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No hay chicos trastornados: hay entornos que no los sostienen
Doctora en Psicología, psicopedagoga y Premio Konex 2026, Gabriela Dueñas analiza en El malestar en la cultura del siglo XXI (Ed. Homo Sapiens) la depresión, los ataques de pánico y las autolesiones no como trastornos mentales individuales, sino como expresiones de una época marcada por la fragmentación social y la exigencia de rendimiento. En diálogo con 4Palabras, examina el papel de la escuela, el Estado y las redes comunitarias frente a un sufrimiento que, sostiene, sólo puede comprenderse colectivamente.
- agosto 12, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Usted plantea que la depresión no puede explicarse simplemente como un déficit químico. ¿Cómo deberíamos entenderla? ¿Y qué nos dicen los ataques de pánico y las autolesiones sobre el malestar de esta época?
La depresión no es solamente un problema individual ni una falla química. Muchas veces es una respuesta comprensible a una sociedad fragmentada, que exige éxito, rendimiento y positividad de manera constante. Cuando una persona no logra responder a esas exigencias, termina viviendo ese fracaso como si fuera exclusivamente propio.
Pienso los ataques de pánico como un “grito ahogado”. La angustia no encuentra palabras ni un espacio donde expresarse y entonces aparece en el cuerpo. Algo parecido ocurre con las autolesiones: cuando fallan los lazos sociales y el mundo simbólico ya no alcanza para nombrar el dolor, el cuerpo se convierte en el último territorio donde ese sufrimiento puede inscribirse y donde la persona siente que todavía puede ejercer algún control.
Las perversiones y las psicosis no nacieron con el neoliberalismo. ¿Qué rasgos específicos adquieren, entonces, en esta época?
Lo que intento hacer en el libro es examinar estructuras psíquicas consolidadas y observar cómo el contexto actual las moldea o las exacerba. Las perversiones encuentran un campo fértil en un sistema que premia la transgresión como «innovación» y donde la ley es flexible para los poderosos. En el libro trabajo las psicosis desde la perspectiva de la salud mental comunitaria, que propone una lógica de contención opuesta al paradigma neoliberal de la gestión individual del riesgo.
“Nadie se sostiene solo. Ni el chico, ni la maestra, ni yo. El cuidado no es un gesto bondadoso que e hago a alguien que está peor, sino el reconocimiento de que dependemos unos de otros y de que esa dependencia no es una falla del sistema. Es el sistema”. Gabriela Dueñas
La última parte del libro se llama «horizontes de resistencia» y ahí aparece la escuela como frontera entre el control y la contención. ¿Cómo puede ser un espacio de resistencia una institución que usted misma describe como dispositivo de patologización temprana?
Porque es las dos cosas al mismo tiempo, y esa ambigüedad no es un defecto que haya que resolver: es la condición en la que la escuela trabaja. La escuela patologiza cuando es el primer lugar donde se detecta que un chico no encaja y la única respuesta disponible es derivarlo. Eso no lo hace necesariamente por maldad ni por ideología, sino porque es lo único que el sistema le dejó para pedir ayuda.
Pero también es uno de los pocos lugares donde todavía se reúnen todos los días niños/as, jóvenes y adultos que no eligieron encontrarse.
En una sociedad donde cada vez más los vínculos son electivos -te juntás con quien piensa parecido, seguís a quien te confirma- la escuela sigue obligando a convivir con el que no elegiste. Esa obligación, que es una de sus condiciones más crítica, es exactamente lo que la vuelve potente. Ahí se aprende que el otro existe, aunque no me guste.
¿Ahí empezaría lo que usted llama ética del cuidado?
Efectivamente. Y va contra el mito que más daño hace, que es el del individuo autosuficiente. Nadie se sostiene solo. Ni el chico, ni la maestra, ni yo. El cuidado no es un gesto bondadoso que le hago a alguien que está peor, sino el reconocimiento de que dependemos unos de otros y de que esa dependencia no es una falla del sistema. Es el sistema.
Por eso digo que la salud mental comunitaria no es una especialidad más, al lado de la clínica de adultos o la de niños. Es una praxis ético-política. Devuelve el sufrimiento a su dimensión colectiva y arma redes donde las personas conviven de modo que no sólo funciona desde dentro de un consultorio.
Una escuela que cuida, necesita Equipos de Orientación interdisciplinarios en cada escuela. Necesita menos chicos por aula. Necesita aulas a cargo de “parejas pedagógicas” que cuenten con recursos suficientes como para poder cumplir con la diversidad de funciones que hoy se les demanda a las/os docentes.
Porque si le pedimos a la escuela que sea espacio de cuidado sin ofrecerle los recursos que precisa, no estamos proponiendo una ética sino un “trampa” que tarde o temprano, como hoy puede verse, termina pasando factura en la salud mental de nuestras infancias, adolescencias y docentes.
El libro cierra diciendo que la salud mental del siglo XXI será colectiva o no será. Pero el Estado que existe hoy es el que desfinancia. ¿Esa salud mental comunitaria se construye desde el Estado, contra el Estado o en paralelo?
Las tres cosas a la vez, y esa es precisamente la dificultad. Desde el Estado, porque no hay salud mental comunitaria sin presupuesto, sin cargos y sin la ley de salud mental aplicada. Ninguna red territorial reemplaza a un sistema. Cuando digo colectiva no digo voluntaria.
Contra el Estado, porque hoy hay que ocupar la discusión pública exigiéndole que cumpla con lo que las leyes ordenan. Esa es también, con frecuencia, la parte que más se subestima. Y en paralelo, porque mientras eso se resuelve hay personas que necesitan algo hoy; y el club, el comedor, la parroquia y la escuela es con lo que hay. Pero quiero terminar sacándole el tono trágico a todo esto. Yo no creo que estemos ante un mundo enfermo y una época perdida. Creo que estamos ante una sociedad que produce sufrimiento a través de mecanismos concretos. Y si podemos identificarlos, también podemos desarmarlos. Eso es lo contrario de una tragedia: es un problema político. Y un problema político tiene la ventaja de que admite solución.
4Palabras
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