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Mundial 2026: ¿Qué queda del Brasil que nos hacía reír?
De la sonrisa eterna de Pelé, Zico y Ronaldinho a un fútbol de atletas, tanques veloces y pizarrón europeo. Con Carlo Ancelotti en el banco y Vinícius como bandera, el Scratch busca el hexacampeonato en un Mundial que huele a tránsito amargo para los líricos. ¿Podrá el orden italiano revivir la vieja magia brasileña?
- junio 6, 2026
- Lectura: 8 minutos
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- junio 6, 2026
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Hablar de Brasil es hablar de fútbol. En eso somos parejos. Uno lo tiene marcado. Es una referencia imposible de negar, por más pica que tengamos. A veces con más bronca y a veces con más afecto. Nos une la pasión y la historia del fútbol mundial.
Los ingleses inventaron el deporte, pero los brasileños el juego. Ya sé que nosotros también, es cierto, pero no podemos desconocer lo de ellos. Para los que nacieron hace quince minutos y sostienen algo parecido a que lo que no vieron o vivieron no existe, que se jodan, porque se perdieron otra manera de ver, de sentir, de pensar, de jugar, de disfrutar y de reír jugando a la pelota. Y gran parte de eso que no vieron fue lo mejor de la selección de Brasil.
Hay una imagen, una foto mental que siempre viene y se repite. Es la imagen de la sonrisa de los jugadores brasileños a la hora de festejar un gol o hacer una gran jugada. Es una sonrisa fácil de identificar en Pelé, Ronaldo, Ronaldinho, Rivelino, Zico, Romario, bla, bla, bla.
Nosotros somos más de sufrirla. De gritar los goles con bronca, como una reivindicación de alguna lucha o de un pasado difícil, que se arrastra en forma de venganza cuando la pelota explota en la red; pero Diego Maradona, y después varios más, nos supieron mostrar esa misma sonrisa.
En este Mundial, Brasil llega sin grandes figuras, cosa que ya viene mostrando hace un rato largo. No están Pelé, Didí, Vavá, Garrincha, Zagallo, Tostão, Gerson, Clodoaldo, Carlos Alberto o Rivelino. Ni Jairzinho, Júnior, Zico, Éder, Sócrates, Falcão, Bebeto, Romario o Mauro Silva. Tampoco Careca, Branco, Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo, Cafú, Roberto Carlos ni Kaká.
Están Alisson; Vanderson, Marquinhos, Gabriel, Douglas Santos; Casemiro, Bruno Guimarães; Luiz Henrique, Raphinha, Vinícius Júnior; y Matheus Cunha como posible once. Qué se va a hacer… es lo que hay esta vuelta.
Brasil va a estar en el Grupo C, donde también está Marruecos, con quien va a jugar el sábado 13 de junio a las siete de la tarde, en la localidad de New Jersey. Después juega con Haití, el viernes 19 de junio a la noche, a la hora de comer, en Philadelphia, y el miércoles 24 de junio otra vez a las siete va contra Escocia en Miami.
Brasil llega a esta Copa del Mundo con un toque de ganas de volver a “estar”. Lo curioso es que lo va a hacer con un técnico italiano por primera vez en su historia. Hay una diferencia enorme entre cómo les va a los clubes brasileños en los torneos locales e internacionales con su poderío futbolístico y económico, y el presente del seleccionado.
De hecho, la Confederación Brasileña de Fútbol fue a buscar para sentar en el banco a Carlo Ancelotti, auténtica leyenda con una carrera plagada de títulos que incluye nada menos que cinco Champions como entrenador, otros dos como jugador y ningún mundial.
El italiano de 66 años decidió dar el salto por primera vez a una selección. En esta experiencia tendrá, como le ha ocurrido en Real Madrid, Juventus, Milan y otros clubes poderosos, la presión. Obvio que se caga de risa de eso, pero en este caso los brasileños son más de 200 millones que buscan desde hace más de veinte años el hexacampeonato.
No vamos a discutir el talento y la técnica del jugador brasileño de la actualidad, tampoco del que juega en las playas. Esos con cuerpos voluptuosos que juegan horas a dar pases imposibles sin que la bocha toque la arena. Pero en términos de futbolistas profesionales, hace varias décadas que no tienen lo de antes. Sus actuales figuras son Marquinhos del PSG, Gabriel Magalhães del Arsenal, Bruno Guimarães del Newcastle, Raphinha en el Barcelona y Vinícius en el Real Madrid. A esto hay que sumarle la vuelta de Neymar Junior, quizás el último gran talento, pero que hace un par de semanas no pudo con San Lorenzo ni de local ni de visitante.
