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Picada cultural: que nadie nos quite la capacidad de inventar
¿Qué ocurre cuando la realidad se frena en seco y nada parece alcanzar para explicar lo que sucede? A partir de una premiada novela de Manuel Crespo, desandamos el hilo que une el asombro cotidiano con el desencanto crepuscular de Julio Verne y el cine de Patricio Guzmán. Una invitación a recuperar la mirada crítica y volver a respirar el oxígeno de la imaginación.
- septiembre 19, 2026
- Lectura: 6 minutos
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- septiembre 19, 2026
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Ganar el Premio Hebe Uhart de Novela 2025 no es poca cosa. En apenas un puñado de ediciones, este certamen se ha consolidado como uno de los más prestigiosos del país. La obra En el cielo un hombre, seleccionada con el primer premio entre más de trescientas treinta postulaciones (fueron 331 para ser más precisos), contó con el aval de un jurado integrado por Carla Maliandi, Osvaldo Baigorria y Leo Oyola.
Su autor, Manuel Crespo, viene hilvanando una trayectoria de galardones: en 2010 publicó Los hijos únicos (ganadora del Concurso Nacional Laura Palmer no ha muerto), más tarde el libro de cuentos Fosfato (premiado por el Fondo Nacional de las Artes) y, el año pasado, su segunda novela, Un vidrio.
El punto de partida de En el cielo un hombre es casi periodístico: está marcado por la irrupción de un acontecimiento inédito. Un hombre cae desde un rascacielos. O se arroja. Porque, en realidad, no cae. O lo hace de un modo casi imperceptible. Porque queda suspendido en el aire. Como escribe Crespo: “El hombre se quitó los zapatos, trepó la baranda y se dejó caer. El edificio era el más alto de la ciudad: cincuenta y seis pisos. El salto se detuvo en el piso cuarenta y dos. Todavía era de noche, estaba muy oscuro. Recién al amanecer, cuando los primeros oficinistas llegaron a sus escritorios, la ciudad se enteró del hombre suspendido a ciento veinte metros del suelo”.
A partir de esta premisa, la narración despliega un mundo propio en el que se va alterando el territorio conocido. Y sorprende con saltos exponenciales, capítulo a capítulo, en el plano temporal. Lejos de acudir a platos voladores, extraterrestres, zombies o criaturas fantásticas, la novela opera como lo hace la mejor literatura de ciencia ficción: introduce una anomalía en lo cotidiano para generar una grieta en lo real. Actúa como un gran angular que expone aquello que hemos invisibilizado a fuerza de naturalización y costumbre.
Se trata de una novela conjetural. Frente a la incógnita que plantea ese hombre en las alturas, la sociedad moviliza sus saberes y técnicas: el periodismo, la ciencia, el comercio, la religión, la política, el deporte y la arquitectura intentan explicar (o explotar) el fenómeno. Sin embargo, mientras todos actúan en función de ese cuerpo (casi) inmóvil, es esa misma figura la que devuelve la mirada hacia nuestra propia existencia.
En esta tensión constante entre lo humano, la urbano, la naturaleza y el intento de dominar el entorno mediante la tecnología, Manuel Crespo construye un artefacto diseñado para interrogarnos sobre lo que somos y lo que hacemos quienes habitamos este mundo.
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Cuando la idea del progreso imperaba en Europa, la obra de un escritor se convertía en el gran símbolo de ese mundo optimista y lleno de certezas: Julio Verne. Sin embargo, en sus últimos textos, mucho menos conocidos que sus clásicos de literatura fantástica, dejó entrever una mirada desencantada sobre el destino de la humanidad.
El mundo tal como lo conocemos (¿o lo conocimos?) se había puesto en funcionamiento y se veía empujado hacía metas jamás soñadas. En enero de 1863, Julio Verne, que había nacido en Nantes 35 años antes, firmó un contrato con el editor Hetzel en el que se comprometía a entregar tres novelas al año. La colección se tituló “Viajes extraordinarios”. Poco tiempo después, se publicó la primera de las obras: Cinco semanas en globo.
