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“El Hombre Casa” y la gambeta inmortal

Ídolo de Huracán y campeón del mundo en 1978, el René “El Loco” Houseman encarnó la esencia pura del potrero. Una mezcla única entre Maradona y Garrincha que rechazó el éxito europeo para no marcharse de la villa de Bajo Belgrano, su lugar en el mundo.

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Esta imagen muestra al histórico puntero argentino René Houseman dominando el balón con habilidad durante un encuentro con la camiseta de la selección nacional.

“Y chupe, chupe, chupe, no deje de chupar. El ‘Loco’ es el más grande del fútbol nacional”, le cantaban los hinchas en los estadios a René Orlando Houseman, uno de los jugadores más queridos por todos los hinchas del fútbol argentino (de otra época ¿no?).

Houseman o el “Hombre Casa” nació un 19 de julio en La Banda, provincia de Santiago Del Estero, y al poco tiempo se vino a vivir con su familia a la villa del Bajo Belgrano, barrio de donde nunca se fue. Su talento lo llevó a ser ídolo de Huracán, jugar en la selección argentina, ser campeón del mundo y consagrarse como un personaje único, con una gambeta inigualable.

Cuenta la leyenda que se escapaba muy seguido de las concentraciones. Un día Cesar Luis Menotti, que era su técnico en Huracán, detectó su ausencia y enojado lo fue a buscar. Sabía casi exactamente donde lo podía encontrar.

Fue a una canchita en la villa del Bajo Belgrano. Era sábado a la tarde. Dicen que un pibe le dijo: “¡Usted es Menotti, allá en la villa está jugando Houseman!” El Flaco caminó hasta el asentamiento siguiendo las indicaciones y se arrimó al borde del terreno de juego polvoriento y sin redes. 

Al llegar, encontró a Houseman sentado en el banco de suplentes sin botines y con una camisa.  Cuando el DT le preguntó indignado qué hacía ahí en lugar de estar en la concentración, Houseman le señaló la cancha y le respondió con total naturalidad: “¿Qué quiere que haga, César? ¡Si el puntero derecho que está jugando es un fenómeno!”.

El “Hombre Casa” jugó de chico en Excursionistas, club del que siempre fue hincha, pero dicen que por falta de oportunidades se cruzó y fue a jugar a Defensores de Belgrano, el clásico rival. Ahí sí debutó en Primera C en 1971.

Entonces empezó a mostrar todo su talento y lo compró Huracán, donde brilló en el Metropolitano 1973, para ser campeón e ídolo. Con la camiseta del Globo jugó 277 partidos y marcó 109 goles. También fue subcampeón en 1975 y 1976 y llegó a la semifinal de la Copa Libertadores 1974.

En ese 1973 se topó con Menotti. El “Flaco” acababa de asumir en Huracán y tuvo una idea revolucionaria que hizo temblar al país: presión alta, juego corto y libertad absoluta. Para llevarla a cabo se fijó en ese extremo de apellido anglófono que venía de hacer 16 goles en con Defensores de Belgrano en su estreno profesional. Lo vio. En su debut con el “Globito”, Houseman recibió una diagonal de Carlos Babington. Controló con el pecho en el aire, volea de zurda cruzada y gol. 

Un gesto imposible que descorchó un año loco en el que el equipo quemero, inspirado por su extremo, hizo soñar a todo el mundo. Huracán marcó 46 goles en sus 16 primeros partidos. Nunca visto. El efecto Houseman fue tal que hasta Roberto Fontanarrosa le escribió una oda.

El “Globo” fue el ecosistema ideal para que el “Hombre casa” pudiera expresarse. La libertad absoluta fue el único mandamiento y René lo aprovechó: “Fumaba antes de los partidos y en el descanso. Menotti no me decía nada. Y fumaba Gitanes, el cigarrillo más asesino que pueda existir”.

Al año siguiente, su gambeta indescifrable, velocidad por la punta derecha y gol hizo que lo convocaran a la selección para el Mundial de Alemania 1974, donde le metió goles a Italia, la Alemania Democrática y Haití.

El verbo frenar nunca formó parte de su vocabulario. La leyenda de Houseman es la del tipo que corrió rápido por encima de todas las líneas de la cancha y, sobre todo, las de la vida. Su historia fue la de un wing, uno de los más genuinos de todos los tiempos. “Una especie de mezcla entre Maradona y Garrincha”, llegó a decir Menotti.

