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Picada cultural: Fito Páez y la pedagogía del legado

El músico rosarino reivindica la herencia de la música popular y se asume como el gran transmisor generacional. De Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y el Flaco Spinetta al falso documental chileno “Denominación de origen”, un recorrido por las expresiones colectivas y el sentido profundo de la cultura.

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La imagen muestra al músico argentino Fito Páez durante su entrevista en el programa de televisión Otro día perdido, conducido por Mario Pergolini en Eltrece.

Fito Páez decidió regalar uno de los mejores momentos de la alicaída televisión abierta argentina. En Otro Día Perdido, el ciclo que conduce Mario Pergolini por la pantalla de Canal 13, el rosarino desplegó su mirada sobre la cultura nacional y sus grandes maestros. Asumió el rol para el que parece haberse preparado –y para el que fue elegido– desde hace tiempo: hacerse cargo de la posta. Un legado que no solo conecta con Litto Nebbia, Charly García y Luis Alberto Spinetta, sino que traza un arco enorme que va desde el Cuchi Leguizamón y Cátulo Castillo hasta Gerardo Gandini.

Páez sabe que los grandes padres y madres de nuestra música ya no están. Pero que él sigue estando. Entiende que desde que era apenas un adolescente fue elegido: primero por Juan Carlos Baglietto, después García, ahí nomás Spinetta. Consciente del lugar que ocupa, está dispuesto a usarlo. A darse el lujo –y darnos el lujo– de elevar “Desarma y sangra” para potenciar la belleza con sus dedos mágicos, o de animarse a interpretar en vivo “La última curda”, el tango inmortal de Castillo y Troilo. Meter un pedazo de tango por una pantalla que hoy le da la espalda al género sobre el que se edificó la industria audiovisual de este país.

Aunque Pergolini interrumpió con chistes fuera de tono, también es cierto que hilvanó una serie de preguntas iniciales que llevaron la charla a otra escala, apoyado en una complicidad generacional que ambos cultivan desde los veinte años. Allí Fito mostró sus ganas de seguir aprendiendo: “La música es infinita. Si no te dedicás al piano, te podés dedicar al estudio o, como en mi caso, aprender a dirigir una orquesta”, explicó sobre su deseo de iniciar estudios de dirección. “Los que amamos la música, la orquesta apasiona; apasiona la máquina”. Pedagogía del esfuerzo y el estudio constante como un legado para las nuevas generaciones.

El centro emocional de la conversación emergió al evocar a sus referentes. “A Luis lo extraño cada segundo de mi vida, porque era un hermano”, reconoció sobre Spinetta. Y al nombrar a Charly, sintetizó el compromiso con su propia estirpe: “Me siento muy responsable de lo que he heredado de ellos”.

Desde esa premisa, Páez planteó la urgencia de que los músicos jóvenes reconozcan las raíces que moldearon la identidad artística del país. Trazó un mapa sonoro indispensable: Isaco Abitbol en el chamamé; el Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla en Salta; los hermanos Ábalos en Santiago del Estero; Carlos Gardel, los hermanos Expósito y el Chango Farías Gómez. “Todo eso es una máquina emocional, hasta llegar a García y Spinetta”, sostuvo antes de entregar una definición que trasciende la anécdota televisiva: “La cultura es la memoria emocional de un pueblo”.

En su libro Diario de viaje (algunas confesiones y anexos), que publicó Planeta en 2016, Fito escribe sobre Mercedes Sosa: “La pachamama le decían. Era una gran verdad, porque protegía y proveía. Madre tierra y deidad. Su mirada, su presencia, nos condena al encuentro”.

Allí también rescata un recuerdo personal con Atahualpa Yupanqui. En 1985 le realizaron un homenaje al autor de “El arriero” y “Luna tucumana” en el Consulado de Francia. Al recibir la invitación se sorprendió: ¿por qué querían a ese joven desarrapado en un evento de condiciones tan magnas? Cuando llegó, no conocía a casi nadie. Vio a Félix Luna y Ariel Ramírez. Se abrazó a León Gieco. Tal vez también estaba la Negra Sosa. 