Si no es campeón en 2026, Brasil llegará a 28 años sin títulos, el lapso más largo desde que se juegan los Mundiales de fútbol. En los cinco torneos jugados desde 2006 hasta hoy, una vez llegó a semifinales, y encima esa vuelta fue en 2014, de local, y los alemanes le enchufaron un 7-1 histórico.
“Pero Brasil siempre es Brasil”, diría un periodista deportivo. Y entendemos que contrataron a un técnico que sabe jugar y ganar campeonatos cortos como es un mundial, por más que sea italiano. Esto hace acordar a cuando sonaba para dirigir a la selección argentina Josep Guardiola. Bueno, en este caso se concretó.
Vinícius llega como la figura del equipo. El delantero del Real Madrid buscará, en su segunda Copa del Mundo, meter explosión como lo hace en el Real Madrid, en el que fue fundamental para ganar las Champions de 2022 y de 2024. Todavía no pudo conseguir títulos a nivel de mayores con su selección. Parece que no termina de explotar del todo o, en realidad, ya está, es lo que es y ya lo dio todo.
Con Estêvão ausente por lesión, Manu dice que el joven a observar se llama Endrick, que a los 19 años disputará su primera Copa del Mundo. El jugador tuvo un relanzamiento de su carrera en la última temporada con la camiseta del Lyon francés y su buen nivel le hizo ganarse un puesto en la convocatoria de Ancelotti. Salió del Palmeiras y dicen los periodistas que tiene la personalidad para brillar en un cuadro necesitado de estrellas.
Obvio que Brasil es líder en todas las estadísticas importantes de las Copas del Mundo que se te ocurran, además de ser el único seleccionado que no faltó a ninguno de los mundiales realizados desde 1930 hasta hoy. En 2002 se quedó con el pentacampeonato. Como ganó tres veces el trofeo Jules Rimet, se lo quedó en 1970. Es el que más títulos ganó (5) y es el seleccionado que más puntos sumó en la tabla general histórica de los Mundiales, con una impresionante diferencia sobre los alemanes, que van segundos.
Lo que pasa es que, si no es campeón en 2026, llegará a 28 años sin títulos, el lapso más largo desde que se juegan los Mundiales de fútbol. En los cinco torneos jugados desde 2006 hasta hoy, una vez llegó a semifinales, y encima esa vuelta fue en 2014, de local, y los alemanes le enchufaron un 7-1 histórico.
El objetivo, entonces, de Ancelotti en Brasil es ganar. Darle equilibrio a un equipo que en ataque tiene variantes y algo de magia individual para complicar a cualquier rival. No será un Brasil de toque y toque, de juego colectivo como en otras épocas. No tiene un 10. Hace mucho que ya no tienen más un 10. Ya no juegan más así. Y con el técnico italiano y los delanteros, es probable que sea un equipo vertical.
Otra cosa que vamos a considerar para este mundial, por más que nos joda fuerte, es que va a ser un mundial de atletas, de caballos de carrera, de tanques veloces. Se va a imponer en muchos casos el que sea más fuerte, el que esté más rápido y al 200% físicamente.
Imaginamos además a los técnicos actuales cumpliendo un rol similar a los viejos ojeadores que descartaban pibes en las pruebas con una sola palabra o una mirada, como solía y suele suceder en el barrio, o en los clubes de baby y/o en las inferiores.
¿Jode? Sí, jode. ¿Es triste? Es triste. ¿Es probable que pase? Es probable que este Brasil y el grueso de los equipos que disputen la Copa del Mundo pongan por encima el juego físico por sobre el toque. Quizás España, Argentina y Portugal intenten algo de eso.
Tampoco vemos que lleguen a este mundial grandes estrellas en la previa. Es cierto que los franceses llevan muchos delanteros buenos, los portugueses volantes, los españoles, los africanos y nosotros algo llevamos; pero es cierto también que es el último mundial de Messi, de Ronaldo, de Neymar y también de Luka Modrić (me pongo de pie), el último 10 clásico.
De todas maneras, me sopla un informante que en los mundiales después siempre aparece un tapado, un equipo que la rompe. Una figura, un goleador, un niño maravilla. Seguramente aparecerán. Quizás esto derrame en Brasil y encuentre centrales seguros, laterales veloces y habilidosos que llegan al final y tiran el centro atrás, volantes que no paran de tocar y generar fantasía y delanteros engañamundos que se llenan la boca de gol.
Entonces, embebidos en el espíritu de la caipiriña y la capeta, prenderemos velas al santo Senhor do Bonfim, mientras comemos feijoada recalentada, acompañada por los clásicos “milhos” y “queijos quentes” das praias para mendigar, al menos, un caño, una gambeta, una apilada, un tiro libre que explote en el ángulo, una elástica, o algo, algo al menos de esta selección brasileña. Solo eso. Si viene algo más, ¡bem-vindo!
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