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Luis García: “Milei no es la causa sino el síntoma de una mutación radical de la subjetividad política”

Doctor en Filosofía, ensayista y profesor universitario, Luis Ignacio García dialoga sobre su último libro, “Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino”, editado por Caja Negra. La obra reúne una serie de fragmentos escritos originalmente como publicaciones en Instagram, surgidos del desconcierto que provocó el triunfo de Javier Milei en diciembre de 2023.

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Imagen ilustrativa de Luis García

“El desafío no es solo Milei, sino el mileísmo como expresión de una transformación muy radical de la subjetividad política”, sostiene Luis Ignacio García. Para el autor, tratar de comprender lo que está sucediendo es una tarea política de primer orden para los progresismos. ¿Leemos el mundo desde nuestra racionalidad previa o intentamos interpretarlo desde el interior de la nueva racionalidad?, se pregunta.

García es docente, ensayista, doctor en Filosofía y profesor en la Universidad Nacional de Córdoba e investigador del CONICET. Publicó, entre otros, los libros La hora del diamante. Diario de un duelo (2023) y La comunidad en montaje. Imaginación política y postdictadura (2018). Trabaja en las zonas fronterizas entre estética, teoría política y filosofía contemporánea.

En conversación con 4Palabras, García se refiere al triunfo de Milei no solo como un fenómeno político-electoral sino, sobre todo, como un síntoma de una transformación radical de la subjetividad contemporánea. Señala que hay que tomarse en serio la estrategia “farsesca” del fenómeno, porque lejos de volverlo inofensivo, se ha convertido en un recurso muy eficaz para incorporar un repertorio neoautoritario, autocrático y protofascista. También plantea que es necesario recuperar militancias como los feminismos, el ambientalismo y el movimiento de derechos humanos, que abren los debates universales y estructurales que los progresismos realmente existentes no están impulsando. 

 

En el libro señalás que Milei no es solo un fenómeno político. ¿Cómo lo caracterizarías? ¿Qué expresa de novedad?

No creo que sea una sola novedad. Sería inadecuado pensar a Milei como un fenómeno solamente político y meramente electoral. En el libro digo dos cosas: una tiene que ver con el pasado y otra con el futuro.

La que tiene que ver con el pasado es la imposibilidad de dar una explicación puramente electoral y solamente política del fenómeno. En esto disiento con las primeras lecturas, que dieron una explicación unilateralmente ocupada por la responsabilidad que los gobiernos kirchneristas habían tenido en el surgimiento del fenómeno Milei, y que desacreditaban las explicaciones que buscaban conectarlo con otros fenómenos de las ultraderechas globales y con las innovaciones técnicas y culturales que habían estado en la base de esta emergencia.

Se tendió a dar una explicación demasiado unilineal, basada en lo político y en la defección de lo político en los últimos años, que desconectaba al fenómeno Milei de un fenómeno global más amplio y de procesos culturales, subjetivos y técnicos que no son solo político-económicos, sino que también hablan de una transformación del debate público, de la concepción de la temporalidad de los jóvenes, del estallido del salario como organizador social; es decir, todo un conjunto de variables que excedían el marco de lo meramente político.

La primera consecuencia de ampliar el espectro de comprensión del fenómeno Milei tiene que ver con dar una explicación civilizatoria de su surgimiento y no meramente política. Pero, a la vez, expandir el rango de lecturas obliga también a una perspectiva a futuro que entienda que sin Milei vamos a estar igual frente a un conjunto de problemas que ya no son meramente político-electorales, sino que son esas condiciones subjetivas, técnicas y culturales que hicieron que Milei esté donde actualmente está.

Esto implica entender que el desafío que tenemos no es Milei solamente, sino el mileísmo. El mileísmo es un decantado epocal que encontró en Milei el punto de fuga, la vía de escape, pero que va a poner a la fuerza que venga a relevarlo —y ojalá sea lo más pronto posible— ante un conjunto de desafíos que van a seguir estando más allá de La Libertad Avanza, más allá del libertarianismo como orientación o del anarcocapitalismo en términos económicos. Tiene que ver con una transformación muy radical de la subjetividad política.

Es decir, el libro en última instancia diagnostica una crisis en los procesos de transmisión generacional, y esa crisis no se va a saldar porque gane el peronismo. El peronismo que venga eventualmente va a tener que saber incluir esa expansión de la subjetividad ante la que estamos. El mundo salarial estalló y la subjetividad letrada y cívica estalló. El pueblo ya no es el trabajador formal, sino algo mucho más grande, y la ciudadanía ya no es el ciudadano informado con los diarios, sino algo muchísimo más amplio.

