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Julián López: “Nuestros chetos antes eran cultos, ahora solo son hijos de puta”

A partir de su reciente novela Las iracundas, el escritor y docente dialoga sobre las particularidades del género epistolar, la decadencia de las élites y el presente del campo cultural argentino. En una charla atravesada por la historia argentina, reflexiona sobre las tensiones de la época, el rol de la universidad pública y la vigencia de la creación frente a la incertidumbre.

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Esta imagen muestra la novela Las iracundas del escritor argentino Julián López, publicada por Literatura Random House.

Las iracundas es la nueva novela de Julián López. Publicada por Random House, se trata de una obra epistolar: una narradora instalada en la cubierta de un barco que remonta el Paraná registra sus travesías y su mirada del mundo mientras escribe cartas a su antigua amante. Rodeada por una comunidad de artistas seleccionados para la gran residencia interdisciplinaria, la protagonista observa con una saña maliciosa -y elegante- las imposturas de la intelectualidad en un momento en que todo parece disolverse en el aire. 

Nacido en Buenos Aires en 1965, López es el autor de Una muchacha muy bella, La ilusión de los mamíferos y El bosque infinitesimal, además de docente en la Universidad Nacional de las Artes. Sus libros fueron traducidos a varios idiomas.

La cita es en un bar en la esquina de Perú y Venezuela, en el barrio porteño de San Telmo. Vive ahí enfrente, pero aún no había pisado ese café inaugurado hace pocos meses. Cuenta que en ese lugar, ahí arriba, antes había una pensión que supo alojar a Witold Gombrowicz. Ese fantasma, tal vez, es el que va guiando la conversación con 4Palabras para reflexionar acerca del estado de cosas de la cultura argentina, su relación con las elites, el rol de la universidad pública, la privatización de la salud y la educación y de un presente y un futuro que está vivo, pese a todo.

 

¿Por qué tomaste la decisión de usar el género epistolar?

En primer lugar, me encanta la literatura epistolar. La protagonista plantea desde el inicio que las cartas son la única literatura que le sigue interesando. Se trata de un género que hoy parece anacrónico, y que de alguna manera rescata un tipo de lenguaje que es un híbrido entre el habla y la escritura. Y necesitaba esa cosa anacrónica para mi novela.

 

¿En qué sentido?

Quería una novela que por el lenguaje uno pudiera decir ¿en qué tiempo está anclada? ¿1920? Pero que de repente eso cambiara y nunca terminase de coagular una idea clara de temporalidad. Además el género de la carta me ofrecía también un tipo de discurso confesional, dirigido a alguien de mucha intimidad. 

 

A la vez se plantea algo “metaepistolar”, porque hay una reflexión sobre las cartas y otros personajes que también poseen cartas clave en la trama. 

El personaje es una vieja clasista, que tiene resuelta su lectura del mundo. Quería que fuera interceptada por otras literaturas, y que Barrios -el mozo del barco- pudiera decirle: “¿Vio? yo también tengo literatura”. Hay una literatura secreta que nunca va a ver la luz y es la historia de la gente. Sus cartas. Quería conservar eso, que cuando se encuentra con una escritora medio pituca, le pueda decir eso: “Yo también tengo”.

 

La construcción de la voz de la protagonista tiene muchos elementos: sesgos anacrónicos, otros muy actuales. También hay componentes orales y otros más propios de la escritura en sí. 

Es como un viaje final, del que ella no está advertida. A medida que suceden las cosas, cada carta es como una consumación, pero también una iniciación, porque ella se encuentra con cosas que desprecia y que la terminan conmoviendo mucho. Se cruza con personajes de muy baja estofa para sus estándares. Pero no es una tilinga, es capaz de recibir, de alojar. Aunque es clasista, mira claramente desde su clase. Eso es lo que también permite la variedad de registros de su habla. Que pueda ser muy pituca y a la vez que pueda decir cosas más coloquiales. 

 

Ahí surge otra cuestión que es parte fundacional de la literatura argentina: esa ambivalencia del Facundo de Sarmiento que busca aniquilar al otro, pero a la vez tiene la capacidad de fascinarse y conmoverse por las destrezas de ese otro. 

