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El cuchitril de Carlos Ulanovsky

El legendario periodista y escritor abre las puertas de su espacio sagrado para repensar el oficio en tiempos de inteligencia artificial y precarización. Entre el recuerdo de las viejas redacciones, su amor incondicional por Racing y la resistencia frente al cinismo, reflexiona sobre su trayectoria y el futuro.

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Esta imagen muestra al reconocido periodista y escritor argentino Carlos Ulanovsky.

La tarjeta personal de Carlos Ulanovsky dice: “Hincha de Racing, periodista y escritor”. En ese orden. Y la habitación de su casa que hace las veces de oficina da cuenta de ello: es una especie de santuario, lleno de altares que homenajean al Primer Grande del fútbol argentino y al periodismo nacional en sus vertientes gráfica, radial o televisiva.

Para ser rigurosos, no se trata de una oficina. En la puerta de entrada lo aclara una pequeña placa ovalada, de loza, como esas que indican en la calle la numeración de los edificios, que dice: “Mi cuchitril”, un término lunfardo que, según los diccionarios, se utiliza para describir un lugar muy pequeño, incómodo, desordenado y descuidado, equivalente a pocilga, tugurio o cuartucho. Pero todo eso suena a despectivo y su ambiente de trabajo es algo muy distinto: desborda de objetos y papeles que connotan afecto y sintetizan sus 63 años de trayectoria en los medios de comunicación que trazaron la historia del periodismo argentino.

Las paredes del cuchitril atestiguan ese camino profesional. En ellas los stickers racinguistas conviven con las credenciales de La Opinión, Confirmado, Página/12 y La Maga, entre un montón de otras que permiten recorrer la transformación de una joven promesa del periodismo de los años 60 en una realidad de pedestal y bronce en el siglo XXI. Sin orden lógico alguno, en ese pequeño ambiente también cuelgan las tapas de varios de los 28 libros que escribió y en cada rincón asoma un sinnúmero de objetos que construyeron su carrera y hoy podrían formar parte de un museo de medios, como una máquina de escribir portátil y una radio capilla, entre cientos de cassettes de audio con programas radiales, VHS con emisiones televisivas y CDs llenos de música. En prolijas carpetas de colores reposan archivados sus miles de artículos impresos y en una caja azul, apoyada en un estante de altura, está atesorado su futuro: rotulada con fibrón negro dice, en imprenta mayúscula, “Ideas”.

Sobre una repisa, arriba de la computadora, a Ulanovsky lo vigilan un par de muñecos de trapo, uno con la cara del reciente exdirector técnico académico Gustavo Costas y otro con la de él mismo. Son solo dos de las decenas de regalos amorosos que están en exhibición en ese cuchitril. Detrás de ellos, hay un panel de corcho que tiene pinchados papelitos escritos con máximas profesionales que acuñó el propio Ula, como lo llaman sus colegas. Algunas de ellas hablan de su honestidad intelectual: “Cuando no sepas algo, lo mejor es decir no sé”. Otras dan cuenta del secreto de su vigencia: “Cada día hay que inventarse una ilusión”. Y no falta aquella que en tono zumbón lo reta: “Carlos, dejate de macanas y escribí”.

 

Si tuvieras ahora 18 años, ¿elegirías el periodismo como profesión?

De alguna manera yo había empezado  con el periodismo antes de terminar el secundario, con Orbe, la revista que hacíamos con Rodolfo Terragno mientras estábamos en el colegio. Para mí, más que periodismo, era como un juego, una excusa que me permitía conocer a personajes que me interesaban como Leopoldo Torre Nilsson, Pinky, Dalmiro Sáenz, Augusto Bonardo. Pero si hoy tuviera 18 años, trataría de forzarme un poco más y ver si consigo ingresar a Medicina. Porque fracasé, tres veces me bocharon en el intento. Yo escribía bien, pero era pésimo para las ciencias exactas y para el ingreso a Medicina tenía que rendir física, química, biología y matemática. Decididamente, no era para mí. 

 

¿Qué especialidad de la medicina te hubiera gustado estudiar?

