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Picada cultural: los cuatro pasos de Kartun
El flamante libro “Crear” propone un mapa para la cocina dramática de Mauricio Kartun. También repasamos tres novedades con sello rosarino entre relatos e historias que cruzan fronteras. Y un par de recomendaciones teatrales.
- agosto 15, 2026
- Lectura: 6 minutos
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- agosto 15, 2026
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Mauricio Kartun acaba de publicar Crear, una verdadera delicatessen —como decía mi abuela— de la hermosa Colección Íntima de Ediciones Godot. Se trata de una edición cuidada, linda, pero sin estridencias, que no anda a los gritos por la calle. Un tesoro para compartir con amigos más que un trofeo para andar alardeando ante los demás.
Allí, Kartun explica —o, mejor dicho, dice y cuenta— la trastienda de su oficio de dramaturgo. La cocina, los pormenores y el fuego de su trabajo a partir de un método de cuatro pasos que se lee como un mapa para la imaginación literaria.
Todo empieza con la semilla. Kartun prefiere la imagen a la escaleta; partir de un núcleo fértil para expandirlo y jamás al revés. Nunca arrancar con una estructura prefijada que limite o cancele la vitalidad de los personajes y sus relaciones. “No idear obras, sino obrar ideas”, resume con ese filo verbal que lo caracteriza.
A la semilla le sigue el acopio, la fase que el autor confiesa disfrutar más. Es el territorio donde se reactiva la capacidad de dejarse sorprender por el mundo y donde se pone en juego el oído absoluto que tiene Kartun para la lengua popular: esa destreza para capturar palabras que circulan por las calles y que todavía no están presas de la institucionalidad, o para rescatar arcaísmos devolviéndoles su vitalidad o dándoles una nueva potencia. De ahí brotan las frases y modismos que laten en sus obras, porque en su teatro la palabra es la que pinta, da forma y marca el tono.
Este acopio es también el arte de vagar por las calles –y por los papeles– sin rumbo fijo, de paladear el paisaje urbano con la mirada atenta a los cambios, a las persistencias y a los pliegues espacio-temporales que pueblan nuestra cotidianidad. Cada caminata y cada lectura son el momento de salir a pescar imágenes: observar, escuchar y recuperar la vida contemplativa, ese arte olvidado de estar en contacto directo con lo que nos rodea. Hay en Kartun un oficio de la recuperación: darles nueva vida a los desechos frente al imperio de lo efímero y lo uniforme que imponen nuestras sociedades de consumo, encontrando la vitalidad y la potencia justa en lo descartado.
Luego salta a la cancha la escritura, alimentada de lleno por ese acopio previo. Si en la etapa anterior operaba como una suerte de recuperador urbano, acá se transforma en un escultor. Hay que dejar fluir la palabra, permitir que la mano queme y se exprese, que escriba como un número diez de los de antes, suelto y sin la obligación de bajar a defender. Al menos en estos minutos del partido, claro. “La escritura es búsqueda”, sostiene. No se trata de saber con exactitud lo que se quiere de antemano, sino de encontrarlo en el calor de la propia redacción.
Por último llega el pulido, el tallado obsesivo de las formas. Es el momento de meterse en el cuerpo de los personajes y encarar la etapa más intensa de la corrección. Ejercer la autovigilancia. Evitar la autocondescendencia. Una y otra vez, hasta acumular ocho borradores y archivos de Word bautizados con desesperación: VERSIÓN FINAL, ÚLTIMA VERSIÓN, ESTA SÍ, HASTA ACÁ LLEGAMOS.
A partir de ahí, la obra queda sellada, cerrada y bloqueada a cualquier modificación, porque, como bien se sabe: “Kartun se deja tocar cualquier cosa menos una coma”.
En definitiva, Crear revela un método que excede con creces la dramaturgia. Podría servir como guía para la escritura general o para cualquier tipo de investigación, demostrando que la rigurosidad no es patrimonio exclusivo de la ciencia. El arte y la construcción de la belleza no son simples raptos de inspiración —aunque esta se presente en la semilla inicial. Requieren obsesión, perseverancia y muchas horas, días y meses de trabajo, de “estar en dedo”, entrenado para captar y volcar esas partes del aire en el papel. Escribir aunque no se llegue al final, porque “el trabajo del escritor es escribir, no terminar obras”, nos aconseja. O se dice a sí mismo. Al fin y al cabo, “toda creación artística es una apuesta”, sentencia este verdadero experto en el arte del escolaso cultural.
Ahora que ya anduvimos por la cocina, pasemos a la sala. Si quieren ver obras de Kartun, actualmente están en cartel Salvajada (en el Teatro Astros), La suerte de la fea (Timbre 4) y La Madonnita (Sala Ítaca).
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Desde Baltasara Editora, oriunda de Rosario, nos llegaron tres novedades. En Para estar acá, el psicoanalista y escritor Sebastián Politi reúne cuatro relatos de ficción contemporánea sobre el desarraigo, las crisis existenciales y los dilemas familiares. A través de viajes por Viena, Fez, Positano y Oporto, sus personajes enfrentan tensiones entre la voluntad individual y el destino. Con una prosa austera e íntima, el autor aborda el desplazamiento físico como metáfora interior para indagar en la imposibilidad de desprenderse de la propia identidad.
La novela Cognac, de María Bohtlingk, trata sobre la historia de una mujer de 50 años que decide recomenzar su vida y se traslada junto a su familia desde Buenos Aires a Bordeaux. Experta en vinos, es contratada para administrar una destilería de cognac. “La escritura de María Bohtlingk parece haberse impregnado del licor sobre el que giró su vida, y que tan generosamente comparte en una historia que trasciende fronteras”, señala Juana Libedinsky.
De la misma autora, Tres fuegos reúne un conjunto de relatos que comparten a una misma protagonista: un ángel terrenal que cruza la niñez volando para luego caminar el terreno de la maternidad, el trabajo y las mudanzas. Elevándose y estrellándose una y otra vez, termina reencontrando el vértigo en la ficción, “ese escondite donde desde la más temprana infancia aprendemos a guardar todo lo que necesitamos preservar de la destrucción”, anticipa Carlos Gamerro en la contratapa.
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Es momento de volver a recomendar la nueva temporada de Idénticos, el emblemático ciclo de monólogos de Teatro x la Identidad. Se presenta todos los lunes de agosto, a las 20h, en el ND Ateneo (Paraguay 918, CABA). Con la coordinación dramatúrgica de, púfate, Mauricio Kartun –omnipresente en estas picadas– y la dirección general de Daniel Veronese, el ciclo es una herramienta clave para hacer memoria y visibilizar la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo.
Esta edición cuenta con un elenco de lujo compuesto por Muriel Santa Ana, Guillermo Pfening, Malena Guinzburg y el siempre descomunal Osqui Guzmán, entre otros artistas. Para la función de este lunes 17 se destacan la presentación musical de Rita Cortese y Aldo Vallejos. Aprovechen que es gratis. Y es bueno.
También vale la pena poner en el radar el regreso de Una sombra voraz a la Sala Dumont 4040. Pocas obras mejores van a encontrar en el circuito porteño que esta pieza del Grupo Marea, escrita y dirigida por Mariano Pensotti, y potenciada por las actuaciones de Diego Velázquez y Patricio Aramburu. Pero ya tiene todas sus funciones de agosto agotadas. Así que estén atentos y vayan reservando las entradas para septiembre antes de que vuelen. O trepen la cima de alguna montaña.
Hasta aquí llegamos por hoy, nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este redactor.
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