Ella aporta esa tradición y por eso surge un poco también la idea de meterlos en Paraná. Es sumergirme en esa cuenca de literatura del siglo XIX. Pero no con referencias cultas, sino con referencias del orden de chisme. Tiene mucha malicia, incluso ahí se abre la puerta para el homenaje a las poetas, los artistas, los artistas visuales. Y sobre todo a la historia de de esos trabajadores que pudieron hacer que la Argentina sea culturalmente o artísticamente una potencia.

 

Desde Buenos Aires se le da la espalda al Paraná, pero allí no solo hay mucha literatura construida, también es nodal para la economía argentina, para el comercio argentino. Nuestra historia y nuestro presente están atravesados por las disputas por el control del Paraná, de la aduana, la hidrovía.

Es espantoso.

 

¿Qué?

Yo soy porteño, es decir: acá está el estuario de toda esa cuenca. Estoy como obligado a ser unitario, pero recuerdo que cuando era chico había una conciencia de las provincias muy potente. Hoy eso en Buenos Aires no existe. Buenos Aires ahora es todo. La semana pasada escuché a un periodista que decía que los gobernadores no piensan en términos de Argentina, piensan en términos de geografías económicas, la zona del litio, la zona del petróleo. La hidrovía. La enajenación de esta cuenca. Uno también lo puede pensar desde la enajenación de la historia literaria. Lo que pasa es que las élites mostraron que de verdad no les interesa, que no les importa. Entonces el cine argentino puede desaparecer, la literatura puede desaparecer, salvo que te publique una transnacional y que tengas éxito afuera. Antes no eran así nuestros chetos. Antes eran cultos. Hijos de puta, pero cultos. Ahora son nada más que hijos de puta. La Argentina tuvo una industria cultural que de verdad fue muy importante. A nivel continental y mundial. El cine argentino, la literatura, la industria editorial, la traducción. Había orgullo por eso. Algo que hoy sería absolutamente impensable. No existe esa clase. Existe en términos de propiedades, de terratenientes y de guita. Pero ahora son financieros, son mersas. 

 

La novela plantea también algo sobre el estado del arte actual. Como un retorno al siglo XIX o un fenómeno casi medieval, donde los artistas tienen que ir a exhibirse a un palacio o, en este caso, a ese crucero. Son intelectuales serviles. Pero a la vez todo es como muy decadente y de bajo precio.

Cuando ella ve que está Emilio -un artista de gran prestigio- se dice: ¿Qué hace este tipo con esa trayectoria acá? Se termina respondiendo: “Lo mismo que yo”. Está haciendo cosas para poder recibir algún tipo de beca o subsidio. Por ejemplo, muchas residencias para escritores te piden que después en tu libro consignes que esas páginas las escribís bajo esas circunstancias. Me da horror eso. No fui nunca, por ahí termino yendo y publicando solamente agradecimientos a la residencia de San Pirulo… Antes era impensable que el mecenas te pidiera reconocimiento. Al contrario, el mecenas te daba reconocimiento. Así que en la novela también hay una burla a esa manera de circulación a la que los artistas estamos medio condenados, porque muchas veces si no se terminan tus posibilidades. También podés elegir quedarte al margen de todo eso, ¿no? Pero hay que saber con qué. 

 

La novela como artefacto también te permite desparramar varios dardos acerca del estado de cosas de la literatura, no solo en términos de condiciones de producción, sino también en términos de escritura. “Somos todos landriscinas”, escribís, en relación a los parámetros prefijados que exigen suspenso, trama.

Cuando veo esa fascinación por la peripecia narrativa en la actualidad, pienso: hay mucho de la tradición literaria argentina que ahí no tiene nada que hacer. Hoy Néstor Sánchez, que es uno de mis ídolos, no sería leído ante esa demanda de peripecia narrativa, de trama y precisión. Es un reduccionismo muy impresionante de la idea de la narrativa ese estar a expensas de la idea de trama exclusivamente. 

