Elogio de la dificultad
En una época que confunde la dificultad con la imposibilidad, reivindicar el valor de la frustración se vuelve un acto necesario: la literatura que vale la pena -dice la autora- no ofrece respuestas fáciles, sino preguntas que nos transforman.
- septiembre 24, 2026
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Abrir los ojos a un mundo nuevo. Aventurarse al reconocimiento del cuerpo. Sostener voluntariamente la propia cabeza sin caer en el intento. Reconocer las propias manos, la propia voz. Balancearse sobre las palmas y las rodillas hasta coordinar los movimientos y gatear. Distinguir en el suelo lo comestible de lo que no. Pararse. Caminar. Correr. Andar en bicicleta. Cepillarse los dientes. Atarse los cordones. Sostener el lápiz entre los dedos y dominar sus trazos. Aprender palabras. Pronunciarlas. Decirlas sin ton ni son hasta encontrar su uso exacto. Todas inevitables dificultades por las que la mayoría hemos pasado. Ninguno de nosotros nació iluminado ni pudo hacer cualquiera de estas cosas sin enfrentarse al fracaso y la frustración hasta volver a intentarlo.
Hoy la dificultad es vista como sinónimo de imposibilidad. La ecuación es: si es difícil, no es posible. Es un discurso social que llegó a permear discursos pedagógicos embanderados en las instituciones escolares. Enfrentar a un alumno a la dificultad es violentarlo. Se omite en la ecuación al docente y su guía.
En este sentido resulta ridículo pensar que leer y escribir podrían no ser aprendizajes dificultosos. Lo fueron para todos nosotros. En primer grado, la señorita nos hizo pasar al frente a leer en voz alta la primera lectura del manual. Yo no sabía leer. Sólo imité los movimientos de la boca a partir de los sonidos que les escuchaba silabear a mis compañeros. Vaya a saber usando qué poder desconocido para mí, la señorita me descubrió. Mamá me enseñó a leer en casa. Y, a los pocos días, no sólo leí frente a todos mis compañeros y el ojo ejecutor de la señorita sino que seguí leyendo el resto de mis días. Frente a la dificultad, el intento, la frustración, volver a intentarlo tantas veces como sea necesario.
Por ese entonces también fui a danzas clásicas con mi prima Leti. Todas las chicas se doblaban como un junco movido por el viento. Yo nunca pude sostenerme haciendo el puente, aunque mi prima me lo explicó y me lo volvió a explicar. Y dejé mis anhelos de ser bailarina clásica. Lo mismo me pasó en casi todo. Lo único que sostuve fue la lectura a lo largo de mi vida.
Con los vínculos sinceramente me pasó lo mismo. No hubo ninguno en mi vida que no significara dificultad si realmente me interesaba la otra persona.
La dificultad deja en jaque al cómodo yo, que retoza en su mundo conocido y se sirve del manjar que otros le proveen para saciar su gula interminable. La dificultad nos propone otra cosa: un mundo desconocido al que podríamos indagar, con mapas no preestablecidos, a tontas y a ciegas, desafiando el enigma cuya resolución podría salvarnos y cuya falta de respuesta podría aniquilarnos, como la Esfinge a Edipo.
La dificultad deja en jaque al cómodo yo, que retoza en su mundo conocido y se sirve del manjar que otros le proveen para saciar su gula interminable. La dificultad nos propone otra cosa: un mundo desconocido al que podríamos indagar, con mapas no preestablecidos, a tontas y a ciegas, desafiando el enigma cuya resolución podría salvarnos y cuya falta de respuesta podría aniquilarnos, como la Esfinge a Edipo.
En la promoción de la lectura, sucede lo mismo. Se atestan las librerías y las bibliotecas de libros “cómodos”, que garantizan al lector un buen pasar, un divertimento, una distracción, una confirmación de su sistema de valores y de su percepción del mundo y de los otros. Se editan sin parar libros para niños y adolescentes sobre temas difíciles: separación de los padres, llegada de un hermanito, control de esfínteres, enfermedades, problemas de salud mental, embarazo adolescente, etc., que conforman al mundo adulto porque ponen en escena temas dentro de los parámetros ideológicos de las estructuras dominantes. Pero la verdadera literatura es muy difícil de clasificar, da igual si es para niños, para adolescentes o para adultos. Pienso, por dar un ejemplo, en el ya institucionalmente masticado y triturado Principito. Ese libro hace otra cosa: descoloca, mueve hacia otro lugar al lector, lo llena de dudas y preguntas, nunca de respuestas y recetas. Ningún afiche escolar podría encorsetarlo.
Las editoriales ganan dinerales con las máquinas de literatura comestible, se vende más, se lee rápido y sin dificultades. Los lectores no necesitan de ningún tipo de mediación. Se digieren fácilmente, no hay trabajo sobre el lenguaje, no hay diálogo con una tradición literaria anterior, no necesita ningún tipo de contextualización.
La literatura que vale la pena, al menos como lo veo yo, hace otra cosa: supera el acontecimiento narrativo porque lo que importa no es lo que se cuenta ni quién lo cuenta, sino el trabajo que la literatura hace con su propia materia, el lenguaje. La lengua dice otra cosa, por fuera de los sentidos cristalizados que propone la cultura, se vuelve contra sí, se come a sí misma, se vacía. Y en ese vaciamiento el lector puede entrar al texto para escuchar lo que dice.
“La literatura nos propone en el transcurso de la lectura riesgos, luchas, y por sobre todo nos enfrenta a nuestras carencias. No nos ofrece soluciones, más bien diríamos que nos plantea preguntas, porque problematizar lo que ha sido en nosotros naturalizado es una de las funciones fundamentales del arte. Así, la literatura nos interroga. No es suyo lo general sino el territorio de lo singular y no la palabra infalible que suprime la indecisión y la duda, sino la ambigüedad, la opacidad y las dificultades de comprensión. No la simplificación de la vida sino su complejización que, sorteando el pensamiento uniforme, va en busca de un pensamiento propio. Para
eso, necesitamos saber leer, y saber leer no es terminar pronto sino leer despacio, en el sentido de leer intensamente. […] leer no solo como un lector capaz de interpretar, sino sobre todo como un lector capaz de permitir que el texto lo afecte en su ser mismo y lo lleve por nuevos caminos de conocimiento. Porque leer no es solo distracción, sino concentración, encuentro con uno mismo, del mismo modo que un escritor al escribir dialoga con el mundo”, escribió María Teresa Andruetto.
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