Ver más, oír más, sentir más
Entre la saturación del mercado, recuperar el impacto puro de los sentidos se convierte en el último acto de resistencia frente a una cultura que demanda razones por las que el arte existe, cuál es su sentido, para qué sirve.
- julio 16, 2026
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“Lo que ahora importa es recuperar nuestros sentidos. Debemos aprender a ver más, a oír más, a sentir más” sostiene Susan Sontag en un ensayo publicado en 1966. Traer esta afirmación en el contexto cultural en el que vivimos resulta al menos sospechoso. Estamos saturados visualmente, abarrotados de sonidos por todas partes, afectados casi al extremo todo el tiempo.
Frente a la abundancia el arte se reduce cada vez más en formas mínimas de expresión. Pasamos de películas cinematográficas de tres horas de duración, como Danza con lobos (1990), a las microseries verticales que tienen una duración de menos de dos minutos; de novelas como En busca del tiempo perdido de unas tres mil páginas a microrrelatos como el famoso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” de Augusto Monterroso, de poemas de largo aliento como los de Olga Orozco o Juan L. Ortiz, al poema de Huidobro: “El pájaro anida en el arcoíris”.
En el medio de una y otra forma de arte pasó el tiempo, claro, y con él mutó el contexto sociocultural que de alguna manera promovió una u otra forma artística a lo largo de la historia. Porque, cabe aclarar, cuando hablamos de la forma (de la extensión o duración por dar un ejemplo mensurable) estamos también hablando del contenido. No existe forma sin contenido. Pero no es ahí donde pretendo detenerme, sino en cómo nuestras manifestaciones artísticas buscaron eventualmente distintas formas de expresión que de algún modo resistían, ironizaban, parodiaban, reinventaban los modos de acercamiento al arte mismo. Y, siguiendo las ideas de Sontag, de esta manera propiciaban su vitalidad.
Toda la cultura occidental acarrea la concepción platónica del arte, tanto que tarde o temprano pareciera que debemos formular razones por las que el arte existe, cuál es su sentido, para qué sirve. Modos de reducción interpretativa del mundo que, en el mal sentido, lo único que logran es mantener nuestra estabilidad, afirmarnos.
Sin embargo, el mercado por un lado, la propensión crítica a interpretar anclando sentidos, aseverando que la obra dice aquello que no dice, excavando las profundidades de sus entramados para acoplarle algo que la obra no trae en sí, auguran el enquistamiento del sentido, cristalizan, reducen, pretenden que el arte siga siendo mimético (imitación de lo real en el sentido platónico) y, peor aún, pretenden que el arte diga algo como si debiera traducir un sentido contemporáneo.
Esto no es nuevo, viene de tiempos añejos. Toda la cultura occidental acarrea la concepción platónica del arte, tanto que tarde o temprano pareciera que debemos formular razones por las que el arte existe, cuál es su sentido, para qué sirve. Modos de reducción interpretativa del mundo que, en el mal sentido, lo único que logran es mantener nuestra estabilidad, afirmarnos.
Sin embargo, asumo que a todos nos pasó salir del cine sin poder decir nada, conjugando emociones contradictorias, recuperando en la memoria escenas de las que probablemente no pudimos decir nada hasta varios días después. Lo mismo supongo de una exposición de arte, donde los cuadros no resulten representaciones miméticas de jarrones o flores, sino que nos devuelvan al mundo con lentes que no traíamos puestos. Y, claro, aseguro, porque suelo verlo, pasa con la literatura.
“Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y ‘que los eunucos bufen’” escribe Roberto Arlt en el prólogo a Los lanzallamas. La literatura arltiana golpea de ese modo al lector, al que busca, al que construye, al que espera. No al juicioso lector que sí sabe de estilos y de análisis literarios, que puede en las comodidades de una vida burguesa que Arlt no tiene, dedicarse largo y tendido, sin ninguna otra urgencia, a su literatura, que leerán los mismos miembros lustrosos de su familia. Y que bufen los eunucos.
“Ninguno de nosotros podrá recuperar jamás aquella inocencia anterior a toda teoría, cuando el arte no se veía obligado a justificarse, cuando no se preguntaba a la obra de arte qué decía, pues se sabía (o se creía saber) qué hacía” sostiene Sontag. “La nuestra es una cultura basada en el exceso, en la superproducción; el resultado es la constante declinación de la agudeza de nuestra experiencia sensorial. Todas las condiciones de la vida moderna —su abundancia material, su exagerado abigarramiento— se conjugan para embotar nuestras facultades sensoriales”, sentencia. Queda en el arte la respuesta.
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