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Pausa de hidratación: los buenos, los malos y los que solo sobreviven
Adorni renunció, la inflación cede, la derecha se reordena sin terminar de pelearse, el salario mínimo ya no alcanza ni para un choripán al paso, y un comunicado sobre violencia psicológica que habla de todo menos de la persona que la padeció.
- julio 5, 2026
- Lectura: 8 minutos
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Hay semanas que parecen ordenadas y son exactamente lo contrario.
Manuel Adorni renunció finalmente a la Jefatura de Gabinete después de tres meses sosteniendo una explicación sobre 500.000 dólares no declarados que se desarmaba cada vez que la repetía. Karina Milei le respondió en X hablando de un «momento difícil e inmerecido». El presidente, que hasta la semana pasada lo defendía con el cuerpo, moderó apenas el tono: «Si la justicia lo encuentra culpable, lo eyecto de una patada.» La oposición celebró sin matices. «Se va porque es un chorro», escribió Kelly Olmos. En el medio quedó Diego Santilli, dirigente del PRO, jurando como nuevo jefe de Gabinete con Mauricio Macri llamándolo por teléfono minutos antes de que entrara a la Quinta de Olivos. Santilli había logrado establecer una buena relación tanto con Karina como con Santiago Caputo; vínculos con todo el sistema. La política de inclusión de la old school en el corazón de un gobierno que reniega de ella es una respuesta inteligente de Milei para intentar construir un nuevo escenario de expectativas mirando al 2027.
Decíamos en la columna de hace quince días que: “Si la economía consolida señales positivas desde su lógica y ningún candidato del establishment crece lo suficiente, la reelección sigue siendo posible, aunque haya que negociar la fórmula, ceder espacios o rediseñar la propuesta. El escándalo Adorni es un problema de imagen, no de programa”.
Lo que sigue a su salida no es calma sino otra batalla, más silenciosa pero igual de feroz. Karina Milei le bajó el pulgar a la sesión que Patricia Bullrich quería convocar en el Senado y avanzó con su propia reunión con los legisladores libertarios, dejando a la jefa del bloque oficialista al margen de su propia conducción. El PRO, mientras tanto, observa desde afuera cómo se reparte un poder que solía negociar de igual a igual. El sociólogo Gabriel Vommaro lo dijo con precisión: Milei se quedó con la base electoral y el programa económico que el PRO construyó durante años, pero todavía no logró transformar eso en una estructura partidaria propia. Lo que queda del macrismo es una marca que negocia su propia disolución a cambio de cargos. En el medio le pone algunas fichas a convencer a parte del círculo rojo que para defender el modelo hay que correr a Milei. Los próximos cuatro meses serán cruciales para ordenar la narrativa de la derecha argentina sin que la sangre llegue al río.
La distancia entre el índice que baja y el plato que ya no se puede pagar es exactamente la distancia entre una economía que mejora en las planillas y otra que empeora en la mesa. La inflación puede bajar y la sensación de fragilidad puede seguir intacta. Eso no es una paradoja: es la lógica del modelo.
El índice que baja y el plato que ya no se puede pagar
La inflación sigue el guión que el gobierno necesita: 2,1% en mayo, la más baja en ocho meses, con proyecciones de perforar el 2% en junio. Un dato real que el presidente va a usar, con razón, como argumento central de cara a 2027. Pero un número que baja no es lo mismo que una vida que mejora. Esta semana un relevamiento lo mostró con una precisión que duele: con el salario mínimo de 367.800 pesos vigente en junio ya no alcanza para cubrir un mes completo de comidas en los puestos de Once, Retiro o Constitución, donde millones de trabajadores comen al paso porque no tienen otra opción. El combo más económico -café con leche, choripán, pebete, pollo grill- cuesta hoy prácticamente lo mismo que todo el salario mínimo. La distancia entre el índice que baja y el plato que ya no se puede pagar es exactamente la distancia entre una economía que mejora en las planillas y otra que empeora en la mesa. La inflación puede bajar y la sensación de fragilidad puede seguir intacta. Eso no es una paradoja: es la lógica del modelo. Las plataformas digitales se apropiaron de funciones que antes correspondían a los Estados: la circulación de la información, la producción de subjetividad, la definición de qué existe y qué no. Lo que hoy se tramita en las redes aplica más amplio: el neoliberalismo no necesita tanques para reconfigurar la manera en que las personas se piensan a sí mismas y piensan a los demás. La incertidumbre permanente como condición de existencia no desaparece cuando el IPC cede algunas décimas. Se instala en el cuerpo, en la dificultad de planificar más allá del mes que viene, en esa forma particular de resignación que no se llama conformismo, pero se le parece bastante. A veces las políticas se modifican a una mayor velocidad que lo que tarda en cambiar la perspectiva con la que miramos las cosas. Adorni se va, Santilli jura, el IPC perfora el 2%, y nada de eso le devuelve a nadie la capacidad de pagarse una milanesa al paso ni la de imaginarse en otro lugar. Y en parte porque la oposición parece más ocupada en alimentar la interna que en proponer un horizonte que exceda la sufrida victoria frente a Cabo Verde.
