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Entre clubes y pantallas: ¿dónde quedó el juego salvaje del potrero?
De los arcos con buzos sobre la General Paz a la actualidad de los pibes “multiclubes”, el fútbol infantil cambió su esencia. Una mirada sobre la pérdida del juego salvaje, las nuevas dinámicas y la ilusión intacta de seguir pateando una pelota.
- agosto 9, 2026
- Lectura: 7 minutos
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Le pedimos a los pibes que jueguen como jugábamos nosotros, los mayorcitos. Que vayan a la calle a jugar, al potrero o al campito. Cuando, al menos en las grandes ciudades argentinas, no existe más tal cosa. “El mundo cambió, es otro”, reflexiona Pablo Aimar al hablar sobre este tema.
Cuando éramos pequeños, allá por los años setenta, jugábamos con los pibes del barrio, de la cuadra, en la calle, porque no pasaban tantos autos ni había sensación de inseguridad —paradójicamente digo, porque estábamos gobernados por una dictadura—.
La tarea de juntar jugadores para armar dos equipos no era sencilla. Comenzaba con la voluntad de al menos dos que iniciaban la dura tarea de ir casa por casa a tocar el timbre de cada uno de los players al grito de: “¿Está el Alberto?”, “¡Sale Gustavo!”, “¿Venís a jugar, Martín?”.
La tarea llevaba varios minutos y generaba el ladrido de los perros, las quejas de las madres o padres y uno que otro chiste de alguno que salía medio dormido. Cuando llegaba el momento de juntar ocho, nueve o diez, era una fiesta para todos. Y, sobre todo, cuando entre estos estaba el dueño o los dueños de la pelota. No todos tenían, pero tampoco era que había una sola.
Futbolísticamente tuvimos la suerte de nacer cerca de la avenida General Paz, donde a los costados había generosas franjas de terreno en gran parte cubiertas de pasto y árboles. Es decir, teníamos decenas de canchas esperándonos cada fin de semana o feriado para vivir la pasión del fútbol.
Una vez que juntábamos más o menos la cantidad como para hacer un cuatro contra cuatro, un cinco contra cinco o ya una fiesta deportiva cuando éramos más, empezábamos a patear y darnos pases por las calles con rumbo a la General Paz.
Al llegar, empezaban a volar los pelotazos, las corridas y se armaban los arcos utilizando algún árbol si daba con las dimensiones de la cancha; y si no, con ropa o con algún objeto que hubiera por ahí.
Era todo un ejercicio imaginario colectivo y arbitrario determinar las dimensiones de cada uno de los arcos. Había ciertas reglas implícitas y otras que se explicitaban o iban cambiando con el rendimiento de los jugadores.
Los dos mejores no podían estar en el mismo equipo: iba cada uno para un lado y eran los que hacían el “pan y queso” para determinar la conformación de cada equipo. Ser elegido al último era un bajón.
El peor de cada equipo iba al arco, a menos que alguien por voluntad propia eligiera ser el arquero. Si nadie aceptaba, se adoptaba un sistema de rotación denominado “un gol cada uno”. Hay que aclarar que algunos se dejaban hacer goles para salir del arco.
El dueño de la pelota intentaba jugar en el mismo equipo que el mejor jugador de la cancha. No había árbitro. Las faltas eran marcadas con un grito, y tenías que gritar como si te hubieras quebrado para que la cobren.
Los partidos comenzaban cuando uno de los equipos simulaba sacar de una mitad de la cancha imaginaria. A los habilidosos se los respetaba, pero cuando abusaban del caño o el sombrerito, se los castigaba con patadas a las canillas o se los “colgaba” de atrás.
Cuando la pelota se iba a la avenida, era todo un momento de tensión. Alguien se arriesgaba a ir a buscarla. Había que esquivar autos, ir al piso muy veloz y volver rápido entre los vehículos. Se festejaba cuando la acción se concretaba sin grandes riesgos. Siempre estaba el peligro de que un auto no frenara a tiempo y te llevara puesto, o que, aún peor, le pasara por encima a la pelota. Las veces que ocurría era de una desolación total. Eran pelotas de cuero con cámara y, cuando un auto les pasaba por encima, explotaban y se terminaba todo. De forma irremediable.
Las lesiones, como separar el dedo gordo del pie, moretones, rodillas raspadas, sangre en la nariz y otras, eran normales. El que la tiraba lejos tenía que ir a buscarla. Cuando un pelotazo superaba por varios centímetros la altura del arquero con las manos estiradas, se gritaba “alto” y se recomponía el juego con un saque de arco. Las líneas laterales las marcaba el cordón de la colectora de un lado y, del otro lado, otra convención imaginaria.
Estas convenciones imaginarias no eran sencillas de resolver: se daban fuertes discusiones al respecto de si una pelota se había ido al lateral o al córner, o si fue palo o fue gol cuando la pelota pasaba por encima de la montaña de buzos que simulaba un poste.
El partido era a 12 goles o terminaba cuando todos estaban cansados, cuando se hacía de noche o cuando la madre del dueño de la pelota decidía que se tenía que ir o alguien se enojaba por el resultado. También cuando, más allá del marcador y ya sin muchas ganas de seguir, se gritaba “el que hace el último gol gana”.
