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Borges, el escritor que nos sigue pensando

Hoy se cumplen 40 años del fallecimiento del escritor argentino en Ginebra, Suiza. Más allá del bronce global y sus polémicas políticas, su lectura irreverente del mundo sigue siendo un faro para descifrar nuestro presente.

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La imagen muestra al escritor argentino Jorge Luis Borges sentado en su escritorio, caracterizado por un globo terráqueo y libros apilados.

El intelectual nacionalista Saúl Taborda decía que se podía pensar “con Sarmiento o contra Sarmiento, pero no se podía pensar sin Sarmiento”. Con Jorge Luis Borges sucede algo parecido. No se puede pensar el país y su cultura, como Sur alejado y periférico, como nación atravesada por crisis recurrentes y excepcionalidades intensas, sin problematizar seriamente acerca de esa impronta. 

Su celebridad global, consolidada con el paso de los años; el halo de escritor consagrado, convertido en clásico y parte indiscutible del canon; el fetiche obsesivo que generan sus manuscritos en las universidades más prestigiosas del mundo, conspiran contra la cercanía evidente de su obra, contra la proximidad persistente que puede observarse en sus textos. Cercanía provista no solo por el hecho de haber sido escritos en nuestro país (casi en su totalidad), sino también por la reflexión que suponen acerca de qué significa eso de escribir en Argentina, alejado de los centros globales de legitimación, sin relaciones de fuerzas acomplejadas, ni sentimientos de inferioridad. 

Su celebridad global, el halo de escritor consagrado, el fetiche obsesivo que generan sus manuscritos en las universidades más prestigiosas del mundo, conspiran contra la cercanía evidente de su obra.

En muchos de sus cuentos, poemas y ensayos está Buenos Aires, por caso. Buenos Aires y su periferia. El Sur, en particular. Pero también el Palermo de los compadritos y el arroyo Maldonado sin entubar. Allí, en esas orillas, Borges construye una mitología y le da voz a un universo épico y estético que mucho le fascinaba. Y está la pampa como región amplia e inabordable, imprecisa, donde Martín Fierro encuentra su final.

El culto al coraje y la preferencia por los relatos de derrotados y traidores forman parte de esa deriva situada (entrañablemente local) que entrelaza con una historia universal infame. También, cierta inclinación por la barbarie. Por la barbarie, sí, cuestionada en clave política y ética, pero preferible como reverso contradictorio y en tensión en algunos de sus mejores textos. 

Muchas de sus intervenciones públicas no acortaron distancia, por cierto. Más bien generaron malentendidos, agigantaron incomodidades, sumaron prejuicios y lo reintrodujeron en lógicas políticas que poco tenían que ver con la naturaleza de su obra. Su apoyo a gobiernos dictatoriales de la región, por ejemplo, que bastante influyó se presume en la negativa de la academia sueca a concederle el Premio Nobel que su obra merecía. O el desencuentro histórico, el diálogo imposible con Perón y su movimiento. Por más que perdure cierta imagen de viejito simpático, de modestia sobreactuada y oralidad tan balbuceante como precisa. O que pueda rescatarse cierta sensibilidad popular en consonancia con eso que el peronismo impugnado representaba.  

Borges ofrece a los lectores de nuestro siglo (y, en especial, a los de nuestro país) un modo irreverente de leer los nuevos tiempos, con la lógica del algoritmo como conjura. El hecho de que en un sótano de la calle Garay (aquí, en Buenos Aires, en el Sur) esté el punto imaginario que entrelaza todos los puntos, el aleph donde se puede mirar el mundo y pensar sus derroteros es, por cierto, una ventaja. Que su muerte en Ginebra, Suiza, hace ya 40 años, no hace mella.

 

*Néstor Leone lleva adelante el podcast Código Borges, que puede escucharse en este enlace. También es el autor del libro Código Borges, dimensiones para repensar su literatura disruptiva (Grupo Editorial Sur). 

 

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