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El tajo y la memoria
Un puente en cuya historia están grabadas distintas capas de la ciudad: el verso que vio un tajo, el homenaje oficial a un golpista, la restitución del nombre con el que lo conocía el barrio y, finalmente, la decisión de recordar a un joven asesinado por la policía.
- septiembre 24, 2026
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“Puente Alsina, sos como un tajo en la jeta de la ciudad”, escribió Carlos de la Púa, el Malevo Muñoz, en La crencha engrasada. La imagen todavía golpea. El puente no adorna Buenos Aires ni oculta sus desigualdades. Las deja a la vista. El tajo continúa en el Riachuelo, un río obligado durante décadas a cargar con los desperdicios de una ciudad que prefería no mirarlo.
El puente une Nueva Pompeya, en la Ciudad de Buenos Aires, con Valentín Alsina, en Lanús. Tiene arcos, ornamentos neocoloniales y una estructura de acero levantada con ingeniería importada. Por allí pasaron trabajadores de fábricas y frigoríficos, vecinos de uno y otro lado, colectivos, camiones, carros. Debajo corría un río que, con los años, fue quedando reducido a desagüe y depósito.
De la Púa encontró una palabra exacta. “Tajo” habla de una herida, pero también del corte que permite ver lo que hay debajo. Alrededor del puente crecía una ciudad obrera ausente de las postales del centro. Había continuidad entre sus barrios, aunque el río marcara una frontera. Esa tensión sigue allí.
Los nombres que recibió el puente cuentan parte de la historia argentina. Las primeras estructuras construidas en ese lugar fueron conocidas como Puente Alsina. El actual, inaugurado en 1938, llevó el nombre de José Félix Uriburu, el militar que había encabezado el golpe de Estado de 1930. Sus camaradas lo llamaban “Von Pepe” por su admiración hacia el ejército alemán. Así, el homenaje a un golpista se incorporó al recorrido diario de miles de personas.
En 2002 volvió a llamarse oficialmente Puente Alsina. Desde 2015, por una ley nacional, es el Puente Ezequiel Demonty. En los colectivos, en los comercios y en las conversaciones del barrio, sin embargo, casi todos siguen diciendo Puente Alsina. Los nombres arraigados no desaparecen porque lo disponga una norma. Y el nuevo nombre trae consigo una historia dolorosa, difícil de incorporar a la rutina.
En septiembre de 2002, policías federales detuvieron a Ezequiel Demonty y a dos amigos. Los golpearon, los llevaron hasta la orilla y los obligaron a meterse en el Riachuelo. Ezequiel les dijo que no sabía nadar. Sus amigos consiguieron llegar a la otra margen. Él murió ahogado.
El río no mató a Ezequiel. Lo mataron policías que lo detuvieron, lo torturaron y lo forzaron a entrar al agua. Los responsables fueron juzgados y condenados. Desde entonces, el verso de De la Púa carga con algo que antes no estaba allí. Ese tajo tiene un nombre, una edad, una familia.
Durante los años en que trabajé en ACUMAR, involucrado en la recuperación del Riachuelo, vi salir del agua aquello que Buenos Aires había arrojado y después quiso olvidar: animales muertos, electrodomésticos, partes de automóviles, objetos deformados por el barro. En algunos sectores, los residuos formaban una capa tan cerrada que el agua apenas se distinguía.
En septiembre de 2002, policías federales detuvieron a Ezequiel Demonty y a dos amigos. Los golpearon, los llevaron hasta la orilla y los obligaron a meterse en el Riachuelo. Ezequiel les dijo que no sabía nadar. Sus amigos consiguieron llegar a la otra margen. Él murió ahogado.
Cuesta olvidar esa imagen: el río escondido debajo de una costra de basura. Seguía corriendo, pero casi nadie podía verlo. El abandono se había vuelto paisaje y, de tan habitual, ya no provocaba sorpresa. En un lugar así, hasta una muerte podía confundirse con todo lo demás.
La madre de Ezequiel dijo alguna vez que, si el río hubiera estado recuperado, su hijo no habría muerto. Sus palabras no desplazan la responsabilidad de los policías. Tampoco dicen que la contaminación explique por sí sola la violencia institucional. Hablan desde la experiencia de una madre y señalan algo que quienes caminamos esas orillas conocemos: durante mucho tiempo hubo lugares del Riachuelo donde casi todo podía ocurrir fuera de la mirada de los demás.
La oscuridad, la falta de circulación y el deterioro vuelven más fácil el ocultamiento. Hay barrios que reciben cuidado permanente y otros donde el abandono termina pareciendo natural. Esa diferencia permite reconocer qué territorios importan, cuáles pueden esperar y qué vidas quedan más expuestas.
El Riachuelo fue usado como un fondo donde tirar lo que sobraba: residuos industriales y domésticos, chatarra, animales, objetos sin dueño. Pero no todo lo que se arroja desaparece. A veces queda hundido. Otras veces vuelve a la superficie.
Con los años, el paisaje empezó a moverse. Se retiraron toneladas de residuos, se abrieron sectores del camino de sirga, se colocaron luminarias y se plantaron árboles. Los vecinos comenzaron a acercarse a lugares que durante décadas parecían vedados. Muchos volvieron a mirar el río. No era poco: Buenos Aires había aprendido a pasar junto a él sin verlo.
La recuperación está lejos de haber terminado. Persisten la contaminación, las desigualdades habitacionales y los problemas de infraestructura. Una luminaria no frena la violencia policial. Un camino abierto tampoco reemplaza una política social ni garantiza la presencia democrática del Estado. Pero una ribera transitada deja de ser, al menos, ese fondo oscuro donde la ciudad supone que puede arrojar cualquier cosa.
Vecinos que caminan, chicos que juegan, organizaciones que sostienen actividades y trabajadores que cuidan el lugar van devolviendo a las orillas su carácter público. Esa recuperación también trae conflictos. Obliga a discutir para quiénes se transforma la ribera y quiénes tienen derecho a permanecer en ella.
Cada año, al pie del puente, la memoria vuelve a pronunciar el nombre de Ezequiel. Puente Alsina conserva una pertenencia barrial, una geografía y una tradición popular. El nombre de Ezequiel Demonty llegó después y por otro camino: nació de una lucha contra el olvido.
No hace falta borrar uno para que exista el otro. En ese puente quedaron las distintas capas de la ciudad: el verso que vio un tajo, el homenaje oficial a un golpista, la restitución del nombre con el que lo conocía el barrio y, finalmente, la decisión de recordar a un joven asesinado por la policía.
Tal vez por eso el verso de Carlos de la Púa sigue vivo. El tajo ya no está únicamente en la estructura que atraviesa la ciudad. Está en el río que Buenos Aires convirtió en basural y escondite. Está en la historia de Ezequiel y en todo lo que aún falta reparar.
Un puente une dos márgenes. La memoria debe impedir que una vida vuelva a quedar sola entre ambas.
* Antolín Magallanes fue Director General de Gestión Política y Social de ACUMAR
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