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“La forma del derrumbe”: una novela sobre la maternidad y los mandatos de clase

En su nuevo libro, Laura Cukierman condensa en un solo día el colapso de una madre de clase media al descubrir que su hijo ejemplar lidera una banda dedicada a los robos vecinales. La fragilidad de los lazos, el escrutinio social y el miedo ancestral de criar a un completo desconocido bajo el propio techo.

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laura cukierman

Un domingo cualquiera, la estructura sobre la que se edifica una familia de clase media se desploma en un instante. Sofía baja al hall de su edificio y una vecina la aborda con una pregunta incómoda: ¿Qué es todo eso que están diciendo sobre tu hijo? Los tiempos de la catástrofe se aceleran. Antes de que Sofía pueda procesar el interrogante, ya se encuentra en una comisaría. Le hablan de una causa judicial, de un juzgado de menores y de una detención.

El acusado es Federico. Su hijo único, de 17 años, un alumno promedio, el adolescente ejemplar que cuida de su abuela y lava los platos sin que nadie se lo pida. El cargo: liderar una banda dedicada a robar a sus propios vecinos y amigos. Un detalle termina de dinamitar la escena: el chico tiene un abogado propio —un desconocido para la familia— y se niega a recibir a sus padres.

Esta es la premisa de La forma del derrumbe, la nueva novela de Laura Cukierman, publicada por el Fondo de Cultura Económica. La obra traza la geometría de un desmoronamiento donde los lazos sociales se quiebran, las certezas de clase se diluyen y la maternidad es expuesta al juicio más implacable: la mirada de los otros.

A diferencia de las narrativas que extienden el drama a lo largo de un proceso judicial prolongado, aquí se opta por una concentración temporal y espacial. La novela transcurre en un solo día, una decisión que la autora define como una necesidad impuesta por la propia intensidad del relato. En diálogo con 4Palabras, Cukierman señala: “La historia me forzaba a que todo transcurra en un lapso acotado. De 24 horas. Casi en un mismo espacio. La ficción que me gusta tiene una fuerte economía de recursos”.

Esta compresión transforma el texto en un largo monólogo interior. Funciona como una suerte de Ulises doméstico y trágico, una travesía íntima donde Sofía casi no habla con sus interlocutores naturales —su esposo, su madre o el hijo ausente—, sino consigo misma. Es el devenir de una mujer que poseía un proyecto de vida ordenado y a quien el destino, encarnado en las acciones de su hijo, le demuestra que el control es una ilusión.

“La forma del derrumbe” opera también como crítica social y de clase. El delito –como se vio en el debate público sobre la baja de la edad de imputabilidad– suele estar asociado de manera unívoca a los sectores pobres. La apuesta radical de Cukierman es “democratizar” esa caída. Aquí es la clase media la que roba a la propia clase media.

La configuración de esta “forma del derrumbe” exigió un pulido milimétrico en la escritura. Inicialmente concebida por capítulos o entregas, luego decidió eliminar los títulos y las pausas que condicionaran la lectura, entendiendo que la experiencia del lector debía espejar el vértigo de la protagonista. «Quería ver qué le pasaba a ella, que los lectores sigan el devenir de una persona que se suponía que tenía un proyecto, una idea de lo que podía suceder y que la vida le dijo que no iba por ahí», señala la autora. 

 

El hijo ausente y el silencio como respuesta

Uno de los procedimientos narrativos más audaces de la novela es el desplazamiento de la figura de Federico hacia un segundo plano. El desencadenante de la trama casi no tiene voz. Esta decisión, lejos de ser azarosa, responde a una propuesta central del libro: la ausencia absoluta de respuestas tranquilizadoras.

Sofía busca una explicación lógica, una causalidad psicológica o sociológica que alivie su culpa, explica la novelista. Ansía que su hijo le diga: “Robé porque no me diste tal cosa, o porque me llevaste demasiado a la plaza”. Al no traer las respuestas del protagonista al primer plano, la novela refuerza la intemperie materna. 

