Réquiem para el Indio dormido
Un cuerpo colectivo, herido y visceral, recorre los altares del under, los estadios y las cicatrices de una juventud marcada por Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. Entre el avanzar de la montada, las noticias de ayer y el pogo más grande del mundo, Juan Carrá escribe un llanto agradecido al mito desterrado: el Indio Solari.
- junio 5, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Me acuerdo la primera vez que nos vimos.
Nadie se animaba a hablarnos. Todo el plástico de la época se remataba por dos pesos y ahí en esos lugares oscuros nos encontrábamos para reconocernos. La cara del Che en banderas, Walter como grito de guerra y el regreso de Mao como esperanza.
Me acuerdo también de aquella noche unos años más adelante. La bengala al rojo vivo. El humo, una tiniebla en el Polideportivo. Vos ahí, en trance. Los ojos de dúrax, lastimados, detrás de los anteojos negros. Coco me sostenía en sus hombros. Yo asomaba entre la marea de gente. Las chispas de la bengala demasiado cerca. Estás tomando de más… dijiste y yo te imitaba desafinado, juntando aire con la pala invisible. La nariz fría. Las banderas que flameaban. Abriste los brazos. No queda otra… sé que me dijiste en ese gesto. No queda otra mientras sigamos así, heridos por las noches veladas, tolerándolo todo.
Eran los primeros noventa. Ya Olga Sudorova lloraba vodkas de Chernóbil y nadie decía palabras para los que teníamos la sangre lista.
Y vos ahí oculto en el filo de un under que ya no se aguantaba.
Me acuerdo del Baión. La tapa de plástico hecha espejo para un par de rayas. Beto tragándose todo. El cuerpo de resina viajando a la cueva del perico. Escúchalo. El equipo a todo volumen. Beto hundiendo la nariz en el plato. Todavía no me tocaba tirar a mí… ni envolverme en noches de plumaje blanco.
Después vino Bang Bang…
La mosca.
Fuimos lobos sueltos.
Me acuerdo Indio de cuando la montada revoleaba los sables y descargaba planazos en la espalda de los tuyos. Mientras adentro la misa explotaba de fieles, afuera nacía el mito del destierro. Éramos miles los Walter en la estampida. Cuerpo a tierra debajo de un auto. El cuero sudado de guanaco. Una piba ahí, en la estación de servicio, con la remera de Greenpeace.
Entonces dije basta en medio de esa intemperie. Mientras la fiesta de banderas rojas y negras se desbordaba y tu voz se hacía añicos en mil temblores.
El láser de un discman quemaba los cds. Tu voz joven que ya sonaba en la radio. Las máquinas en una nube electrónica. ¿Qué nos pasa? No pude subirme, entonces, a ese último bondi ni festejar en el templo del Momo. Los años me hicieron arrepentirme de la blasfemia y marché como un peregrino a pedirte perdón en La Plata. No fue lo mismo. No. Ya no estabas envuelto en el torbellino de una strato roja. Y los fieles vivían una misa prestada aunque la poesía nos hablara de las noticias de ayer. Gritando ¡Extra! ¡Extra! hoy que todo preso es político.
No sé por qué te escribo este réquiem si todavía no creo la noticia.
No sé por qué este ramalazo de tristeza cargada de futuro. No sé.
Lo cierto es que acá te lloro agradecido por mí y por los míos. Por mi hija que se disuelve en el pogo más grande del mundo en un estadio repleto de gente que finge que todo es como antes. Que vos estás ahí, espectro para siempre.
*Juan Carrá es escritor, periodista y docente. Su último libro “Salvate vos” es finalista del Premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción de género negro en español de la Semana Negra de Gijón.
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