Más cerca de Latinoamérica que de Irlanda
El nuevo ideal de las élites: cómo las clases dominantes dinamitan el histórico Estado de bienestar argentino —aquel que supo garantizar salud, educación y movilidad ascendente— para perseguir el horizonte de un país de baja carga impositiva, informalidad estructural y exclusión social, similar a Perú o Paraguay.
- junio 30, 2026
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Desde su constitución como país soberano, una vez sepultado el sueño de la patria grande y zanjadas las disputas entre unitarios y federales, las élites argentinas creyeron darle forma a un país distinto al resto de América Latina. Su mirada porteño céntrica impuso el mito del país que nacía desde el puerto, a partir de la migración europea, con poco lastre indígena y afroamericano, salvo ese mestizo rebelde, luego domesticado, que era el gaucho. La Argentina blanca y civilizada se pensó primero granero del mundo, para después entrar en la carrera por el desarrollo industrial. Un país con ciencia y tecnología propias, con universidades prestigiosas internacionalmente, con un Estado de bienestar que ofrecía educación, salud y seguridad con estándares parecidos a los del primer mundo, y una extensa clase media, orgullo y distinción de la movilidad social ascendente. Ahora, en cambio, las nuevas élites tienen como modelo a Perú y Paraguay.
Desde 1990, cuando Naciones Unidas comenzó a medir el Índice de Desarrollo Humano (IDH), Argentina está entre los países con un nivel “muy alto”, fruto de ese siglo XX de industria nacional y Estado distributivo. Actualmente ocupa el puesto 48, pero supo estar 42, las distintas crisis y estancamientos las fueron relegando. Tanto Perú como Paraguay están en un grupo más abajo, el de nivel “alto”. Perú está en el puesto 87, ha descendido 2 lugares en los últimos años. Paraguay en el 102, tras ir retrocediendo 6 lugares. El IDH no se mide solamente con variables económicas, como el crecimiento del PBI o PBI per cápita, el aumento de las exportaciones o el equilibrio fiscal. Es el resultado de una serie de indicadores organizados en tres dimensiones: salud, poder vivir una vida larga y saludable; educación, la posibilidad de apropiarse de conocimientos que le permitan a las personas construir su proyecto de vida; y bienestar económico, alcanzar un nivel de vida decente con derechos sociales, ambientales, culturales y políticos.
La esperanza de vida al nacer en Argentina es de 76 años, mientras que en Perú y Paraguay es de 73 y 70 respectivamente. Para un indicador más fino sobre cómo funciona el sistema de salud suele considerarse la tasa de mortalidad materno infantil. En Paraguay se calcula el fallecimiento de 77 madres por cada 100.000 partos, en Perú 52. En Argentina baja a 44. En tanto que los fallecimientos de bebés son 19 por cada 1.000 nacidos vivos, en Paraguay; 17 en Perú. En nuestro país es de 8,5, un indicador que ha empeorado en el último año por la precarización económica y la pérdida de calidad de la atención sanitaria.
Argentina tiene un promedio de 11,1 años de escolaridad, más alto que los 10 de Perú y los 8,9 de Paraguay. Sin embargo, en términos de calidad educativa, las últimas pruebas PISA colocan a Perú en el puesto 59, Argentina en el 66 y Paraguay en el 80, sobre un total de 81 países evaluados en Matemática. Tras un repunte de rendimiento en 2008, la calidad educativa en nuestro país ha mantenido una tendencia descendente.
Argentina tiene un promedio de 11,1 años de escolaridad, más alto que los 10 de Perú y los 8,9 de Paraguay. Sin embargo, en términos de calidad educativa, las últimas pruebas PISA colocan a Perú en el puesto 59, Argentina en el 66 y Paraguay en el 80, sobre un total de 81 países evaluados en Matemática. Tras un repunte de rendimiento en 2008, la calidad educativa en nuestro país ha mantenido una tendencia descendente.
Si alguna vez Argentina se consideró el país más igualitario de América Latina, eso ya quedó en el pasado. El coeficiente de Gini no desentona con los de Perú y Paraguay, aunque claramente este último tiene más puntos que los demás. Aún así, según el IDH ajustado por desigualdad, Argentina no bajaría de su puesto 48, mientras que los otros dos países retrocederían 7 y 8 puestos respectivamente.
Lo que atrae de Perú y Paraguay a ciertos sectores de la élite es la baja presión impositiva, del orden del 15% del PBI, producto de un Estado que deja a la economía crecer en la informalidad. En Argentina es del 28%, por debajo de los 38 países más desarrollados que conforman la OCDE que promedian una presión tributaria del 34%. La informalidad laboral trepó al 44%, pero todavía está lejos del 70% de Perú y del 60% de Paraguay. El aumento de la informalidad, la evasión y la baja impositiva a los sectores más adinerados desfinancian el Estado, impactan en los servicios que presta, y disminuye la posibilidad de ofrecer mayores oportunidades a los que menos tienen.
La mayor formalidad y una carga impositiva progresiva permitieron históricamente al Estado argentino ofrecer los servicios de salud, educación, seguridad e infraestructura moderna, además de fomentar la producción industrial, la ciencia y la tecnología, todos elementos que enorgullecían, al punto de la pedantería, a nuestra enorme clase media y a nuestra élite.
Por cierto, Irlanda está séptima en el IDH con una presión tributaria que promedia el 22%, pero que puede llegar al 40% para las personas físicas de ingresos más altos.
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