Cukierman explora uno de los miedos más innombrables y universales de la crianza: el descubrimiento de que el hijo, ese ser al que se le dio la vida y se crió bajo el propio techo, puede ser, en el fondo, un completo desconocido. ¿Qué tanto sabe sobre su hijo? ¿Cuándo empieza lo que nadie vio venir? La novela no responde, sino que profundiza la herida de la duda.

El entramado de vínculos familiares en la novela se construye de manera dialéctica y dolorosa. Sofía se encuentra en medio de una cadena generacional rota. Su madre, que por mandato biológico y social debería ser el reservorio de la memoria familiar y el refugio del pasado, padece serias dificultades cognitivas. Hay una memoria fracturada.

El quiebre se vuelve definitivo cuando se descubre el lugar elegido por Federico para depositar el botín de sus robos: la casa natal de Sofía, la vivienda de su propia infancia. “El hijo toma esa casa y la transforma en un aguantadero. Para ella fue un refugio. Ahora es el lugar que se le viene encima”, explica Cukierman. Sofía es un eslabón corrido de su propio linaje. Que su hijo utilice la casa de la abuela para esconder lo robado completa el desmoronamiento de ambas estructuras familiares: la que Sofía construyó y la que la vio nacer.



“La madre siempre es responsable. Es un doble juego: la sociedad las mira de esa manera y eso hace que automáticamente ella sienta que tiene que dar respuesta a lo que le sucedió al hijo. El marido se permite desplomarse, ella no puede hacerlo”, reflexiona Laura Cukierman.

 

La forma del derrumbe opera también como crítica social y de clase. El delito –como se vio en el debate público sobre la baja de la edad de imputabilidad– suele estar asociado de manera unívoca a los sectores pobres. La apuesta radical de Cukierman es “democratizar” esa caída. Aquí es la clase media la que roba a la propia clase media. Esta dislocación genera en Sofía un desconcierto. Su primera reacción es el intento de desvío de la culpa a través de prejuicios de clase: intenta convencerse de que Federico fue arrastrado por el hijo de la cuidadora de su madre, o por una novia que lo llevó por el “mal camino”. 

A este derrumbe moral se le suma la soledad absoluta. La novela muestra una ruptura total de los lazos sociales. Sofía no encuentra empatía en sus pares laborales ni en su entorno. Es aquí donde la condición de género se vuelve una carga aplastante. Cukierman cita la célebre frase de John Berger: “Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas”. La protagonista experimenta la maternidad como objeto de vigilancia social. “Siempre hubo miradas en relación a la mujer y la maternidad. Pero ahora están exacerbadas, porque hay más tendencia a bajar línea todo el tiempo en relación al comportamiento de los otros”, responde la escritora a este medio. 

Mientras su esposo se permite un desplome físico y explícito, ella debe sostener el peso de las miradas de la sociedad, que históricamente responsabiliza a la madre por las desviaciones de los hijos. El escrutinio público la condena de antemano, obligándola a interrogarse sobre si dio mucha o poca leche materna, si lo acostó solo o si descuidó la vigilancia de sus redes sociales. “Hay un borramiento de la figura de los padres. La madre siempre es responsable. Es un doble juego: la sociedad las mira de esa manera y eso hace que automáticamente ella sienta que tiene que dar respuesta a lo que le sucedió al hijo. De hecho, el marido se permite desplomarse, ella no puede hacerlo. Siente el peso de esa mirada, de esa respuesta que ella tendría que dar y, al mismo tiempo, reclama”, reflexiona la novelista.

En un contexto social donde lo colectivo se presenta dañado y diluido, el libro se instala en un presente de incertezas, despojado de utopías o salidas sencillas. No hay redes de contención institucional ni comunitaria que amortigüen el golpe de Sofía. A través de una prosa concisa y despojada de artificios, La forma del derrumbe convierte una experiencia límite en un cuestionamiento sobre nuestro presente. La autora demuestra que es en el territorio de los vínculos —con sus silencios, sus proyecciones y sus zonas ciegas— donde se expresan las tensiones más profundas de nuestra época. 

 

4Palabras

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