Su gran relación con Cesar Luis Menottti, y su talento incomparable lo llevó a ser convocado también para el Mundial de Argentina 1978, donde le hizo un gol a Perú, en el recordado 6 a 0, además de dejar tanto él como el “Negro” Ortiz unos surcos imborrables en las canchas de River y Rosario Central producto de sus gambetas, por más que después cambiaron mil veces el pasto.

Una vez le dijo una vez a la revista El Gráfico que en el Mundial 78 no quedó conforme con su actuación: “Sentí que había defraudado a la gente. No jugué como esperaban. El problema es que estaba demasiado entrenado. (Ricardo) Pizzarotti nos mataba. Pensaba que si entrenábamos más íbamos a rendir mejor. Y era al revés. Por lo menos conmigo”.

Hizo la primaria en el colegio Mariscal Sucre, después de pasar por varios establecimientos educativos. Después fue a trabajar. Su primera experiencia fue en la carnicería del barrio, llamada “El Triunfo”, que era de un hincha de Huracán, pero después se pasó a una verdulería. 

Cuando terminaba el laburo se iba a jugar al fútbol con un equipo denominado “Los Intocables”, en una cancha ubicada en una esquina del barrio. Recibió el apodo de “villero”, que nunca rechazó, sino que portó con orgullo. “En la villa hacía lo que quería, era el mejor lugar del mundo para mí. Era la libertad absoluta. Todo el día estaba afuera jugando a fútbol, para volver por la noche a dormir y a veces ni siquiera me bañaba”, reconoció.

Con su esposa Olga tuvo dos hijos, Diego y Jessica, y en noviembre de 1973 empezaron a convivir en un departamento que Huracán le había comprado en un intento por alejarlo de la villa, pero el “Hombre Casa” siempre regresaba a su barrio. Nunca pudo ni quiso adaptarse a otro lugar y regresó a su barrio, para vivir con su gente.

El verbo frenar nunca formó parte de su vocabulario. La leyenda de Houseman es la del tipo que corrió rápido por encima de todas las líneas de la cancha y, sobre todo, las de la vida. Su historia fue la de un wing, uno de los más genuinos de todos los tiempos. “Una especie de mezcla entre Maradona y Garrincha”, llegó a decir Menotti.

Espontáneo, libre, loco. Houseman jugaba como era. Medias bajas, pegado a la línea, donde la falta de espacio agudizaba el espíritu de supervivencia. Perforaba las defensas con dulzura, divirtiéndose. Cambios de ritmo y gestos simples. Gambeta corta, con tacto y pelota al pie.

Héroe de miles de partidos de potrero a veces por guita, gambeteaba a la vida misma. Le pegaba con las dos piernas, pero dentro de la cancha “jamás me burlaba de nadie. Eso sí, si alguien me venía a buscar me encontraba”.

Después de tantos años en Huracán pasó por River, donde también desparramó fútbol y anécdotas, pero no duró mucho tiempo. Se fue al Colo Colo, y se pegó una vuelta insólita por el AmaZulu de Sudáfrica, pero volvió rápido a la Argentina. A Huracán e Independiente, para terminar su carrera donde empezó: Excursionistas.

Tuvo ofertas para ir a jugar a Brasil y a Europa, pero Houseman no tuvo ninguna intención de dejar Belgrano: “¿Por qué iba a marcharme de Buenos Aires, la ciudad más bonita del mundo?”.

Tuvo una relación que trazó diagonales con el alcohol. Pudo haber jugado mucho más tiempo y quizás ser mejor aún, pero se fue “tocado” físicamente antes que los demás. A todos nos toca vivir con una adicción, ¿no?

Se fue del barrio del Bajo Belgrano muy joven. Un 22 de marzo de 2018 a los 64 años. Lo velaron en el estadio de Huracán y también fue despedido por los hinchas en la cancha de Excursionistas, antes de ser sepultado en el cementerio de la Chacarita.

Su compañero en Huracán y en la selección Osvaldo Ardiles dijo: “No se tomaba nada en serio. Ni el fútbol, ni a sus compañeros, ni a él mismo. Y eso no era obstáculo para que al final de cada partido siempre acabase siendo el mejor”. Casi demasiado bonito para ser cierto. Y sin embargo, fue cierto.

 

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