Con la épica del potrero
Cuando la táctica falla y el abismo de la eliminación acecha, la selección argentina apela a su ADN más puro: el fuego interno, el amor propio y el desorden sagrado del fútbol de barrio. En una remontada histórica ante Egipto, el equipo de Scaloni demostró que, aunque falte el juego, le sobran los huevos para seguir con vida en el Mundial 2026.
- julio 7, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Los mundiales de fútbol venían siendo muy difíciles desde lo técnico, desde lo futbolístico, desde lo táctico y desde lo estratégico, y ahora hay que sumarle con fuerza lo anímico y lo psicológico. Tímidamente venimos, desde este espacio cuatropalabrista, balbuceando algo de esto: de lo anímico y de que Argentina no se rinde, no se rinde. Juega mal, más o menos, pero no se rinde.
Los últimos quince minutos del partido de la selección fueron de potrero, de canchita, de lo que quedó de pasto al costado de la General Paz, en la plaza, en la calle, en la playa y, si queda alguno, en algún terreno baldío por ahí.
En declaraciones después del partido, el técnico Lionel Scaloni confesó que ya no importaba dónde estaba el 5 o el 8 rival: “Ya no importaba ni la táctica ni la estrategia, y vamos todos para adelante. No hay que ser (Albert) Einstein”.
Después hablamos de la lista de convocados, pero Montiel entró y se fue a jugar de 7. El técnico, por primera vez, cambió el esquema en ataque y puso a Lautaro Martínez junto a Julián Álvarez y Nico González, quien reemplazó a Nicolás Tagliafico. Lionel Messi iba de 8, de 10 o donde podía. Argentina perdía 2 a 0 y quedaba muy, pero muy poco tiempo. Ya había pasado el segundo cooling break y Egipto ganaba con orden y un contragolpe letal. Obviamente, sin sobrarle nada.
De la misma manera en que Scaloni por fin se la jugó —porque se vio claramente fuera del mundial—, el técnico de Egipto, Hossam Hassan, también hizo cambios. Entró Trezeguet por Haisem Hassan y sacó al que hizo el segundo gol, Mostafa Zico, para defender el resultado, pero no le salió.
El equipo, dentro de la cancha, se supo también fuera de la Copa del Mundo. Se habían prendido fuego todos los papeles, los manuales y los esquemas. Y Messi, a quien no le estaba saliendo una y que había pateado horrible el penal que tuvo en el primer tiempo, con el paso de la historia sobre sus espaldas dijo: “Vamos una vez más”.
Hay que repasar videos y esas cosas, pero cuando Messi quiere encontrar espacios se va al carril del 8. Desde ahí se acomodó para tirarle el centro al Cuti Romero, quien le entró de lleno con la cabeza y puso el descuento. Sí, como dijo el técnico en la conferencia, ya no importaba lo táctico ni lo estratégico. Romero se fue a jugar de 9 y Leandro Paredes, el número 5, el mejor jugador de Argentina, se fue a acompañar en defensa a Lisandro Martínez, que hoy tuvo una tarde para olvidar.
A los 83 minutos llovió un centro, Lautaro Martínez intentó una chilena o algo parecido que le salió horrible. Rebotó, le quedó a Montiel, que estaba casi en el área chica; la tocó, rebotó en un muchacho de Egipto, le quedó de nuevo a “Cachete” y se la tocó a Messi, quien le pegó cerca del punto del penal y gol. Y empate, y nadie lo puede creer. Ni en la cancha, ni en el banco de suplentes, ni en las tribunas, ni en Atlanta, ni en Estados Unidos, ni en las calles argentinas. En ningún lado.
Como si la bronca, la fuerza ciega, el fuego interno, la revancha por el resultado adverso y Messi fueran las armas más importantes que tiene este equipo argentino para dar en el Mundial 2026.
Para que la gente delire en las calles de todos los rincones del país, ya pasados largos los 90 minutos, los egipcios no sé qué fueron a buscar en ataque en lugar de quedarse con el 2 a 2 y, en todo caso, volver a remontar en el tiempo suplementario.
Pero no leyeron esta última etapa del equipo de Scaloni. Es difícil de aprender y más de contrarrestar cuando está encendida. Y todo esto de ir para adelante cuando las cosas que se planearon en días de entrenamiento, charlas técnicas, tácticas y chats del cuerpo técnico fallan, se aprende muy de chico, en los clubes de barrio y en las calles. Péguese una pasada cuatropalabrista un sábado de estos por un club. Pague la entrada, aguántese tres, cuatro o cinco partidos de baby fútbol y lo va a entender.
