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Diego Sztulwark: “En 2001 la gente tenía tiempo, hoy no”

El politólogo y referente del pensamiento crítico analiza la actual articulación entre mística religiosa, tecnología de control y la emergencia de élites "tecnodespóticas". En un recorrido que va desde la crisis de 2001 hasta el fenómeno de Milei, Sztulwark desmenuza cómo el capital coloniza la subjetividad, el rol de las nuevas teologías de la dominación y los desafíos de una resistencia que hoy parece anestesiada por el cinismo.

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Imagen ilustrativa de Diego Sztulmark

Diego Sztulwark pasa buena parte del tiempo pensando el mundo con profundidad. Es politólogo y coordina grupos de estudio políticos y filosóficos. Escribe libros, también en el blog Lobo Suelto, hace podcast y se lo escucha los miércoles a la mañana en la Radio de las Madres. Integró el Colectivo Situaciones, una organización de jóvenes intelectuales que interpretó mejor que nadie la sociedad de la crisis de 2001. En esta entrevista habla sobre las articulaciones de la política y la teología en la Argentina y en el mundo actual, el lugar que ocupan en esa intersección los tecnomillonarios y las resistencias posibles dentro de una sociedad cada vez más cruel.

 

Hace dos semanas, Javier Milei lloró en el Muro de los Lamentos al mismo tiempo que el pastor Dante Gebel se entrevistaba con el gobernador Llaryora y que un cura DJ llenaba la Plaza de Mayo, símbolo político argentino por antonomasia. ¿Hay una teologización de la política? ¿Una politización de la religión?

Desde algunas posiciones marxista se consideró al capitalismo como una religión porque, si bien en principio es ateo, es puro ritual: tenés que creer en el dinero y todo el tiempo tenés que estar haciendo algo con eso. Ninguna religión pidió tanto. Si partimos de que el capitalismo tiene un fondo teológico en sí mismo, el neoliberalismo puede ser pensado como una teología política aunque no hable de Dios. Los neoliberales creen haber extraído de una religión laica un conjunto de tesis que pueden orientar la vida de las personas. La teología dice: las cosas son así, fija autoridad. Una democracia política, en cambio, abre discusión, abre puntos de vista y tiene que articular todas las diferencias: generacionales, sexuales, de clase. La articulación conflictiva es la virtud de la democracia, no su defecto. Es muy probable que esta teología capitalista tenga alguna relación con historias teológicas previas. En ese sentido, en la Argentina hay una base teológica cristiana. Se lo ve muy bien con Bergoglio y la teología del pueblo, para hablar solo de los últimos años. La aparición de una teología del pueblo ofició como una teoría de recambio para los movimientos sociales kirchneristas. En 2015 se preguntaron qué hacemos y encontraron respuesta en el humanismo religioso. Los “Cayetanos”, por ejemplo. Quizá en conflicto con eso, el gobierno de Milei también acudió a una teología de fondo cristiano. Toma, por ejemplo, a Jesús Huerta de Soto, el economista español que propone una reescritura de la Biblia, que dice que Dios es anarcocapitalista. Desarrolla una teoría bíblica que convierte al mercado en una divinidad. En vez de teología de la liberación podríamos llamarla teología de la dominación. Y dispone de su propio lenguaje: Bergoglio es el maligno, Marx es Satán. El epílogo del último libro de Milei habla de eso.

Pero Milei también pone en escena el ritual judío.

En Israel también se preparó un tipo de teologización capitalista. En las últimas décadas se ofrece a occidente como una suerte de modelo espartano de combate tecnológico contra el mundo musulmán, el oriente y la barbarie. El 7 de octubre 2023 un conjunto de milicianos palestinos atacaron Israel y muchos pensamos que eso podría traer un cambio en la región, más reflexión. Por el contrario, apareció una radicalización, como un leviatán fascista. Israel aparece con orgullo como país de vanguardia en acumular capital a partir de los saberes de la ocupación. Aplica tecnologías de control y vigilancia hacia los palestinos que después ofrece a todos los Estados. Las compran China, India, Cachemira, México y EEUU para controlar las fronteras, a los migrantes y a las poblaciones no deseadas. Acá no sabemos todavía qué hizo Patricia Bullrrich… Entonces, se van imbricando figuras e imágenes religiosas –las Fuerzas del Cielo, los macabeos– con tecnologías de control y formas de imperialismo muy brutales. 

Ahora se sumó el evangelismo, que en la tradición argentina no tenía mucha presencia en el juego electoral.

