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El fin de la fe productiva: el modelo Milei dinamita la cultura del trabajo
El cierre del grifo bancario a las Pymes y el esquema de subsidios en aumento exponen la paradoja del modelo libertario. Cómo amenaza con romper la transmisión del valor del trabajo.
- julio 30, 2026
- Lectura: 8 minutos
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El sistema bancario, impulsado por el aumento de la mora familiar y la previsión de un escenario recesivo o de volatilidad cambiaria, cerró el grifo. La quita de giros en descubierto, el recorte en la venta de cheques y la pérdida de autonomía de los gerentes de sucursal operan como un freno de mano que acorrala a Pymes, profesionales y cuentapropistas. Desde la lógica del riesgo, los bancos hacen su cálculo: optan por no prestar hoy a una tasa que quedará descalzada de la inflación para no lidiar con una tasa de mora récord mañana, tal como les sucede hoy con las familias que cubren con crédito la canasta básica.
Pero esta dinámica tiene una dimensión más dramática desde el punto de vista social, y es el impacto cultural de esta crisis. El gobierno cuestiona a aquellos que cobran distintos tipos de subsidios estatales al tiempo los aumenta exponencialmente (lejos de desaparecer, se duplicaron) y dinamita la cultura del trabajo que las generaciones previas aprehendieron. ¿Cómo lo hace? Asfixiando a los sectores medios de la economía, limitando la movilidad social ascendente, constitutiva de la genética nacional.
A la pregunta de por qué no flexibilizar las herramientas bancarias a los cuentapropistas, el sector financiero responde: “Porque no lo van a poder devolver”. Pero si se gira la mirada hacia el mostrador de la Pyme y se pregunta al industrial, profesional, comerciante, por qué pide un crédito que tal vez no pueda pagar en estas condiciones, la respuesta no es especulativa sino identitaria: “Lo único que aprendí a hacer en mi vida es trabajar”.
Esa es la encrucijada de cientos de miles de argentinos que se levantan a las 5, 6, 7 de la mañana, a lo largo y ancho del país. Contrario a lo que evalúa el mercado y libertarismo gobernante: no es error de cálculo, es inercia cultural. Muchos asumen deudas impagables no por irresponsabilidad, sino para evitar bajar la persiana, poder sostener a uno o más empleados que los acompañan y para no admitir que la cultura del esfuerzo –aquella que les enseñó que trabajando duro siempre se salía adelante– dejó de ser un motor funcional en este sistema económico que celebra la fuga, el extractivismo y la timba.
Porque este modelo que muestra resultados macroeconómicos al tiempo que expulsa a las familias, patea y reconfigura el sistema, y no solo está destruyendo la liquidez el sector productivo: está llevándose puesta a una generación de argentinos dispuesta a dar hasta lo último por sostener una empresa familiar o un taller. Y por eso, el daño más profundo no se verá a cortísimo plazo, sino que será la erosión del futuro: una ruptura estructural en la transmisión del valor del trabajo y el esfuerzo.
Muchos asumen deudas impagables no por irresponsabilidad, sino para evitar bajar la persiana, poder sostener a uno o más empleados que los acompañan y para no admitir que la cultura del esfuerzo –aquella que les enseñó que trabajando duro siempre se salía adelante– dejó de ser un motor funcional en este sistema económico que celebra la fuga, el extractivismo y la timba.
Los hijos de esos empresarios Pyme o en las economías regionales ven a sus padres pelear a diario contra la burocracia y la presión tributaria para mantener 50 empleos. La lectura que hacen, entonces, ya no es de admiración, ni intentan seguir sus pasos, sino de desconcierto o peor aún, de resignación. Esos jóvenes, que vieron a sus padres construir un pequeño o gran patrimonio a fuerza de décadas de sacrificio, ya no ven en la producción un camino posible. Ya se ve cómo las nuevas generaciones liquidan activos, pagan deudas y cierran definitivamente para nunca más poner una soldadora en marcha.
Testigos del esfuerzo titánico de sus padres y de la incertidumbre, angustia de la refinanciación constante, las nuevas generaciones prefieren la subsistencia que habilita un empleo formal –cada vez fuera del alcance– antes que someterse al desgaste de una carrera productiva, que se viene apagando a un ritmo frenético.
Cuando la política económica y el sistema financiero acorralan al cuentapropista y a la Pyme, no solo se pierde volumen de negocio sino que se desmantela el tejido social. La desaparición gradual de esos talleres, comercios y pequeñas industrias deja tras de sí persianas bajas, sí, pero sobre todo la idea de que apostar al trabajo y a la producción en este contexto es una batalla perdida de antemano.
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