Argentina / 3 marzo 2026

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Rubio y el diente de Lumumba

El secretario de Estado norteamericano transformó la Conferencia de Seguridad de Múnich en un manifiesto imperialista. Con un tono académico pero feroz, reivindicó el nacionalismo blanco y la cristiandad, posicionándose ante Trump como el sucesor ideal frente a Vance, mientras sepultaba el anticolonialismo y el estado de bienestar.

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Una arenga en favor de la guerra de civilizaciones. El discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich no fue ni más ni menos que eso. Sin la tosquedad impostada de J. D. Vance, quien habló desde el mismo atril durante la edición del año pasado de este encuentro que se realiza anualmente desde 1963, el jefe de la diplomacia realizó sin ruborizarse una profesión de fe imperialista. El tono cerebral y académico no le restó contundencia a su llamado a las armas.

El eje de su discurso fue la defensa de Occidente y de la cristiandad. La hipótesis de conflicto, planteada con el énfasis con el que se habla de una realidad presente y urgente, fue el choque de civilizaciones. Rubio definió su campo en ese conflicto desde un embanderamiento étnico taxativo, tomando el estandarte del nacionalismo blanco sin ninguna hesitación. En sus palabras no hubo siquiera mención del hecho de que el continente americano ya estaba poblado al momento del desembarco de los imperios europeos. Por el contrario, se detuvo en destacar los aportes culturales del “descubridor” italiano, de los conquistadores españoles y de los colonizadores ingleses y franceses y sólo reconoció el aporte migratorio posterior de otras naciones igualmente blancas y cristianas: alemanes, irlandeses y escoceses (en especial, la rama protestante de éstos últimos). Todos ellos, según Rubio, se afincaron en “praderas vacías”.

El grito antiwoke de Rubio, cuidadosamente redactado y elocuentemente pronunciado, no ocultó su pretensión de quedar registrado como histórico. Si la humanidad decidiera ir en la dirección imaginada (podríamos decir auspiciada) por él, se tratará sin dudas de una pieza ineludible, sobre la que los historiadores tendrán que volver. Curiosamente, si tuvieran que hacerlo, advertirán el esfuerzo de reescritura del pasado que lo animó. Insólitamente para el Secretario de Estado de un país que fue el primero en romper el vínculo colonial, reivindicó abiertamente a los imperios que lo habían impuesto y definió la lucha anticolonial posterior al final de la II Guerra Mundial como una expresión del “comunismo sin dios”. Desde su tumba, el rey Balduino de Bélgica recibió su reivindicación. El actual gobierno belga, que en 2022 devolvió a la familia de Patrice Lumumba el diente de oro que es el único resto mortal del líder independentista congolés después de que sus verdugos disolvieran en ácido su cadáver, quedó del lado contrario al campo defendido por Rubio.

A diferencia del vicepresidente Vance hace un año, Rubio buscó el abrazo de los europeos, proponiéndoles reconocerse en una historia común, en “los cinco siglos antes de 1945 durante los cuales Occidente se había estado expandiendo”. Tácitamente, habló el lenguaje del Winston Churchill de 1942, ese que rechazaba haber llegado “a ser Primer Ministro del Rey para presidir la liquidación del Imperio Británico”. Les propuso a quienes lo escuchaban “una alianza que no dependa de otros para sus necesidades críticas”. El eco del dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar cuando reivindicaba a quienes “luchamos sin ostentación y sin aliados, orgullosamente solos” no podía resonar con más fuerza.

El discurso tal vez histórico fue, sí, deshistorizante. En su relato acerca del pasado de la alianza transatlántica se escuchó fuerte y clara la omisión del nazifascismo. Para Rubio, su país y Europa sólo se unieron para luchar contra el comunismo. En ese mismo espíritu invitó a prepararse juntos para la futura guerra y a “abandonar la apariencia cortés de que nuestra forma de vida es sólo una entre muchas y que pide permiso antes de actuar”. 

Los enemigos de hoy fueron identificados con nitidez: “la ola de migración masiva sin precedentes que amenaza la cohesión de nuestras sociedades”, “los adversarios y rivales a quienes cedimos el control de nuestras cadenas de suministro críticas”, la “secta” que advierte de la crisis climática y los “enormes estados de bienestar” que recortan los presupuestos de defensa.

El secretario de Estado está enfrascado en una cada vez menos sorda disputa con Vance por suceder en 2028 al actual presidente de los EE.UU. y usó el púlpito de Múnich para hablarle a Trump, una exclusiva audiencia de uno.

La alocución de Rubio fue dirigida simultáneamente a dos auditorios distintos. Por un lado, a los interlocutores europeos que hace un año habían quedado perplejos por la brutalidad con la que Vance les había anunciado que estaban solos y que Rusia podía hacer con ellos lo que quisieran. A éstos, Rubio los invitó a seguir siendo aliados, a condición de aceptar esta nueva visión del mundo y de la historia. Por otro lado, el secretario de Estado está enfrascado en una cada vez menos sorda disputa con Vance por suceder en 2028 al actual presidente de los EE.UU. y usó el púlpito de Múnich para hablarle a Trump, una exclusiva audiencia de uno. A los oídos de éste, el fervor con el que Rubio abrazó el nacionalismo blanco que Vance pretendió hasta ahora monopolizar le debe haber sonado muy afinado. También el hecho de que Rubio se haya hecho aplaudir y no repudiar in situ como le ocurrió al vicepresidente en 2025 debe haber sumado puntos para el hijo dilecto de la Florida.

En cualquier caso, si el estilo marcó contrastes, la acción subrayó continuidades. Hace un año, Vance partió de Múnich hacia un acto de campaña de los neonazis de Alternativa por Alemania (AfD): esta vez, Rubio viajó a Hungría para intentar evitar el destino de derrota que las encuestas le auguran a Viktator Orbán. El trumpismo, independientemente de los modos bruscos o corteses, sigue comprometido sin fisuras con la Internacional Negra.

La socialdemocracia europea recibió por segundo año consecutivo la notificación de que el estado de bienestar está fuera del menú de lo aceptable. Los conservadores, un nuevo aviso de que la Casa Blanca abre su corazón a los Von Papen del siglo XXI.

 

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