Sería psicoanalista: un médico judío al que la sangre le espanta, como dice el dicho. Después de todo, como periodista me pasé toda la vida preguntando y escuchando, así que podría ser…

 

***

 

Entre las muchas personas a las que Ulanovsky les preguntó y escuchó, aparecen ¿cientos? ¿miles? de artistas de toda especie. Su último libro, Notas musicales de un periodista cultural, es una antología de casi 50 entrevistas a músicos realizadas entre 1967 y 2025. La pluralidad de géneros y estilos que abarca da cuenta de su amplitud y versatilidad: desde Antonio Tormo y Tania hasta Kevin Johansen y Sudor Marika, pasando por Caetano Veloso, Charly García, Mercedes Sosa, Juan D´ Arienzo, Astor Piazzolla, Juan Carlos Pugliese, María Elena Walsh y Pipo Pescador. Por supuesto, no faltan los cantantes hinchas de Racing, como Chico Novarro y Rubén Juárez. La imagen de tapa que eligió la editorial Gourmet Musical para estos tiempos resulta contracultural o, como se diría en Palermo, vintage: muestra a su histórico grabador portátil y a un viejo cassette.

 

¿Cómo te llevás con las nuevas tecnologías en el ejercicio profesional?

Yo subutilizo la computadora y el celular, si los supiera usar mi forma de trabajar sería más fácil. Pero mi manera de ejercer el oficio es la de un analógico nativo. A los que utilizan totalmente las ventajas de la computadora, la digitalización y el celular les facilitó la vida. No es mi caso. 

 

¿La tecnología mejoró el periodismo?

Cuando doy charlas a jóvenes que estudian periodismo, les digo dos cosas: primero, que los compadezco, porque en mi época en cualquier lugar al que iba me atendían, me escuchaban, me hacían pasar. Y si llevaba buenas ideas, muy probablemente me encargaban una nota para hacer. Ahora es mucho más difícil, ¿dónde vas a golpear una puerta para que te atiendan? Pero a la vez les digo que todo es mucho más fácil, ahora no tenés que escribir una nota 14 veces en la máquina de escribir porque te equivocaste, ahora la podés corregir infinitamente en la computadora. En realidad, antes también podías cortar y pegar, pero tenías que hacer pegote, la nota te quedaba armada como un collage. Hoy es más sencillo todo, tenés una duda y la resolvés en un buscador en segundos, antes te demoraba un montón de tiempo yendo a lugares de consulta, haciendo llamados.

 

¿Y qué te genera saber que hoy haya artículos escritos con inteligencia artificial? 

Ya debe haber empresarios que se refriegan las manos y dicen: “Por fin no voy a tener asambleas ni pedidos de aumento”. En Infobae, hay seis chicos trabajando que tienen la obligación de escribir una nota por hora. ¿Y cómo hacen? Apelan a la inteligencia artificial. La IA tarde o temprano se va a apoderar de los medios y va a tener esa infausta tarea de demoler lo poco que queda del periodismo.

 

Pero si el periodismo hace pública información que no se conoce y la IA trabaja con todo material ya publicado en internet, ¿un texto realizado con IA es periodístico?

No como nos enseñaron a nosotros, porque además el periodismo es el ejercicio de la mirada, de la observación, es lo personal que uno puede aportar. Si la observación es débil, la nota no es buena. Jacobo Timerman decía que si había un choque y mandaba a dos cronistas a escribir la crónica, el que tuviera mayor cultura, mayor diversidad de conocimiento, una mirada más profunda, escribiría un mejor artículo. 

Ulanovsky: “La IA tarde o temprano se va a apoderar de los medios y va a tener esa infausta tarea de demoler lo poco que queda del periodismo”.

Ulanovsky ahora sirve mate cocido en dos tazones, uno estampado con el escudo de Racing y otro con la imagen del Loco Chávez y Pampita –célebres personajes de historieta que aparecían en la contratapa de Clarín en las décadas del 70 y 80– festejando la Supercopa que el equipo de Avellaneda obtuvo en diciembre de 2024. El dibujo lo hizo su viejo amigo Horacio Altuna. En el cuchitril, Ula aparece varias veces caricaturizado por compañeros de trabajo. Sobresale el dibujo que Miguel Rep le hizo para ilustrar la tapa de su anteúltimo libro, El periodismo es lindo porque se conoce gente y otras picardías, donde aparecen cuatro Ulanovskys de distintas edades cruzando Abbey Road, como si fuera un beattle. En ese volumen, recopila decenas de anécdotas de colegas que por un lado desmitifican el oficio y, por el otro, reponen lo que era la vida de los periodistas en los medios de comunicación, algo que ya había contado en Redacciones, publicado en 2012 por editorial Sudamericana.

 

La tecnología casi terminó con las redacciones, los periodistas ya casi no las pisan porque muchos hacen teletrabajo. ¿Qué pierde el oficio sin ellas?