Detrás de Gebel claramente hay estructura política y plata para hacerlo desfilar como candidato. En su gira por los medios le preguntaban, con amabilidad exasperante, por qué va tanta gente a escucharlo a los estadios. Él dijo que era porque ahí no hay insultos, no hay violencia, no hay grieta, no hay maltrato, hay familia, hay esperanza. Algunos suponen que puede servir para reconstruir los restos del destrozo que se está haciendo. No hay ningún partido político que se haya salvado del tsunami de 2023, el mileísmo fue seleccionado por los votantes para hacerles saber a los partidos gobernantes que se terminó la confianza en ellos, que no se les cree más, no importa si son peronistas, radicales, macristas. 

¿El mileismo es una reedición del que se vayan todos?

Sí, que en vez de darse a través de asambleas barriales se dio en las redes sociales. Y no tuvo un potencial de articulación democrática, sino una destitución masiva. Si la destrucción de los mercados que se dio en 2001 obligó a los sujetos a desarrollar comunitariamente nuevas estrategias, esto se dio íntegramente al interior de los mercados. Si en 2001 se reaccionó contra el Consenso de Washington y la globalización, en este caso fue al revés y de manera brutal. Entonces, para muchos dirigentes debe funcionar esta cuestión de buscar a un candidato que no venga de la política, que se maneje en las redes y pueda cambiar el mensaje, que venga a concordar y a sanar para reemplazar este goce de la crueldad. Esto buscan con Gebel.

“En un punto los envidio, porque tienen confianza en su plan, hacia donde van, y usan los medios, las redes, las películas, los libros, seminarios, como instancia de pedagogía intensa que el progresismo perdió hace rato. Milei y Laje ganan debates solo por su pasión reaccionaria”, dice Diego Sztulwark.

Esta teologización política convive con la emergencia de una élite tecnoempresarial –que integra Peter Thiel, reciente visitante de la Argentina– que dice que los humanos no saben gobernarse, que deben hacerlo las máquinas y no tienen vergüenza de mostrarse sumamente despóticos y crueles. ¿Ahí también hay un dogma?

Después del caso Epstein, donde se hablaba de abusos sexuales y hasta de canibalismo, escuché una interpretación que dice que para estas elites, desobedecer reglas antropológicas las pone del lado de los dioses: poder hacer cualquier cosa es el signo de la clase dominante. El poder ya no se expresa por tal o cual cargo, sino por destruir lazos sociales y ponerte por arriba de la moral, de la piedad, de la misericordia, de compadecerte de los otros. 

¿La ambición ya no se sacia con la acumulación de riqueza?

No. Algunos ya tienen más riquezas que muchos países, entonces la acumulación de capital se vuelve algo abstracto. Por eso ya no solo se sustraen de reglas antropológicas que creíamos comunes sino que están produciendo modelos –que además de ostentar poder sobre la política y la economía– modelizan el lenguaje, las formas de conocimiento, las formas de vida, de percibir las cosas. Colonizan las maneras de conocer. Ahí también hay una fe universal que dice: vamos a poder sustituir las imperfecciones humanas por las enormes perfecciones de la tecnología. Y otro elemento que no se puede desconocer es que estas tecnologías se ponen al servicio de la guerra, de la seguridad, de la vigilancia. Tenemos sujetos que se creen dioses y las democracias del mundo se someten voluntariamente a ellos. Bifo Berardi dice que son nazis, porque plantean la supremacía racial, la relación de biología y tecnología, la idea de destruir al otro. Si a esto le sumamos la intervención de la tecnología y la teologización, hace que la tentación de suprimir la democracia les sea incontenible. Al mismo tiempo, tenés ideas como las de la Ilustración Oscura, de Nick Land, que plantea que en la conversación pública se llegó a un consenso regulado por el progresismo –a través del periodismo, la universidad, la cultura– que no les permite constituir mayorías. Ellos dicen: “Si nosotros decimos que los blancos y los hombres son más productivos que los negros y las mujeres, las feministas van a acusarnos de racistas y patriarcales. Basta de hablar con personas que argumentan, hay que fugarse de la conversación. Dejémonos de joder, si nosotros somos la elite, impongamos la fuerza”.

Destruir la universidad, entonces, no es un mero ajuste económico para lograr superávit…

Tenés una zona baja del staff, grosera, que repite recetas neoliberales. Pero después hay un ejército de combatientes que están pensando esto. En un punto los envidio, porque tienen confianza en su plan, hacia donde van, y usan los medios, las redes, las películas, los libros, seminarios, como instancia de pedagogía intensa que el progresismo perdió hace rato. Milei y Laje ganan debates solo por su pasión reaccionaria. Laje me produce desprecio intelectual pero al mismo tiempo lee a Laclau, Foucault, Gramsci, Marcuse, Lenin con una verdadera intensidad antiinsurreccional. Con la cabeza de quien quiere liquidar al enemigo subversivo, pero los lee. Nosotros no le presentamos verdadera resistencia. 

