La paradoja del vacío: por qué el gobierno rebota en el fondo de su propio pantano
El escenario político es sumamente desfavorable para el gobierno, por el desprestigio del funcionariado libertario, al caso Adorni y los magros o malos resultados de la política económica. Pese a ello el Ejecutivo puede celebrar su mejora en el índice de confianza, después de cinco meses sucesivos de caída. La respuesta a ello habría que buscarla en el vacío opositor y en el recuerdo reciente de un gobierno que no gobernaba. Un hilo roto entre la sociedad y la política.
- junio 24, 2026
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El termómetro de la calle arde, pero el tablero político cruje al revés. Si se miran los indicadores de la economía real, la de los bolsillos de las mayorías, el diagnóstico no admite matices: la gestión de Javier Milei atraviesa su peor momento. Al panorama generalizado de que la plata no alcanza, se suma la acumulación de esquirlas sobre el funcionariado libertario. Que ya no es un goteo. El escándalo en torno al patrimonio del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, ocupa el minuto a minuto de los programas políticos, pero también se cuela en los chistes de la vida cotidiana. Hablar de pendrive mágicos hoy es una prenda de intercambio entre vecinos, como comentar un gol de Messi o quejarse del frío. Incluso, debajo de esa pirotecnia que sacude al exvocero presidencial, queda en segundo plano las denuncias de corrupción en áreas sensibles como la ex Agencia Nacional de Discapacidad (Andis) y Nucleoeléctrica, por citar apenas dos terminales donde el desguace y las desprolijidades administrativas rozan el colapso.
No se trata de un microclima de las redes. La economía de a pie muestra indicadores en un rojo furioso. El endeudamiento familiar es un mecanismo de supervivencia para pagar la luz o el almacén. La informalidad laboral trepa a la velocidad de la desregulación, mientras el consumo de productos de primera necesidad —esos que miden el pulso social— se desbarranca sin encontrar piso. La parálisis es transversal y golpea con saña a los sectores que suelen motorizar el empleo genuino. Incluso la minería, que muestra números verdes en términos de divisas exportadas, exhibe una mueca contradictoria: retrocede de manera sostenida en la creación de puestos de trabajo. Las empresas cierran sus persianas y el tejido de las pymes se extingue en silencio.
Sin embargo, en el fondo de ese pantano, el gobierno rebota.
La Universidad Torcuato Di Tella le puso cifras exactas a esta anomalía a través de su histórico Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) correspondiente a junio de 2026. Tras un derrotero de cinco meses consecutivos de caídas en picada —enero (-2,8%), febrero (-0,6%), marzo (-3,5%), abril (-12,1%) y mayo (-1,6%)—, el indicador registró su primer repunte del año con un aumento del 3,9% respecto al mes anterior. Es una bocanada de oxígeno en el centro de la tormenta, aunque la perspectiva histórica sigue siendo sombría: la cifra todavía arrastra una contracción acumulada del 16,1% desde fines del año pasado y una caída interanual del 11,4%.
Al desagregar el rebote, se entiende dónde se apoya el algoritmo de la supervivencia libertaria. Tres de los cinco componentes del índice empujaron hacia arriba. La percepción de “eficiencia” lideró el salto con un 12,8% (alcanzando los 2,12 puntos), seguida por la “capacidad de gestión” con un 4,3% (2,46 puntos) y la “preocupación por el interés general” con un 3,8% (1,63 puntos). Mientras tanto, la “honestidad” se mantuvo estancada y la evaluación general retrocedió un leve 0,5%.
¿Cómo se explica que una sociedad golpeada en sus condiciones materiales de existencia otorgue un crédito de “eficiencia” a una gestión con la calle en contra? La respuesta no está en la Casa Rosada, sino en el desierto que se extiende frente a ella.
La única explicación para este fenómeno político radica en el absoluto vacío opositor. La sociedad argentina no quiere el vacío: le teme más a la nada que al dolor presente. El panorama que ofrece la oposición tradicional es el de una trinchera atrapada por internas palaciegas. Se la observa cada vez más caótica, impotente y desconectada de la urgencia cotidiana.
