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Las discusiones urgentes que activa Qué perforado está mi valle

La película propone un recorrido por las tensiones de Vaca Muerta, la soberanía energética y las resistencias comunitarias. A menos de una semana de su liberación digital, trasciende la pantalla para convertirse en un hecho social. Abre debates profundos, complejos y federales sobre el modelo de país.

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Después de ver el documental Qué perforado está mi valle se necesita una pausa, un momento de introspección. Quedó claro desde sus primeras proyecciones en el Alto Valle que no fue concebido sólo como un producto cinematográfico, sino como un desencadenante de debates territoriales. 

Para Gastón Bejas –uno de los realizadores audiovisuales de la pieza y columnista de 4Palabras– el valor del documental reside en desarmar las lecturas simplistas de “buenos contra malos” para ingresar en las contradicciones estructurales del modelo productivo. Si se mira de ese modo, la obra se vuelve un hecho social que se da en las proyecciones particulares en bibliotecas populares, asambleas, en escuelas, espacios de formación docente, espacios comunitarios a lo largo y ancho del país. 

Coproducido por la revista Crisis y el Observatorio Petrolero Sur, el documental analiza Vaca Muerta, la soberanía energética y las tensiones del federalismo. El impacto socioambiental y la urgente necesidad de discutir el modelo de desarrollo. “Me parece central discutir de quién es la tierra, por qué, cómo se trabaja, y el diseño de políticas que hacen que eso sea posible”, dice el director. 

A menos de una semana de su liberación en plataformas digitales y en tiempos de desguace de las estructuras cinematográficas del país, el documental realizado por Bejas, Natalia Gelós, Martín Alvarez Mullally y Nico Perrupato superó las 50.000 visualizaciones. 

 

¿Qué capas de sentido busca transmitir Qué perforado está mi valle?

Vamos descubriendo capas nuevas con los debates que se abren después de cada proyección, vinculadas a la dimensión territorial, la soberanía, la renta y con qué propuestas hacemos para imaginar futuros posibles, habitables. Revisando también la historia reciente y otra más de larga data de cómo se ha ido poblando este país, se ponen en tensión algunos interrogantes: ¿qué es esta nación? ¿Qué es este país? ¿Qué es esta soberanía? Hay una realidad más compleja que en nuestros viajes con el equipo de Revista Crisis estamos tratando de develar. Sentimos que hay cierto moralismo en torno a las discusiones y creemos que es más interesante ensancharlas y complejizarlas. Discutiendo Vaca Muerta de pronto aparecen los trabajadores golondrinas, discutiendo los trabajadores golondrinas aparecen las violencias territoriales. La proyección se va nutriendo de distintas discusiones y ese es el hecho social más interesante, que no es unidimensional, que no es solamente “buenos contra malos o malos contra buenos”. 

 

¿Cómo fue el proceso de aproximación al territorio y cómo construyeron la confianza con las comunidades o protagonistas locales antes de empezar a filmar?

El Observatorio Petrolero Sur viene trabajando hace 16 años en la zona del Alto Valle y en Vaca Muerta. Los compañeros habitan ese territorio y están en constante diálogo con las comunidades y los centros de investigación, con distintos agentes,  investigadores que van apareciendo en el documental. La revista Crisis se acerca a la zona desde hace cuatro años. Venimos trabajando con Nati Gelós y con Nico Perrupato con preguntas en torno a la energía, lo que los desarrollistas también llaman los recursos naturales o los bienes comunes para las comunidades originarias. Hay una dinámica que tenemos como equipo: hay una investigación previa, se van pactando entrevistas allá, pero también dejamos lugar a lo inesperado. Cuando estamos en el territorio no nos cerramos a lo pactado, a lo pautado, y vamos siguiendo las corazonadas y lo que va sucediendo. Ahí entro yo como tucumano a hablar con la gente de otras provincias porque también hay mucho enojo con respecto a la mirada porteñocentrista. Todo se centraliza en Buenos Aires. Esa es una discusión interesante para tratar de entender dónde vivimos, cómo habitamos. 

 

¿Cómo convive en el documental la dimensión local de lo que pasa en el valle con la discusión global sobre el modelo de desarrollo y los recursos naturales?

Lo hemos proyectado primero en Alto Valle para dialogar con las personas que habitan allí. Destacamos los documentales situados, las notas situadas, lo que pasa en los lugares, lo que la gente tiene para decir. Todas las políticas se diseñan, se programan y se digitan desde Capital Federal o desde las grandes capitales y desde los streamings. El consenso que ha habido respecto a la reivindicación soberana de Milei sobre Malvinas, y el asombro por cómo está hablando el presidente, es una cara de esa moneda. Cuando en realidad tenemos un presidente entreguista, son acciones que se corresponden con la política norteamericana. La gente que vive en los pueblos es la que sabe cómo realmente quiere vivir. Y es la que se va oponiendo al diseño de políticas y formas de extracción que se cranean en los escritorios. En este momento del capitalismo global la acumulación no solo se da de manera territorial, sino también financiera y es difícil confrontar con las narrativas en torno a Vaca Muerta. Venimos observando también con la minería de cobre las promesas de las inversiones, el RIGI, cómo esos titulares aparecen en los grandes medios, e insisto, en los streamings, pero no aparece la contradicción de los territorios. 