 

También en algún punto la novela es como una suerte de reality de la crueldad, en el sentido del descarte de sus personajes. Habla del estado de época. 

Fue lo primero que apareció cuando pensé el proyecto. Decía: quiero un viaje que sea una residencia de artistas por el Paraná que se vaya deshaciendo de sus personajes. No lo pensé como alegoría de nada. Aunque después puedo ver la potencia alegórica de eso. El impulso es hacer la “Gran Residencia para Artistas por el Paraná”; después es un lanchón tirado a la deriva. Pero todos ahí tienen una historia. Lo que descubre la protagonista es que su clase no existe más y que ella se queda sola con un animal, con la noche por delante. Pero no es un descubrimiento melancólico o apesadumbrado. Lo acepta. Es lo que es.

 

Como docente de la UNA, ¿qué observas acerca de la situación actual de las universidades y del campo cultural en estos últimos años. ¿Por dónde ves que hay una salida? 

No hay salida. El gobierno tendió una trampa es que no se puede salir. Tenemos un gobierno democrático que no cumple la ley. En 2023 yo pagaba de prepaga 72 mil pesos. Hoy pago más de 700 mil. Me voy a quedar sin prepaga en breve porque soy docente. Soy un tipo grande, pero tengo colegas más grandes y más jóvenes, que tienen familia. Yo no entiendo cómo hacen para comprarles zapatillas a sus hijos. Es lamentable. Porque fue siempre ese proyecto. Bajar la inflación con la mayoría de la gente afuera. Me impactó mucho la pregunta de si esto puede funcionar en los medios. ¡Otra vez la historia enajenada! El plan de los financistas de los setenta, del menemismo, del macrismo. ¿Quién hace esa pregunta de si esto puede funcionar? No hay más que ver la historia, si incluso hasta se repiten nombres con una prolijidad pasmosa. Los blancos están ganando como nunca. Y la educación dejó de ser una prioridad, incluso para sectores de las clases medias. En un momento incluso desde el progresismo empezaron a mandar a sus hijos a colegios privados y a tener prepaga. Yo tengo prepaga y a mí me avergüenza tener prepaga. Pero en un momento me estaba haciendo grande y mis amigos me decían bueno, ¿no tenés prepaga? Hasta que en un momento me convencí de que había que tener prepaga. Y ahora el 70% de mi salario va para pagar la prepaga. Es avergonzante. 

 

Pero dedicarse a la educación en algún punto es aferrarse a la idea de que hay un futuro.

Sí, y es hermoso. 

 

¿Qué ves vos en tus estudiantes? 

Estamos todos agarrados muy precariamente, y algunos se caen. A veces estoy en medio de la clase y digo: “¿Se dan cuenta que estamos hablando de una palabra? ¿Se dan cuenta que es absurdo, que esto es inútil?” Es una felicidad atómica compartir eso. En un mundo que te pide que seas útil, que sirvas, que sirvas, que sirvas, cuando alguien viene y muestra un texto propio y ves que está buscando su escritura y la está encontrando, es… No es que hay futuro, hay presente. Es algo muy impresionante. Buenos Aires es impresionante. Sigue siendo una ciudad extraordinariamente hermosa. Incluso con 20 años de macrismo. Pero en la universidad ves que estamos vivos. Que hay una búsqueda de conectar, de entender históricamente. Porque cuando empezás a escribir, te das cuenta que sos un escritor que forma parte de esa comunidad y de que hubo mucha gente antes preparando ese terreno. Empezás a descubrir materiales, autoras o autores, y es imposible no conmoverse con esa idea de comunidad. En este mismo edificio donde estamos, acá arriba, vivía Witold Gombrowicz, en esta pensión. Cuando me vine a vivir a esta esquina, no lo recordaba. Un día estaba mirando por la ventana y de repente digo: ¿pero cómo? ¿Venezuela y Perú? Estaba mirando la casa de Gombrowicz. Estaba pisando esa tradición. Creo que toda la gente que va a la UNA, afortunadamente mucha, está buscando encontrarse con su tradición. Con esa comunidad histórica. 

 

4Palabras

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