Todos intentaban dar lo mejor. Ah, y si llovía, mejor: todos embarrados y encharcados de agua. Nadie se guardaba nada, incluso los agraciados que a la tarde o al día siguiente tenían que jugar o entrenar en el club del barrio. Los elegidos gozaban de cierto prestigio. No era fácil en ese momento jugar en un club de baby fútbol. Las pruebas duraban solo unos minutos y había solo una “tira” o equipo por categoría y un solo torneo.
Los pibes se crían futbolísticamente todo el tiempo en entornos controlados, con reglas, canchas delimitadas con arcos, entrenadores, ayudantes, árbitros, público. Les falta esa dosis de juego salvaje, con engaños, caños, agarrones, manotazos, etc. “Es tarea de los clubes ahora dárselo”, dice Aimar.
El técnico de uno de los clubes que estaban en el barrio era uno de los plomeros al que todos llamábamos cuando había un problema con las cañerías o con el gas de las casas. Y se enojaba si nos la pasábamos muchas horas jugando en la General Paz.
Su palabra era incuestionable como entrenador, aunque hay que reconocer que como plomero a veces “dejaba que desear”, se escuchaba decir a las madres, vecinas y, más que nada, a los padres.
Hoy, por suerte, los pibes tienen muchas más oportunidades de las que teníamos nosotros. Los clubes se multiplicaron, las “tiras” o equipos por categoría también se multiplicaron. Por ejemplo, la categoría 2019 tiene, según el club, dos o tres equipos que compiten en diferentes torneos de mayor o menor competitividad.
Esto hace que haya mucho más lugar en los clubes para los pibes. Ahora no hace falta ser un fenómeno para tener un trayecto deportivo en un club y sentir la significación de representar los colores, defender a tu club, bancarse ser suplente y disfrutar de ser titular, jugar de visitante o de local, entrenar, aprender, compartir un vestuario y jugar; sobre todo, jugar. “El que te ubiquen”, que dice Aimar.
De esta forma la cosa se hace, en algún sentido, más democrática o participativa, digamos. Y esto se multiplica por dos si tenemos en cuenta el surgimiento del futsal. Entonces hay clubes que tienen varios equipos de baby por categoría y también algunos de futsal, y los grandes también tienen equipos de 11.
Pero los juegos entre los pibes también cambiaron. Están los mil dispositivos de pantallas electrónicas, pero no nos vamos a referir a eso. Cuando no están en el club, a veces juegan en las plazas o en el patio de las escuelas en los recreos u horas libres. Y cuando son pocos y no llegan a armar dos equipos, juegan al “Mundialito” o a “El 25”.
Prometo alguna vez sentarme en serio con alguno o varios de los jugadores que hacen estas prácticas para que me expliquen cómo se juega. Porque algunas cosas intuyo, pero realmente las reglas completas no estoy en condiciones de redactar.
Esta trama de multiplicidad de clubes, torneos y competencias tiene su correlato en los players. Hoy se da el fenómeno de los pibes multiclubes. Es decir, que de alguna manera u otra participan en varios clubes al mismo tiempo.
Obviamente se les complican los horarios a las familias, pero los que sostienen la ilusión y cultivan el talento acuerdan que el pibe entrene y juegue en un club, pero a la vez puede acordar solo jugar con otro club e ir de vez en cuando a jugar y/o entrenar con un tercero.
Debe dar la ecuación y/o el Tetris para que sea compatible y el jugador pueda, en un club, jugar el torneo de futsal AFA; con otro club, el de la Liga LAAMBA; y el tradicional de la Liga FEFI de baby fútbol.
Esto requiere una ingeniería logística y familiar superadora a la habitual y un rodaje del jugador que a veces es virtuoso y otras veces se convierte en un desgaste de energía, tiempo y dinero que no lleva a una evolución del pibe. Y ya hay bandidos dando vueltas alrededor de estos pibes queriéndolos representar con tan solo diez u once años, y familiares que deben proteger en lugar de ofrecer a sus pibes multiclubes.
Lo que sí es cierto es que en la General Paz no se juega más. Ese juego salvaje y de gran imaginación, hasta para ver las medidas del arco, ya no existe. Eso de jugar tres o cuatro horas hasta que las piernas y el cuerpo entero no daban más, tampoco existe.
Pero no por culpa de los pibes, sino porque el mundo es otro. Las condiciones para dejar a los pibes solos en las calles son otras; en las plazas hay poco lugar y los potreros y los campitos no existen más porque se hizo un edificio en ese lugar.
Los pibes se crían futbolísticamente todo el tiempo en entornos controlados, con reglas, canchas delimitadas con arcos, entrenadores, ayudantes, árbitros, público. Les falta esa dosis de juego salvaje, con engaños, caños, agarrones, manotazos, etc. “Es tarea de los clubes ahora dárselo”, dice Aimar.
En algunos clubes derraman las diatribas del periodismo deportivo y del fútbol de primera, donde hay que tocar, recuperar, jugar fuerte, no gambetear más de uno, largarla rápido y hacer un gol antes de crearlo o imaginarlo. Pero otros se dan el tiempo y la paciencia, como las familias, para seguir alimentando esa ilusión y cultivando el talento.
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