La Opinión no salía los lunes y el material del domingo lo preparábamos el viernes. No teníamos obligación de ir el fin de semana, pero el sábado se armaban unas tertulias extraordinarias con mate y facturas que se nos volvían imperdibles. De Clarín, extraño –además del archivo en papel, un lugar en el que pasaba horas– la cantina, donde antes de sentarte a escribir pasabas un buen rato hablando con los compañeros de un montón de cosas que no se hablaban en otro lado y enriquecían muchísimo el laburo y también la vida. De esas conversaciones que se daban en la cantina y en la tertulia, surgían un montón de ideas de notas, de enfoques, de temas, pensabas con otros lo que ibas a hacer. Ahora, por ejemplo, en Página/12 solo tienen obligación de ir los editores. Esas cosas extraordinarias que sucedían en las redacciones nutrían al periodismo y hoy se perdieron.

 

¿Creés en las teorías agoreras que pronostican el fin del periodismo?

Ni el diario en papel desaparecerá, ni la radio, ni la televisión. Siempre habrá un público para eso. Además surgirán cosas nuevas, hace unos años fue el podcast, ahora es el streaming, que después de todo son tipos frente a un micrófono que tienen algo que decir.

 

Algunos opinan que es una forma de hacer televisión barata.

Y sí… porque no salen del estudio. Lo lamentable es que se perdieron los géneros costosos, la investigación periodística, la música en vivo, la ficción. Mirá lo que pasa con los deportes: ¿te imaginás que José María Muñoz no mandara a las canchas a un relator y a un comentarista? Ahora los partidos se transmiten desde los estudios, mirándolos por televisión. Hasta Víctor Hugo se tuvo que acostumbrar a eso porque es caro mandar equipos técnicos y periodísticos a los estadios. Los programas políticos son un periodista editorializando una hora, ni siquiera tienen cortina de sonido. Más aburrido que eso no puede haber.

 

Escribiste exhaustivos libros sobre la historia de la prensa gráfica argentina, de la radio y de la televisión. ¿Escribirías uno sobre el streaming?

Todavía no tiene una gran historia, pero eso lo tiene que escribir gente que está más actualizada con el mundo digital. A mí me costaría mucho.

Esta imagen muestra a Enrique Wolff, exjugador de fútbol profesional y reconocido periodista deportivo argentino.
(crédito de las fotos: Inés Ulanovsky)

Suena el celular de Ulanovsky. Lo llaman de una radio para realizarle una entrevista. Se disculpa mientras la concede. Menciona su último libro, despunta anécdotas que vivió con aquellos músicos entrevistados y, de repente, habla sobre su propio desempeño. Primero confiesa que en la sucesión de reportajes que recopila, advierte un cambio en su rol a medida que iban pasando los años. “Con el tiempo aprendí que no era yo el importante en esas charlas, que no era yo el que tenía que brillar, sino el entrevistado, para eso lo iba a buscar. También me di cuenta que hay que ir sin prejuicios a las entrevistas, para dejarse sorprender”, dice. Después desnuda su método: “Yo me preparo, estudio, busco, leo para saber qué preguntar. No improviso. Me parece tristísimo cuando un periodista te llama y te dice: ´Contame de qué trata tu libro´. Es una manera de reconocer que no lo leyó. Lo mismo vale para una obra de teatro, una película o lo que sea. Pero no los condeno, los entiendo. Si hoy tienen que tener tres o cuatro trabajos para poder vivir, ¿cuándo van a leer?”. 

 

Alguna vez contaste que mientras trabajabas en Confirmado Timerman te pidió que miraras televisión y escucharas radio para escribir reseñas como hacías cuando ibas al teatro o al cine; y que como vos le dijiste que no tenías televisor, él te compró uno. Hoy eso sería impensable, a los periodistas no les pagan ni los viáticos y la mayoría gana por debajo de la línea de pobreza. 

