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Picada cultural: los extraños anticipos del cine sobre el devenir de nuestras democracias

En los años setenta, “Desde el jardín” y "Network" satirizaron la banalidad de la política y el ascenso de la televisión basura. Leídas hoy, en la era de los algoritmos y la polarización, aquellas ficciones se revelan como precisos y perturbadores preanuncios de las motosierras que astillan nuestras democracias. Un molde vacío transformado en líder y la indignación convertida en el espectáculo más rentable.

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Imagen ilustrativa de picada cultural

¿Cuánto del presente se escribió en el pasado? A veces, el cine funciona como un faro invertido: no ilumina el camino hacia adelante, sino que proyecta las sombras de lo que vendrá. A mediados de la década de 1970, Hollywood concibió dos sátiras que en su momento parecieron exageraciones distópicas de la era analógica. Hoy, releídas al calor de la polarización, los algoritmos y la espectacularización de la política, se revelan como extraños y precisos anticipos que el cine envió para hablar de nuestra actualidad democrática. Nos referimos a Desde el jardín (Being There, 1979) y Network: poder que mata (1976).

Dirigida por Hal Ashby, la primera historia presenta a Chance (un magistral Peter Sellers), un jardinero de unos cincuenta años que nunca ha cruzado la puerta de la casa donde vive. No sabe leer ni escribir; su única y total conexión con el cosmos es la televisión, cuyos aparatos invaden cada rincón del hogar, desde el baño hasta el jardín. Luego de la muerte de su patrón, Chance es eyectado a la calle y, tras un providencial accidente automovilístico, termina refugiado en la mansión de Ben Rand (Melvyn Douglas), un veterano magnate financiero e influyente asesor económico del mismísimo presidente de los Estados Unidos.

El quiebre de la sátira ocurre cuando se encuentran el mandatario y el jardinero. Al consultarle sobre la crisis, Chance responde con lo único que conoce: un lenguaje literal, directo y básico sobre el cuidado de la tierra y las estaciones del año. Sin embargo, en la era de la simulación, el poder político interpreta sus palabras de modo metafórico, celebrando su supuesta “sinceridad y equilibrio”.

Pronto, el jardinero se transforma en una celebridad: lo busca el Washington Post, lo devoran los programas de TV y la política se rinde ante su “don natural” para los medios. Chance pasa a ser el significante vacío perfecto: un molde estéril en el que cada ciudadano, periodista o inversor deposita lo que desea o necesita oír.

Basada en la novela de Jerzy Kosinski, la película —que tardó casi una década en filmarse por el empeño de Sellers— puso el foco en la banalidad de la deriva democrática capturada por el poder financiero y la centralidad de la televisión en el debate público. Una obra que hoy resuena con fuerza local: la historia mantiene tanta vigencia que se acaba de estrenar una adaptación en los teatros de Buenos Aires, protagonizada por –sí– Guillermo Francella y dirigida por Marco Carnevale.

Imagen ilustrativa de obra de Guillermo Francella

Si en 1976 Todos los hombres del presidente entronizaba al periodismo heroico como baluarte democrático, ese mismo año Network mostró su contracara más oscura. Dirigida por el enorme Sidney Lumet y escrita por Paddy Chayefsky, la película desnudó el declive del periodismo televisivo y su reemplazo definitivo por el entretenimiento y el sensacionalismo.

La trama arranca con Howard Beale (Peter Finch), un veterano presentador que se entera de que su noticiero será cancelado por bajo rating. Desesperado y quebrado, Beale anuncia en vivo que se suicidará frente a las cámaras en su próxima emisión. Pero lo que debió ser una alarma humanitaria se convierte en una mina de oro: la audiencia estalla y la furia populista de Beale transforma al programa en el más visto de la televisión.

Es allí donde emerge Diana Christensen (Faye Dunaway), la directora de programación y quintaesencia del sensacionalismo puro. Christensen y el implacable CEO de la cadena, Frank Hackett (Robert Duvall), desplazan a los periodistas de la vieja escuela —representados por Max Schumacher (William Holden)— y convierten los brotes psicóticos de Beale en el show de un “profeta furioso que denuncia la hipocresía de estos tiempos”.

Teoriza Christensen: “La televisión es espectáculo, las noticias deben tener un poco de teatro”. Y dicta su receta imbatible, que incluye “sexo, escándalo, crimen brutal, deportes y perritos perdidos”. La cima de la ironía llega cuando la cadena negocia con un grupo terrorista de ultraizquierda para emitir “La hora de Mao Tse Tung”, justificando el negocio bajo la lógica de la escala masiva.

Network fue un éxito de taquilla y se llevó cuatro Oscar, incluyendo a mejor guión original y un premio póstumo para Finch. Más allá de las actuaciones memorables —como la de Beatrice Straight, quien ganó como actriz de reparto apareciendo solo en dos escenas—, la película es una lección de puesta en escena. Lumet utilizó una iluminación in crescendo: comenzó filmando con luz escasa y tono documental, y a medida que la trama avanzaba, inundó el set de luces y movimientos de cámara artificiales para transmitir, visualmente, el enceguecimiento que los medios generan en sus audiencias. Está disponible en MUBI.

 

***

 

Vistas hoy, Desde el jardín y Network se sienten menos como ficciones del siglo pasado y más como crónicas diarias de la política contemporánea. Presidentes que construyen su legitimidad flotando en la superficie de la pantalla, profetas movidos por la crueldad, discursos vacíos reconvertidos en verdades absolutas por audiencias necesitadas de creer en algo, y la indignación como principal insumo del prime time. El cine de los setenta ya nos había avisado. Solo faltaba que el futuro llegara.

Como haría una psicoanalista especializado en cortes abruptos, hasta acá llegamos con esta sesión. Nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este pequeño redactor.

 

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