Está claro que la ciudadanía no quiere saltar al vacío, pero menos aún está dispuesta a devolverle las llaves del Estado a un frente político que se percibe enredado en sus propias dinámicas autodestructivas. El recuerdo fresco del pasado reciente actúa como un ancla: la memoria de un gobierno que dirimía sus internas a cielo abierto, con funcionarios que no respondían a la investidura presidencial, un loteo de ministerios que paralizó la gestión y, en definitiva, una administración sin conducción. Un gobierno que no gobernaba.
Ante ese espejo retrovisor, Milei ofrece un contraste. También es un gobierno que no gobierna. Pero su administración está guiada por intereses ajenos, corporativos, financieros, trasnacionales. Al menos, marca un rumbo, un destino sin vacilaciones discursivas. Y en la psicología colectiva de una sociedad fatigada, un camino equivocado suele percibirse como un refugio preferible antes que el mapa fracturado de una fuerza política.
Reducir este escenario a una mera especulación electoral sería un error de diagnóstico. Todavía falta mucho para las elecciones presidenciales y la sociedad no está consumiendo el calendario político. Cuando los plazos electorales se aceleren, la historia entrará en otra fase. Tal vez para ese entonces la sociedad decida picarle el boleto definitivamente a Milei; tal vez emerja una opción competitiva dentro del peronismo o una alternativa transversal.
El peronismo hoy es territorio de la confusión. Las posibilidades de que su interna se ordene en los próximos meses son difíciles, atrapado en un juego de ajedrez donde nadie se anima –ni está en condiciones– de patear el tablero. En la provincia de Buenos Aires, el epicentro del laboratorio opositor, Axel Kicillof se encuentra en una encerrona: no puede romper debido a su extrema debilidad legislativa. En la vereda de enfrente, La Cámpora tampoco puede permitirse el lujo de abandonar las posiciones institucionales que retiene en la gobernación. El resultado es una tensión permanente que no resuelve nada. Tiempistas de una ruptura o de una unidad ficticia donde el riesgo subyacente es absoluto: que la unidad vuelva a ser sinónimo de desgobierno. En ese río revuelto, Sergio Massa apuesta a la espera y a la amalgama. Sabe que, por ahora, es el único que puede expresar esa síntesis difusa.
Si se levanta la mirada por encima de la geografía bonaerense, el paisaje de las ligas federales tampoco aporta épica. Se observa una dinámica de gobernadores que ensayan ataques efímeros y repliegues extensos.
Esa impotencia tiene su correlato exacto en el Congreso de la Nación. La oposición atomizada ni siquiera logra consolidar los consensos necesarios para avanzar con una interpelación formal —ni hablar ya de una moción de censura— contra el desgastado Adorni. La debilidad parlamentaria de los bloques opositores termina siendo el reverso de la fortaleza residual del oficialismo.
Reducir este escenario a una mera especulación electoral sería un error de diagnóstico. Todavía falta mucho para las elecciones presidenciales y la sociedad no está consumiendo el calendario político. Cuando los plazos electorales se aceleren, la historia entrará en otra fase. Tal vez para ese entonces la sociedad decida picarle el boleto definitivamente a Milei; tal vez emerja una opción competitiva dentro del peronismo o una alternativa transversal.
Pero la crisis actual no pasa solo por las urnas del año que viene. Se trata de algo mucho más profundo y estructural: la ruptura del hilo invisible que conecta a la política con la sociedad. El verdadero problema de la Argentina actual es la ausencia de una alternativa que tenga relación real con la sociedad, que motive, que trace una hoja de ruta creíble, que sume voluntades genuinas y que sea capaz de estructurar un proyecto de país que movilice y vaya hacia adelante.
Mientras la política siga ofreciendo un espectáculo de facciones, la sociedad mantendrá el respirador encendido sobre la Casa Rosada. No por amor al experimento libertario (que sí conservará un núcleo duro), sino por el espanto legítimo a regresar al laberinto de la impotencia.
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