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Martín Astarita: “Milei aparece desguarnecido ante los escándalos de corrupción”
De la retórica contra la casta a los escándalos propios. El autor del libro “Corrupción y dictadura” analiza en diálogo con este medio cómo el gobierno de Javier Milei reproduce lógicas de corrupción que decía combatir. Entre la estafa cripto de $Libra y la captura del Estado por intereses privados, el investigador advierte sobre un presidente expuesto, sin escudos institucionales y atrapado en una dinámica de filtraciones internas.
- abril 10, 2026
- Lectura: 4 minutos
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- abril 10, 2026
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Martín Astarita es doctor en Ciencias Sociales, docente e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y coordinador del Centro de Estudios sobre Corrupción, Integridad y Transparencia de FLACSO. Publicó Corrupción y Dictadura, por el Fondo de Cultura Económica, donde discute lo que entiende como un paradigma hegemónico que se constituyó en los años ’90 y que asociaba la idea de corrupción al comportamiento de los funcionarios públicos.
Para Astarita, “a partir del siglo XXI, empezaron a surgir visiones más complejas que ponen el acento en el carácter históricamente variable de la corrupción, su carácter multidimensional, donde se tiene en cuenta el contexto histórico en el cual tiene lugar”. En este sentido, lo que se considera corrupción y los mecanismos que involucra cambian con el tiempo, y fueron evolucionando de distinta manera desde la última dictadura. “Lo que vemos -sostiene- es que prácticas que quizás en el pasado eran legales hoy son ilegalizadas, prácticas que quizás hoy en día están prohibidas por la ley pero que socialmente no provocan rechazo, o viceversa.”
Actualmente, la corrupción se concibe como una acción cometida sólo desde el sector público, y centrada sobre prácticas como el soborno, la coima o la malversación de fondos. Sin embargo, continúa, “fenómenos como el conflicto de intereses o de puerta giratoria, que a nivel mundial están despertando mucho interés de parte de organismos internacionales como la OCDE, acá en Argentina no son visualizados como un problema social y político de envergadura”. Son actos de corrupción que involucran actores privados que se introducen en la función pública para favorecer sus propios intereses y pueden terminar en la captura del Estado por un sector del poder económico, que es, para el FMI, “el peligro más grave de corrupción institucionalizada y estructural que tienen hoy en día las democracias modernas”.
Astarita explica que en el gobierno de La Libertad Avanza “no se observan mediaciones, escudos de funcionarios de segunda o tercera línea capaces de tapiar el impacto de los escándalos de corrupción en su contra, como en el caso $Libra. Eso es algo que no suele verse en los estudios internacionales sobre corrupción”.
La forma en que generalmente el periodismo dominante trata el tema de la corrupción limita la posibilidad de comprender el campo de la corrupción en toda su complejidad, y esto, según el autor, por reproducir tres sesgos. “El primero es hacer hincapié en los actos en los que están involucrados funcionarios públicos, la corrupción estatal. Queda relegado el tema de la corrupción del sector privado”. El segundo sesgo que reconoce, es centrarse en las coimas o malversación de fondos, y dar poco espacio al tratamiento de la captura del Estado. El tercero, continúa Astarita, “es político partidario, en contra del peronismo y cierta condescendencia en casos de corrupción que puedan existir en lo que podríamos denominar genéricamente: el espacio liberal conservador”.
Esta mirada hegemónica que limita los casos de corrupción a los funcionarios públicos favorece la concepción de que el Estado siempre es corrupto, por lo tanto, para terminar con la corrupción hay que destruir el Estado. Esta idea, que Milei sostiene desde su campaña política, Astarita la rastrea también en los años noventa. “Es interesante -acota el investigador- la contraposición que hizo varias veces, por ejemplo, entre quienes fugan dólares del sector privado, llamándolos héroes, mientras todos los políticos, sin distinciones, son unos corruptos, son casta”.
El autor observa tres aspectos sobre cómo el gobierno transita los escándalos de corrupción que lo afectan. En primer lugar, “hay poca respuesta por parte de los principales funcionarios del gobierno, prácticamente no se conocen desmentidas oficiales sistemáticas”.
En segundo lugar, son “las internas del oficialismo las que terminan generando estos casos, porque en esas peleas internas funcionarios del propio gobierno suelen contar con información privilegiada sobre cómo se mueven los actores internos rivales con lo cual pueden filtrar información a los medios de comunicación y así destapar verdaderos escándalos. Acá hay una dinámica interna muy nociva que está fagocitando el esquema del oficialismo”.
En tercer lugar, concluye, “el presidente aparece desguarnecido, está directamente involucrado, y no se observan mediaciones, escudos de funcionarios de segunda o tercera línea capaces de tapiar el impacto de los escándalos de corrupción en su contra, como en el caso $Libra. Eso es algo que no suele verse en los estudios internacionales sobre corrupción”.
Para Astarita, se precisa ampliar los estudios interdisciplinarios sobre corrupción, “no solamente es importante para comprender el significado de la corrupción, sino también para pensar herramientas que permitan combatirla”.
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