El comunicado que no nombra a Cecilia Ce
Esta misma semana circuló el comunicado de Nacho Levy, periodista de la Garganta Poderosa, tras ser apartado de la organización por la denuncia de su expareja Cecilia Ce por violencia psicológica. El texto pide perdón, habla de “dinámicas emocionales” trabajadas con “medicación y terapia”, asegura que la violencia “desde adentro no se ve”, y cierra con una frase que merece leerse dos veces: “Es más difícil verlas cuando uno siente que sí hay amor, cuando se vive con desmedida intensidad o cuando el vértigo nos lleva puestos, aunque parezca un vértigo del bien”.
El mismo feminismo que denuncia con razón los estereotipos del amor romántico - la cenicienta esperando al príncipe, la mujer definida por el vínculo con el hombre que la completa o la destruye- termina a veces leyendo los vínculos reales con las mismas coordenadas del cuento.
Cecilia Ce no aparece nombrada en ningún momento del texto. El comunicado habla de Levy, sobre Levy y para Levy. La persona que lo denunció queda reducida a la ocasión que dispara la reflexión del sujeto que la dañó.
Hay una tentación frente a este tipo de situaciones que conviene nombrar, aunque incomode. No es solo la tentación de Levy de convertirse en protagonista de su propia redención. Es también la tentación de cierto feminismo mediático que en general busca resolver estos casos con un binarismo que en el fondo reproduce la misma lógica que dice combatir: buenos y malos, víctimas puras y victimarios sin fisuras, relatos donde la complejidad es sospechosa y la ambigüedad se lee como complicidad. El mismo feminismo que denuncia con razón los estereotipos del amor romántico –la cenicienta esperando al príncipe, la mujer definida por el vínculo con el hombre que la completa o la destruye– termina a veces leyendo los vínculos reales con las mismas coordenadas del cuento.
Las narrativas de buenos y malos son cómodas precisamente porque no dejan lugar para lo que ocurre en lo singular, en lo particular, en ese territorio donde conviven el amor real y el daño real, la violencia y el deseo, la responsabilidad y la historia compartida que ningún comunicado ni ninguna condena pública termina de abarcar.
Eso no significa que no haya responsabilidad. La hay, y es de Levy. Nombrarla con precisión requiere exactamente lo contrario del binarismo: requiere no disolver lo que él hizo en una categoría general de «los varones» ni convertirlo en un caso clínico que lo absuelve de la pregunta política. Esto no es una categoría moral: es una descripción estructural que aplica a Levy pero que también interpela, de diferentes maneras, a quienes leemos su comunicado.
Porque la vida no funciona así. Los vínculos tampoco. Y un feminismo que no pueda sostener esa incomodidad sin resolverla con un titular no está leyendo la realidad que dice querer transformar: está contando otra vez el mismo cuento, con los roles invertidos, pero con la estructura intacta.
Lo que falta no es la bronca
En estos días se cumplió un nuevo aniversario de la huelga general del 27 de junio de 1975, cuando la CGT declaró el primer paro general contra el gobierno de Isabel Perón en repudio al Rodrigazo: la brutal devaluación y el tarifazo que el ministro Celestino Rodrigo había impuesto semanas antes. Lo notable no era solo el programa de ajuste que la motivó. Lo notable era que el sindicalismo peronista, organizado y con capacidad real para paralizar el país, decidió enfrentar a un gobierno que apelaba al mismo signo político porque la lealtad partidaria no alcanzaba para justificar una política económica que estaba devorando los salarios. Lorenzo Miguel, desde la UOM, y Casildo Herreras, desde la CGT, dirigentes de los llamados «ortodoxos», provenientes del mismo movimiento que gobernaba, dijeron basta antes de que sus propias bases se los impusieran. Cincuenta y un años después, el ajuste lo aplica un gobierno sin parentesco ideológico con el peronismo, y el salario mínimo ya no alcanza para cubrir un mes de comida básica.
Lo que falta hoy no es el ajuste. Ese está completo y documentado en cada relevamiento de precios. Lo que falta es una organización con la capacidad de decir que ya fue suficiente.
En 1975 hubo un actor colectivo con poder real para decir basta. Esta semana, entre una derecha que presume devorarse a sí misma pero que probablemente termine otra vez junta cuando llegue la hora de contar los votos, y un salario que ya no compra ni un choripán, ese actor brilla por su ausencia. No porque no haya bronca. Sino porque la bronca sola, sin organización, es solo ruido. Y el ruido, como sabe cualquiera que haya comido al paso en Constitución, no alimenta.
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