Atahualpa llegó al salón y comenzó a saludar a todos los presentes. Cuando le tocó su turno, Páez recibió un apretón de manos fuertes y una mirada de ojos sagrados. Mientras servían vino tinto, Yupanqui se volvió a acercar y le pidió que lo acompañara al baño. Siguiendo por uno de los tantos pasillos, encontraron una pequeña habitación y el tótem del folclore argentino no dudó en cerrar la puerta. Cansado del aire protocolar, comenzó a contarle su historia, de cuando había sido guitarrista de Magaldi y guardaespaldas de Gardel, de sus años de boxeador y de jinete, de cuando había tocado en el club Sportivo América, a dos cuadras de la casa natal de Fito en Rosario. En un momento, la esposa de Atahualpa los interrumpió y les dijo que todos estaban esperándolos. 

Antes de volver al salón, Yupanqui lo tomó del hombro y le preguntó: “¿Usted escribió esto?” Y le cantó al oído: “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”. Después lo palmeó a la espalda y le dijo: “Muy bien, m’ hijo, muy bien”. Cuarenta años después, ahí anda Fito, con esa mochila cargada de música popular argentina, dispuesta a llevarla en los hombros hasta tener la seguridad de que haya muchos otros que quieran tomar el relevo.

 

***

 

La cultura también son los ravioles, dijo Páez en el programa de Pergolini. Pues claro. Cada viernes en 4Palabras le damos un lugar a los festivales, ferias y fiestas populares que se despliegan en la provincia de Buenos Aires. Podríamos hacerlo extensivo a cada rincón de la Argentina. Espacios que combinan búsqueda de la identidad, gastronomía, arte y mucho esfuerzo comunitario. 

La cultura también son los ravioles. Y la longaniza. Al menos eso es lo que pregona la película Denominación de origen que apareció de manera sorpresiva y casi sin anuncios en la plataforma MUBI. El chileno Tomás Alzamora Muñoz se llevó el premio al mejor director en el BAFICI 2025 con este falso documental que muestra la gesta de un grupo de vecinos de la localidad de San Carlos -ubicada ahí en el país trasandino, a la altura del norte neuquino- para lograr que su longaniza obtenga la denominación de origen y se imponga a las pretensiones de sus vecinos de Chillán.

Lo que podría haber sido un retrato costumbrista en manos de cualquier otro cineasta –o, por ejemplo, un abordaje que desborde de crueldad hacia sus personajes en manos de cierta dupla de directores argentinos– aquí se transforma en otra cosa. Denominación de origen es una épica para nada edulcorada del trabajo comunitario, del intento de tantos por hacer cosas por los otros. Sabemos bien que la mayoría de los lectores de este medio se dedican -o se han dedicado- a la militancia en diversas formas: política, cultural, social, eclesial, educativa, en organismos de derechos humanos. Esta obra da cuenta de eso: de armar actividades con mucho esfuerzo y que después no vaya nadie, de estar esperando hasta la hora indicada el ingreso de las masas, de esa felicidad desbordante cuando las cosas parecen funcionar y la alegría colectiva se contagia, de los retrocesos que cuesta comprender. Del amor que se quiere dar, pero que por momentos nadie parece tener ganas de recibir. De la persistencia a pesar de todo. No se la pierdan.

 

***

 

Hace muchos años la televisión argentina tenía un programa que se llamaba Gente que busca gente. De forma increíble, esta sección parece haber tomado ese ropaje. Una reseña de una obra de teatro abrió las puertas para que dos amigas de la adolescencia puedan reencontrarse varias décadas más tarde. Extraños caminos de estas páginas. En buena hora. Hasta aquí llegamos por hoy, nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este redactor.

 

4Palabras

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