La literatura de Verne se constituyó en un catálogo prolífico de la capacidad científica y tecnológica del ser humano. Primaba la idea de inminencia. Todo podía suceder, aquí y ahora. Todo podía hacer ese hombre, que salía a la caza de lo que le rodeaba, saltando tiempos y lugares. El doctor Otto Linderbrock, personaje central de Viaje al centro de la tierra, proclamaba: “¡El aire, el fuego y el agua aúnan sus esfuerzos para oponerse a mi paso! ¡Pues bien, ya se verá lo que puede mi voluntad! ¡No cederé, no retrocederé, no retrocederé ni un paso y veremos quién puede más, si el hombre o la naturaleza!”.
Las novelas de Verne se multiplicaron con la misma rapidez que la cantidad de lectores, y en cada una de ellas había ecos de ese optimismo tecnológico. La naturaleza parecía haber capitulado y era necesario expandir el imperio de la razón. La colonización de la Luna se planteaba como el siguiente objetivo.
Esta semana murió Patricio Guzmán, el extraordinario (y amado en estas páginas) documentalista chileno. Ya hemos hablado de su aporte a la memoria histórica de Latinoamérica. Menos difundido es su documental Mi Julio Verne (2005), realizado para la televisión francesa, donde entrevistó a exploradores y científicos de distintas disciplinas acerca de cómo el escritor francés los había inspirado para dedicarse a la investigación. Allí astronautas, astrónomos, espeleólogos, biólogos marinos reconocen cómo esas obras despertaron su capacidad de soñar o cómo los ayudó a salir adelante en momentos de riesgo extremo.
Pero hay otra faceta de Verne poco conocida. Sus últimos relatos, como Robur el conquistador o El eterno Adán, previenen de los peligros que se pueden cometer en el afán de “progresar” en las ciencias.
Obra póstuma publicada en 1910, en El eterno Adán el escritor francés revela sus dudas acerca de una concepción lineal del progreso humano. Un descubrimiento en las explotaciones mineras contradice las teorías evolucionistas. Entre los restos encontrados en las capas subterráneas se hallan cráneos de un tamaño mayor al de los hombres de su tiempo; también un extraño manuscrito, que logran descifrar luego de superar muchas dificultades. Allí un habitante de civilizaciones muy anteriores narra la visión del mundo de su tiempo, con innovaciones científicas más avanzadas a las conocidas con posterioridad. Luego de la lectura de esas páginas ancestrales, se adquiere “la íntima convicción del eterno recomenzar de todas las cosas”.
Ahí es donde se anuda el hilo que conecta la novela de Manuel Crespo con la madurez crepuscular de Verne. Si el francés comenzó su trayectoria como el gran profeta de la técnica y la expansión sin límites, sus últimos textos funcionaron como un desmontaje de esa fe ciega en un progreso inexorable.
En un escenario actual donde los avances tecnológicos y el desarrollo acelerado de la Inteligencia Artificial prometen dominarlo todo, estas obras son llamados de atención que recuerdan que lo que está en juego es nuestra capacidad de soñar alternativas a lo que nos rodea y parece un destino inevitable. Que la construcción del futuro, al menos por ahora, está en nuestras manos.
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Se viene el día de la primavera, el día del estudiante. Allá, en la escuela secundaria, nos veíamos obligados a cantar un estribillo: “¡Y echen a vuelo el nombre de estudiantes, en bronces de romántica emoción / los que lo son, los que lo fueron antes; los que por suerte, tienen de estudiantes para toda la vida el corazón!”. Letra solemne y acartonada.
Pero sí tal vez debemos tener algo de estudiantes de forma constante: la capacidad de ser críticos y, al mismo tiempo, de dejarnos sorprender. De comprender que no estamos de vuelta de todo, que siempre se puede aprender algo nuevo. “La imaginación es tan esencial para una persona como el oxígeno, como respirar”, reflexiona uno de los entrevistados en el documental de Guzmán sobre Verne. Antes de irnos, el deseo de que puedan y podamos respirar ese oxígeno. Nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este humilde redactor (y lector).
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