Estas tecnoderechas son ubicuas y globales. ¿Pensás que puede surgir una resistencia internacional, como en su momento surgieron las distintas Internacionales o en los 90 los movimientos antiglobalización y los foros sociales?

Ellos organizan un léxico político que es sicótico, no requiere coherencia. Me preocupa si en el mundo de las resistencias políticas se podría despertar la ilusión que esta derecha descubrió algo, la radicalización, y que eso es capital político frente a las moderaciones del progresismo. Es decir, me preocuparía que cuando ellos se desgasten, alguien diga: “Ahora seamos nosotros los radicalizados”, pensando que eso es lo que ellos hicieron bien. ¿Puede surgir de nuestro campo un conjunto de autoridades morales, sociales, intelectuales, políticos capaces de reconstruir momentos de conversación amplios? Si aparecen, el efecto transnacional es posible. ¿El alcalde de Nueva York, Zhoran Mamdani, puede constituir eso? ¿Puede ser una nueva racionalización? ¿Existe la posibilidad de que aparezcan voces públicas escuchables que organicen momentos colectivos? Si no, quedará todo en intentos como los encuentros de Puebla, débiles, sin fuentes de una nueva palabra. Me parece que todavía no apareció esta otra autoridad.

Antes asemejabas la situación actual al 2001. En ese momento la resistencia fue muy creativa. Surgieron asambleas, piqueteros, fábricas recuperadas, colectivos de intelectuales, medios sociales de comunicación. Hoy todo parece más anestesiado. ¿A qué lo atribuís?

A mediados de los 90, con las privatizaciones, empezaron a surgir colectivos en los que convergían la necesidad de dinero para comer y –una palabra que circulaba mucho– la dignidad. No tenían un programa pero todo tenía forma asamblearia. Era una forma comunitaria que simultáneamente era una máquina de lucha que hacía la asamblea, el corte de ruta, la olla popular, iba a hablar con el intendente… En paralelo, con los indultos de Menem, empezó una ola inesperada en el movimiento de derechos humanos que no se resignó a la impunidad. Apareció H.I.J.O.S. con los escraches y se dio una convergencia extraordinaria entre ambas experiencias. En aquellos días no existía la codificación digital de la comunicación, existía la trama comunitaria como condición de necesidad para resistir. La velocidad de la experiencia actual no soportaría fácilmente esas horas de corte de ruta, las asambleas tediosas. La otra cuestión es que los derechos humanos fue muy subjetivador con un lenguaje directo, claro. Ese mundo no existe más. Sí hay organizaciones colectivas populares, herederas de las asambleas, que no se dejaron tomar por el cinismo. Hay mucha experiencia de militancia política que se desgastó por el cinismo, cuando se fue enterando que la política había dejado de ser para cambiar el mundo y se convirtió en una carrera simplemente para llegar. Resulta frustrante cuando el cinismo se va apoderando de lo público.

¿Cuánto suma a esta anestesia las nuevas modalidades de trabajo? ¿Uber no funciona como una especie de plan social privatizado que evita el estallido?

En 2001 la gente tenía tiempo, hoy no. Inmediatamente se te ofrece precarizarte con un trabajo hiperindividualizado y te vuelven pluriempleado. A eso le podemos sumar lo que el colectivo “Juguetes Perdidos” llama la implosión social. Dicen que desde el kirchnerismo para acá, la sociedad no explota. Alfonsín se propuso evitar el golpe de Estado pero le pasó la inflación; a Menem no le podía pasar la híper de Alfonsín, y a él y la Alianza le estallaron los pobres. Al kirchnerismo no le podía pasar el estallido… Cada momento del régimen político genera anticuerpos para lo que le permitió el origen. La democracia argentina se obsesionó porque no le pase el estallido. A cambio, se generaron mecanismos de promoción de la implosión, un mecanismo que es inaudible. Tan poco se escucha que los propios políticos están desesperados por entender qué les pasa a las personas. El político profesional necesita agencias de focus group porque desconoce a su sociedad, no escucha ni ve nada.

¿Ya no hay militancia territorial que mida el pulso social?

Un barrio que puede explotar hace de la organización social un órgano de lucha, pero cuando la organización social pasa a ser un dispositivo de la implosión empieza a distribuir planes y modera. Entonces, para el propio barrio, la organización social cambia su naturaleza. Una cosa es que la organización te sirve para conseguir más plata, para que te escuchen y para tomar decisiones; otra cosa es que bloquee la posibilidad de ingresos, de que te escuchen y de que tomes decisiones. Muta el balance, en vez de construcción comunitaria se volvió una administración. Esto es tremendo porque quiere decir que la propia población que en el 2001 creó organización después la dio por terminada.

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