Hay una promesa de la Dubái Argentina, pero las rutas están pavimentadas a medias. Hay un sentimiento generalizado en el equipo de realización que tiene que ver con que hay discusiones postergadas en torno a este país. Ese nacionalismo que aflora cada tanto, de diferentes formas, sentimos que no está resuelto. Lo llevo a la cuestión de la tierra. Hay discusiones en torno al agua, en torno a la extranjerización. Es central discutir de quién es la tierra, por qué, cómo se trabaja, y el diseño de políticas también que hacen que eso sea posible. 

 

Las luchas socioambientales no suelen ser homogéneas, como queda bien registrado en el documental. ¿Cómo fue la discusión interna para volcarlo en el relato?

Nos hemos encontrado con distintos discursos. Pareciera que son homogéneos, pero en realidad tienen que ver con que cada lugar conoce su propia lucha, su propia tensión, su propia disputa. Las políticas extractivistas vienen diseñadas desde oficinas, pero las particularidades territoriales de formas de resistencia son parte del imaginario colectivo y del hecho de conocer el territorio mejor que nadie que tienen las comunidades que lo habitan. De alguna manera, lo que tratamos de hacer es fortalecer la autoestima. En la película se ve clarito, tratamos de recuperar como 250 personas han logrado una ley municipal que prohibía el fracking. Ese es un camino, la territorialización de las luchas. Habla de las herramientas municipales que se tienen, de las exigencias hacia los políticos, el llamado poder local.



“Toda la demanda que tiene el documental ha sido sorpresiva. Creo que se vincula con un momento de no producción de cine, con el hartazgo generalizado y con tres debates actuales: Malvinas, ley de glaciares, ley de extranjerización de tierras. La sociedad sí ha hecho un click”, dice Gastón Bejas.

También plantean las tensiones entre dos modelos de “producción” en una zona riquísima en recursos hídricos. En tu nota Golondrinas: la larga marcha del norte al principio del sur mostrás el desarraigo, la explotación de los trabajadores, entre otras cosas, ¿qué reflexiones hiciste sobre esas contradicciones? 

Los golondrinas son testigos del cambio climático, son laburantes que tienen que emigrar porque las condiciones laborales de Tucumán son pésimas. Había algo que aparecía en ese viaje que era la esperanza de migrar a un lugar de laburo pero en realidad lo que brotaba en los discursos era una cuestión más de redención, con la no posibilidad de escape de las distintas situaciones en las que viven inmersos en lugares en donde las políticas no los acompañan o están desbordadas. Aparecían estos relatos vinculados con la posibilidad de salvación, de escape de las drogas, de escape de la violencia policial que azota los barrios populares de Tucumán. No estamos dimensionando que con este gobierno va a ser muy difícil de revertir, porque todos estos pibes de veinte o treinta años que vienen sufriendo la exclusión desde hace casi dos décadas revelan nuevas problemáticas en el futuro. Son sujetos que están siendo excluidos constantemente. ¿Cómo se revierte eso? Con el imaginario, con la osadía de cambios estructurales. 

 

¿Hay alguna búsqueda con la aparición de las víboras más allá de la estética?

La idea también es romper con esta polifonía de voces, dejar tiempos de reflexión. En el momento de la cosecha, en el que el laburante está sistematizando cuántos cajones de peras estaban moviendo de tal a cual lugar, ese juego de las víboras y las “anacondas” (como ellos las llaman) tratan de dar un poquito de aire. Proliferan los documentales sobre problemáticas sociales argentinas hechos por cadenas extranjeras, y nos parecía importante buscar un propio modo de hacer este tipo de documentales. Por eso, no tiene música, no es un documental ultracinematográfico ni tiene un gran presupuesto. Siendo conscientes de que los únicos que lo hacen acá en Argentina son TN y La Nación, hemos tratado de darle otro vuelo, quizás poético, y estamos tratando de aplicarlo también a otras piezas. 

 

¿Qué repercusiones tuvieron?¿Qué camino esperan que haga el documental ahora y qué debate te gustaría que active en este contexto?

Hemos estado en el Festival de Tucumán,y en el Festival Internacional de Cine Ambiental, entre otros. Pero lo que más nos ha llamado la atención es la cantidad de demanda que tenemos de proyecciones particulares en bibliotecas populares, asambleas, escuelas, espacios de formación docente, espacios comunitarios a lo largo y ancho del país. 

Toda esta demanda ha sido sorpresiva, y la cantidad de reproducciones que venimos teniendo se vincula también con un momento de no producción de cine, con el hartazgo generalizado y con tres momentos también particulares: Malvinas, ley de glaciares, ley de inviolabilidad de la propiedad privada con la cuestión de la extranjerización de tierras. La sociedad sí ha hecho un click. Me sorprende la lectura vaga de los streamings o los periodistas de las oficinas de Buenos Aires validando el discurso de Milei cuando en realidad hay muchas más ganas de complejizar esto federalmente. 

En cada proyección se intensifican las preguntas, la gente está muy cansada de ver cómo se reproduce cierta información en distintos lugares. Pero lo más asombroso es que la gente se queda a debatir con nosotros, y sobre todo entre los vecinos. Eso nos parece lo más gratificante y lo más hermoso que deja la película, el encuentro, el hecho social. 

 

4Palabras

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