Por eso muchos eligieron otras colectoras. Por ejemplo la de la corrupción o la de llevar sus propios auspiciantes a la radio y la televisión. Yo hace poco recorrí cuatro radios en busca de trabajo y todas me decían lo mismo: te damos el espacio pero traé tus anunciantes. Ese término tan horrible, ensobrado…, no es nuevo y siempre hubo gente que se resistió y gente que sucumbió a esa posibilidad. Ahora se nota dramáticamente, en especial del lado de la derecha, porque a la izquierda quién le va a poner plata. Hay algo que cambió mucho: en el año 1969 me fui de Confirmado a Panorama porque me pagaban muchísimo más. Estuve seis meses y me llama un tipo para entrar como redactor a Walter Thompson, una agencia de publicidad. Me ofrecía ganar cinco veces más y me fui para allá. A los seis meses a un grupo protoguerrillero se le ocurrió incendiar los doce supermercados Minimax de la ciudad justo cuando llega al país su dueño, Rockefeller, que además era cliente de la agencia. La CGT decretó un paro general y a los siete que adherimos nos echaron. Yo necesitaba laburar, lo fui a ver a Bernardo Neustadt, que dirigía Extra. Me preguntó cuánto necesitaba, le contesté cien mil pesos. Al instante, me firmó un cheque y me dijo: “Me lo devolvés con artículos”. En ese momento, con cuatro notas vivías todo el mes, hoy es impensable.

 

Formaste parte del primer plantel docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y fundaste TEA, una de las escuelas de periodistas más prestigiosas. ¿Qué pasa con tu vocación docente cuando ves a un periodista en el horario central televisivo que interrumpe una entrevista que le está haciendo al presidente para que pueda acomodar sus respuestas con el fin de no complicarse judicialmente en la investigación de un acto de corrupción?

Me da asco, pero a la vez me río mucho para no sufrir. 

 

¿Y qué le dirías a un alumno tuyo ante esta situación?

A los chicos les diría que busquen un lugar donde los quieran, donde los respeten, donde puedan hacerse respetar y donde sean mínimamente felices con lo que eligieron. Creo que lo que deberíamos hacer quienes todavía creemos en el periodismo es luchar contra el cinismo y preguntarnos qué podemos hacer.

 

¿Y qué podemos hacer?

Falta una reescritura del oficio, porque se interpusieron muchísimas cosas, se inventaron otras tantas y hubo una progresiva deformación del periodismo. No se trata solo de la lucha en ver cómo cerramos la paritaria, que es necesaria, pero la lucha consiste también en mejorar las condiciones de trabajo, en que se contemplen los cambios profesionales, que haya sillas para todos, en que te la cambien si se rompe.

 

Alguna vez te escuché decir que valorabas la calidad de las empresas en que trabajabas de acuerdo al estado de sus baños.

En 1985, en Clarín hubo dos asambleas para discutir las condiciones de trabajo y yo, que siempre tuve el colon irritable, dije eso: uno tiene que valorar la empresa en la que trabaja de acuerdo al baño que le ofrece. En ese momento, en Clarín había letrinas. No solo eso, en invierno la redacción tenía temperaturas de geriátrico y en verano de cámara frigorífica. Tengo que decir que después se pusieron las pilas y desaparecieron las letrinas. Pero pasó el tiempo, la precarización avanzó y reformulé aquel dicho: ahora valoro la empresa en que trabajo de acuerdo al día del mes en que me paga. 

Ulanovsky: Ese término tan horrible, ensobrado…, no es nuevo y siempre hubo gente que se resistió y gente que sucumbió a esa posibilidad. Ahora se nota dramáticamente, en especial del lado de la derecha, porque a la izquierda quién le va a poner plata.

Fuera del santuario –casi como una metáfora del exilio– reluce una artesanía mexicana que Ulanovsky compró en una calle del Distrito Federal. Es un florón de una planta de maíz realizado en cerámica que dice “Seamos felices mientras estamos aquí”, frase que le dio título al libro en el que relata la experiencia de los 2.215 días que vivió en México durante los años de la dictadura militar. Ula pasó por dos exilios, el primero –amenazado por la Triple A por sus notas en Satiricón– fue interno y duró poquísimo. Se mudó a Carlos Casares, en la provincia de Buenos Aires, junto a su colega Mario Mactas, cuya familia tenía campos en esa localidad. Pensaban que en esas tierras rurales pasarían inadvertidos y nadie los descubriría. Una vez ahí, decidieron ir a ver el partido de fútbol que el domingo jugaban Moctezuma contra Deportivo Smith. La pasaron bien y se distendieron. Pero al otro día la tensión volvió súbitamente: un reportero gráfico los había reconocido y aparecieron, con foto y todo, en la tapa del diario local. La noticia, con orgullo pueblerino, daba cuenta de la presencia de dos notables periodistas porteños en el clásico futbolístico local.

