismo día. Los diablos reciben a la juventud alegre del pueblito. Se sabe que están llegando porque los colores son indisimulables desde la sendita del cerro de enfrente. Y aunque uno cerrara los ojos, el viento trae el bullicio de las trompetas y el retumbar de los tambores. Reinaldo Mamani, nieto de Chabela, músico vientista y percusionista, mientras reparte galletitas entre los diablitos niños cuenta que anhelan conservar este encuentro para las generaciones que vienen. Desde lejos Bruno, su hijo de 2 años, disfrazado con una máscara, cuernitos y serpentinas, tira nieve al cielo que brilla con el sol que acaba de aparecer tras el tronar de las trompetas y cornos. A lo lejos, Chabela contempla la escena sentadita inmutable en una sillita con cueros de cabra.
El domingo por la mañana la corporalidad festiva de los diablos ha cambiado. Corretean por las callecitas con la cabeza gacha. Ahora el grito agudo ya no es festivo. “No me quiero ir”, “no me dejes mi amor”, “que no se termine” son susurros que vibran en las callecitas angostas.
Victor es coplero, docente y autor de un libro que recopila coplas de la región. Cumple años el lunes posterior al entierro y no quiere festejar. El domingo se encerró en su casa después de carnavalear toda la semana. Solo atiende el teléfono al mediodía con un silencio cerrado entre palabras ceñidas. No hay copla al aire que anime el sentir de lo que se entierra y se va.
Las comparsas reciben sus últimas invitaciones y festejan postergando el final hasta el último trago. Después de las 20:00 en el salón de la casi centenaria “Comparsa La Unión” en pleno centro, se llama a partir hacia el mojón despidiendo al sitio que acogió infinitos bailecitos. Comienza la marcha por el pueblo con cánticos de los cuerpos que se abrazan y coreografian lamento.
“Falta poco para irme
de este pueblo tan querido
me voy a ir
haciendo zetas por la calle
me voy a ir
haciendo zetas por la calle”
Es larga la despedida por las callecitas pedregosas y se descorchan los últimos vinos. Ya en el mojón el canto vira a susurro; arriba la noche estrelladísima cuida el suspiro final.
“Es algo muy triste, es algo muy triste, es algo doloroso, es el llanto de los diablos, el último canto de los copleros, es algo que te da pena, que te da mucha pena, mucha tristeza, porque decís, empezamos ahora otro año más, yo siempre digo que cuando pasa carnaval es el año nuevo, entonces recién empieza el año para la comunidad desde aquí y y es esperar es pasar otras festividades y esperar de nuevo el carnaval para juntarse con tanta gente querida creo yo” dice pensativa La Quillay.
Se entierra el jolgorio y eclosiona un silencio que lastima los ojos rasgados de los humahuaqueños. Solo el estertor del entierro interrumpe la calma de tanto en tanto. Todo fue comunitario. Esta congoja también. Hay lágrimas, palabras para los que no están y muchos abrazos entre el sahumo. Se tiran las bebidas que quedan, se da de comer coca al pozo, y se sacan las serpentinas y los kilos de talco de encima. Valeria, trabajadora social, quebradeña, fue bastonera de las banderas este año. Emocionada frente al mojón agradece a la Pachita por este encuentro “en estos tiempos que vivimos, hagámosle honor al nombre de nuestra comparsa; unión” dice con voz quebrada, anteojos empañados y sonrisa gigante.
Las calles solo devuelven silencio. Las palabras solo son las pintadas en contra de la reforma constitucional, la política opresora, frases ingeniosas a algún amor y el agite al levantamiento indígena. Algunos grupos de amigos caminan lento a sus casas, abrazados todavía. El fin de semana próximo habrá carnaval de flores donde los pétalos reemplazan al papel picado, el siguiente otras comparsas harán carnaval de remache y así las fiestas populares se multiplican pero en menor intensidad y sentimiento. Aunque dure poco, hoy la tristeza no tiene fin.
“Moneda que está en la mano
quizá se puede guardar;
pero la que está en el alma
se pierde si no se da”
Atahualpa Yupanqui
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