Porque despejaron desde el fondo, Julián Álvarez la abrió para Lautaro Martínez, que estaba de número siete, y este tiró un cambio de frente, un centro o algo parecido que le cayó justo, pero justo en la cabeza a Enzo Fernández, quien también había jugado bastante mal, pero acá hizo el gesto técnico perfecto para cabecear a contrapierna de la estirada del arquero y quebró el marcador, ahora para siempre. 3 a 2 final.
Pido disculpas al progresismo ilustrado, a las izquierdas de biblioteca y a aquellos que siguen pensando que el fútbol es el opio de los pueblos: hoy Argentina ganó con “huevos y corazón”, como se suele decir en el mundo de la pelota.
Porque poner y tener huevos se trata de esto que venimos hablando. No se trata de pegar patadas, empujar, insultar, armar esos tumultos que parece que van a terminar en una batalla campal y después nunca pasa nada, ni de hacer picardías argentas.
Se trata de hacer un poco de eso, pero sobre todo y fundamentalmente de pedir la pelota, jugar, tocar, ir para adelante (no para los costaditos) y hacer goles en los momentos difíciles, esos en los que no queda margen, en los que nadie la quiere, donde a todos les tiemblan las piernas o se les bloquea la cabeza. Cuando perdés y se acaba el tiempo. Ahí, justo ahí, es cuando varios jugadores argentinos encienden todo.
Hay que empezar a pensar en lo anímico. En los miedos. Y en los nervios. Hoy Lionel Messi y varios de sus compañeros estuvieron varios minutos llorando dentro de la cancha una vez que terminó el partido, y el técnico argentino no pudo dar la declaración para los medios en vivo dentro de la cancha al cierre del partido porque también lloraba.
Porque acá hay otro factor del que poco hablamos en este espacio y que es el tiempo en el fútbol. Se juega por tiempo, aunque cada vez esté más desdibujado con el cooling break y los falsos adicionales que dan los árbitros, cuando dice 6 en la pantalla y se juegan 12 después.
El tiempo juega constantemente en la cabeza de los jugadores. Cuando van ganando, empatando o perdiendo. Cuando pasa por la cabeza dejar pasar los minutos, o salir a buscar con alma y vida, y después cuando se dice: “Ahora hacemos cualquier cosa menos jugar”, porque no se da más.
Y Argentina lo está dando todo y más de lo que tiene en estos últimos minutos contra Cabo Verde y Egipto. Tuvo que recurrir a esta herramienta mucho antes que en el Mundial 2022. Bueno, amiga, amigo, es lo que tocó. Fue también por esto, creo, que el técnico confió en casi el mismo equipo del torneo anterior.
Porque recambio no encontró y sabe que, entre ellos, se tienen que entregar todo hasta el último segundo. Parece una frase hecha, pero estos pibes hace tiempo la encarnaron, la sienten, la viven, la juegan “y al final hay recompensa”, como dice la canción.
Un poco, chicos queridos, hay que empezar a pensar y reflexionar sobre el miedo. Está teniendo un peso desmedido en este mundial. Es hasta gracioso cómo cuando un equipo lastima al otro, este se mete atrás automáticamente. O cuando uno la mete, pasa lo contrario: el ganador pasa a atrincherarse y el que pierde, a atacar.
Son demasiados los partidos que se resuelven o modifican el resultado en los últimos minutos, cuando ya la cosa se pone dramática y van y vienen. Los jugadores caen automáticamente al suelo cuando termina el partido por los nervios. Se les aflojan las rodillas o se ponen a llorar.
Hoy Lionel Messi y varios de sus compañeros estuvieron varios minutos llorando dentro de la cancha una vez que terminó el partido, y el técnico argentino no pudo dar la declaración para los medios en vivo dentro de la cancha al cierre del partido porque también lloraba.
Atrás habían quedado unos setenta y pico de minutos donde Egipto supo ganar por 2 a 0 con un gol tempranero de Yaser Ibrahim. El segundo lo había hecho Mostafa Zico luego de un gran contragolpe manejado por Mohamed Salah. Ah, también Messi erró un penal, puso una en el palo y el árbitro le anuló un gol de VAR a Egipto por falta en el arranque de la jugada a Lisandro Martínez, en una jugada donde la selección marcó horrible y el Dibu Martínez fue a buscar todas adentro.
El peso de lo anímico se ve que se vuelve insoportable. No hay lugar para lo racional, domina lo pasional y la alegría trágica. Argentina no se rinde más, por eso está en los cuartos de final de la Copa del Mundo. Quizás ya no haya que esperar más en este mundial el buen juego, el toque y la belleza, pero sí disfrutar de los arranques de huevos; de esos huevos de pedir la pelota y hacer goles cuando las piernas fallan y las papas queman.
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