El exilio mexicano fue mucho más largo y duro. Sin embargo, sus recuerdos de aquellos tiempos suenan dulces y amables. Cumpliendo con el mandato de la artesanía, logró ser feliz. En el país azteca se enamoró del picante y pudo mantener sus pasiones argentinas: rápidamente comenzó a trabajar de periodista y obviamente se las ingeniaba para seguir siendo fiel a Racing a pesar de la distancia: los domingos –por entonces todos los partidos se jugaban los domingos– recorría las agencias internacionales de noticias junto al filósofo Nicolás Casullo y a los periodistas Jorge Bernetti y Pepe Eliaschev –todos académicos exiliados– en busca de los cables que llegaban con la información de los resultados del fútbol argentino.

De vuelta en la Argentina, con la democracia, Ulanovsky se reasoció a Racing. Cada vez que juega de local, va a la cancha, mira el partido desde una platea alta, detrás del arco y en el entretiempo, a modo de cábala, come un turrón. Cuando cumplió 80 años el club le hizo un regalo: lo invitó a ser la voz del estadio en un partido que la Academia jugó con Boca. “Estos son los titulares que esta tarde vestirán el manto sagrado”, anunció a las 50.000 personas presentes. Para ese mismo cumpleaños los homenajes se multiplicaron. El Senado de la Nación le otorgó la mención Domingo Faustino Sarmiento –la más importante que entrega– debido a sus aportes a los medios de comunicación. Y el ambiente periodístico también le hizo una ofrenda: editado por Humprey Inzillo y Martín Gimenez, se publicó Querido Ula, un libro que recopila 80 cartas escritas por sus colegas especialmente para esa ocasión.

 

Una vez escuché a Jorge Lanata definir una redacción como un lugar en el que hay una interna en cada baldosa, ¿cómo lograste ser quizá el tipo más querido en un ambiente que  muchas veces es hostil?

Me halaga mucho que eso suceda. Creo que tuve algunas condiciones personales para llegar a eso. Me parece que soy una persona generosa, cada vez que pude di trabajo, y también muchas veces supe decir que no. Eso te da la condición de persona seria. Por otro lado, cada vez que leo, veo o escucho algo que me gusta, llamo a la persona que lo hizo y se lo digo. No me cuesta nada, me gratifica a mí y al autor. 

 

***

 

Otra vez suena el celular. Ahora llama la productora de Dos dinosaurios vivos, el programa radial que Ulanovsky conduce todos los sábados a la mañana junto a Hugo Paredero por Radio Provincia. “Fijate si encontrás ruidos de agua: una canilla abierta, la descarga de un inodoro, alguien haciendo gárgaras”, le pide. Cuando corta explica: “Es que en el próximo programa, cuando vayamos a la tanda, vamos a decir que hay pausa de hidratación y vamos a poner esos sonidos”.

 

¿Cuál es el secreto para que un dinosaurio siga vivo?

Esto es interesante y triste, pero es la verdad. 

 

Carlos hace una pausa porque de repente se le quiebra la voz. No intenta disimularlo. Lagrimea. Saca Carilinas de su bolsillo para secarse los ojos. Respira hondo, se muerde los labios, toma fuerza y continúa:

– En el verano de 2025 me puse a ordenar mis papeles. Ahora tengo siete cajas, pero tenía 30… por suerte pude tirar un montón de cosas. Cuando vi mis carpetas con mis notas me dije: “Loco, ya escribiste todo, dejá de escribir”. Curiosamente, en ese momento me dio un infarto, me pusieron mi primer stent (ahora tengo tres). Empecé a pensar en dejar de trabajar y ahora estoy pensando en seguir hasta fines del 2027. Para entonces ya tendré 84 años, una edad considerable para decir “ya está” y observar todo sin la angustia de tener que cerrar a tiempo una nota o de tener que armar un programa de radio para cada semana. Además, te digo otra cosa, me cuesta mucho encontrar temas. Escribo una contratapa de Tiempo Argentino por mes y cuando  me llama mi editor, Ricardo Gotta, muchas veces no se me ocurre nada. Estoy desmotivado, abrumado, me perturba muchísimo este muchacho que tenemos de presidente. Digo, por ahí escribo algo y me escrachan, para qué pasar por eso. Pienso en mis nietos, qué país de mierda les espera, pienso en mis hijas que no se van a poder jubilar…

 

Carlos, no me digas que te vas a retirar. Me arruinás la última pregunta. Quería saber si no pensabas hacer un programa de radio, televisión o streaming sobre Racing.

Un programa no, pero por qué no escribimos un libro.

 

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