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Adelanto exclusivo del libro Calma el fuego, de María Inés Bedia

Publicada por Factotum Ediciones, esta novela despliega un viaje íntimo de duelo y memoria: el de una hija que intenta descifrar, con compasión y lucidez, la complejidad de su padre, aceptar su ausencia y abrazar la huella que ha dejado en su vida. Es la segunda obra de María Inés Bedia, luego de la elogiada No destruyas las señales.

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Tenía once años cuando mi papá nos dijo que era un monstruo. Que él era un monstruo. Unos minutos antes, le habíamos cantado con mi hermana una canción. Podría decir nuestro papá, pero, esa tarde, yo se la quería cantar al otro. Al que había sido mío y de nadie más durante un año y nueve meses. No me acordaba de ese tiempo de hija única, pero me lo recordaban las fotos enmarcadas que adornaban los distintos espacios de la casa. Mi papá, mi mamá y yo en la playa; los tres en el río, en la plaza, o en la puerta de la casa de mis abuelos. Mi papá y yo, solos, y mi mamá detrás de la cámara capturando mis primeros años, cuando él me tiene a upa. Y más que un papá es un lugar en el que no tengo miedo.

Ese día elegimos un tema de Jugate conmigo. Uno de los chicos del grupo de Cris Morena le dejaba un mensaje en el contestador automático a su papá diciéndole que lo extrañaba y lo necesitaba. Improvisamos dos micrófonos con unas lapiceras a las que les armamos una pelota de algodón en la punta. Las cubrimos con la tela de vestidos de muñecas que ya no usábamos, y las atamos con gomitas elásticas que nos llevó un rato largo encontrar. Practicamos la coreografía y la letra en el espejo de la habitación de mis padres durante toda la tarde.

Era sábado y mi mamá se había ido a hacer las compras al supermercado. Sabíamos que iba a tardar varias horas porque los comercios se llenaban de gente los fines de semana en Campana. Todas las familias aprovechaban el descanso programado propio de una ciudad fabril para salir a comprar. Además, en los noventa, en mi casa se compraba comida para todo el mes. Se almacenaba en la parte de arriba de un armario viejo que estaba en lo que había sido la sala de cardiología en la que atendía mi papá. Después de ejercer por más de veinte años como cardiólogo, había cambiado de profesión; decía que los problemas del corazón tenían que ver con la cabeza, entonces se había pasado al psicoanálisis. Ahora ese cuarto era solo un lugar de paso, que unía los consultorios de mis padres, uno arriba del otro,  con el resto de la casa. El centro de un reloj de arena, por el que había que pasar de a uno y sin hacer ruido.



“Mi papá aparecía y desaparecía. Sus movimientos eran los del mar, lo traía hasta nosotras una ola, y otra más grande lo arrastraba de nuevo hacia las profundidades. Podíamos acercarnos a su orilla con el cuidado de no ser tragadas por algo inmenso”. María Inés Bedia.

Ese sábado nos habíamos quedado en casa con mi papá, que leía en su consultorio, donde también estudiaba y dormía la siesta. Pasaba todo el día ahí. Solo compartíamos con él los almuerzos y las cenas. También lo cruzábamos cada vez que se levantaba de su sillón para ir al baño. Quedaba en la otra punta de la casa. El ruido de las llaves colgadas en su cinturón nos avisaba que venía. Y ahí aprovechábamos. Para preguntarle cualquier cosa, para que nos ayudara a hacer la tarea de matemáticas, a resolver ese cálculo imposible, para contarle que algún paciente había dejado un mensaje, y que habíamos tomado nota, para alargar esos cinco minutos, para. Tengo que volver al consultorio, chicas. Nos acariciaba la cabeza, alguna vez nos daba un beso en la frente. Mi papá aparecía y desaparecía. Sus movimientos eran los del mar, lo traía hasta nosotras una ola, y otra más grande lo arrastraba de nuevo hacia las profundidades. Podíamos acercarnos a su orilla con el cuidado de no ser tragadas por algo inmenso.

Había otro baño en la casa, al lado de la cocina, pero a ese iban los pacientes, sobre todo los de mi papá. Los de mi mamá, que también era psicóloga, no se mezclaban con la vida familiar. Podía pasar que estuviéramos merendando y mi papá abriera la puerta: Beto va a pasar al baño, chicas. Y pasaba Beto, o Aníbal, o Marcela. Hola, qué grandes que están las nenas, decían por compromiso y nos hacían una sonrisa. Tenían los ojos llorosos. Eran unos segundos incómodos, como si los pacientes y nosotras fuéramos vecinos en un ascensor quieto.

La tarde de la canción, ensayamos varias veces la coreografía. A mi hermana le salía mejor. Inventaba giros y pasos que yo imitaba. Hacía un movimiento con la cintura que nunca me salió. Yo era su fotocopia en blanco y negro, ella era los colores. Me sabía toda la letra de memoria, ese era mi fuerte. La memoria y las palabras.

En un momento, escuchamos llegar a mi mamá y le pedimos que no dijera nada, que estábamos preparando una sorpresa para papá. Ella se puso a hacer el mate. Mis padres tomaban mate todos los días a las cinco de la tarde. Si alguna vez no lo hacían, era señal de que algo pasaba. O habían discutido, o él estaba muy metido con el estudio de algún nuevo libro sobre marxismo. Un libro impostergable, nos diría, para explicarnos por qué no tomaba mate con mamá. En esa época, además, estaba cursando la carrera de Filosofía y estudiaba en profundidad a Hegel. Había libros de Hegel por toda la casa, eran las señales de tránsito que guiaban el camino hasta su consultorio. Hegel fue la primera palabra que aprendí a escribir. Tengo guardada una tarjeta que le hice a mi papá cuando tenía seis años, la dibujé del lado de atrás de un electrocardiograma –hojas que habían quedado de otra época y que nosotras usábamos para dibujar–. Está escrita en color violeta: “Papi, no leas más, Hegel ni otra cosa… no te vallas a tu consultorio, quedate con nosotras, te queremos”. Tiene varios dibujos hechos en papel glasé: un libro tachado con una cruz, una puerta que simula ser la de su consultorio, un tacho de basura lleno de libros y un señor con barba que vendría a ser Hegel, también tachado. Dice vallas en vez de vayas, pero Hegel está bien escrito y bien dibujado. Cuando crecí, cada vez que mi papá descubría un nuevo libro, después de devorarlo, me lo pasaba y decía: Te apuesto mil pesos –él siempre mencionaba un número posible, no decía un millón de dólares– que te va a encantar. No hay manera de que no te guste, insistía, y me lo daba todo marcado y lleno de anotaciones. Una vez lo abrí y por todos lados decía MI, me ilusioné pensando que esas partes le hacían acordar a mí –María Inés-–, pero significaba “muy importante”.



Adelanto exclusivo del libro Calma el fuego, de María Inés Bedia, para 4Palabras

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