“El fascismo, que fue la gran tragedia política del siglo XX, en el siglo XXI se presenta como una farsa organizada. Que sea una farsa organizada, para algunos, lo convierte en un proyecto político inofensivo o un poco ridículo. Pero tenemos que tomarnos en serio esa estrategia farsesca, porque lejos de volverlo inofensivo, se ha convertido en un recurso muy eficaz para incorporar un repertorio neoautoritario, autocrático y protofascista”, advierte García.

¿A qué llamás “fascismo cosplay”?

Hay algo de lo cosplay que nombra este carácter farsesco o pantomímico de una estrategia neoautoritaria que, sin embargo, no adopta los rasgos rígidos, militares y policiales de las formas autoritarias tradicionales.

Milei, en 2019, como una especie de anticipación de lo que vendría después, hizo su cosplay del general Ancap: una especie de profeta de la buena nueva anarcocapitalista que venía de uno de estos territorios paraestatales llamado Liberland. Milei no olvida esa figura del cosplay libertario y la incorpora actualmente como un dibujo animado de una especie de superhéroe que lo presenta siendo y no siendo él mismo.

Cuando hablo de fascismo cosplay, estoy pensando en distintas cosas a la vez. Se puede evocar la figura del 18 Brumario, esa historia que se repite: en primer lugar como tragedia y luego como farsa. El fascismo, que fue la gran tragedia política del siglo XX, en el siglo XXI se presenta como una farsa organizada. Que sea una farsa organizada, para algunos, lo convierte en un proyecto político inofensivo o un poco ridículo. Lo que yo intento decir es que tenemos que tomarnos en serio esa estrategia farsesca, porque lejos de volverlo inofensivo, se ha convertido en un recurso muy eficaz para incorporar un repertorio neoautoritario, autocrático y protofascista.

Ellos se presentan precisamente como autoirónicos, es decir, como si ni siquiera ellos mismos creyeran que son efectivamente fascistas. Esa capacidad autoirónica convierte a la farsa en una suerte de blindaje contra las posibles críticas: algunos sostienen que no se les puede llamar fascistas porque son una especie de farsa total. El hecho de que sean farsa los ha adaptado a un conjunto de estrategias y formas de comunicación contemporáneas, como la cultura memética, por ejemplo.

El fascismo cosplay es un fascismo que aprendió, después de la segunda posguerra, a normalizarse en un contexto de hegemonía democrática y de desconfianza hacia los regímenes autocráticos y los golpes de Estado. La idea de horadar la democracia no con golpes que vinieran de fuera, sino con estrategias que van descomponiendo sus parámetros fundamentales desde dentro, lo convierte en la forma más eficaz de implantar agendas de discusión, repertorios políticos y formas de subjetivación propias del fascismo tradicional.

 

Señalás que la democracia seguirá siendo una opción en el futuro, pero no la única. De esa manera introducís el concepto de posdemocracia. ¿Por dónde pasa la importancia de esa noción?

Como todo concepto de moda, tiene la dificultad de no estar estabilizado. El libro se expone a esos riesgos, empezando por la propia idea de fascismo cosplay, que por supuesto no es un concepto analítico de la sociología política, sino una suerte de figura conceptual con un toque irónico que intenta nombrar cierta realidad, a la espera de conceptos un poco más consistentes que irán viniendo cuando las discusiones vayan decantando.

Del mismo modo, posdemocracia es un concepto en formulación, con un debate abierto respecto a su sentido. Pero la razón por la que lo uso está muy vinculada a la idea de fascismo cosplay: tiene que ver con un tipo de ataque a la democracia que no le viene de fuera, sino de dentro. La idea de posdemocracia intenta nombrar ese conjunto de fuerzas y vectores antidemocráticos que aprendieron que la mejor manera de descomponer la democracia no es un golpe de Estado, sino un conjunto micropolítico de estrategias que van descomponiendo paso a paso cada uno de sus engranajes, empezando por la propia construcción de la subjetividad política. El desdibujamiento de la división de poderes y la tendencia autocrática de ciertos liderazgos son ejemplos de esos mecanismos que se van deteriorando.

La razón para usar un término sin una definición tan nítida es que tenemos que levantar las alertas en relación a los procesos de fascistización. No importa si es fascismo o no. Lo que importa es reconocer procesos de fascistización que saben medrar desde dentro de los propios mecanismos de la democracia.

“El debate sobre los derechos humanos, el feminismo, el ambientalismo —es decir, sobre modos de producción—, el debate sobre el extractivismo sistemáticamente producido sobre los pueblos originarios: son todos debates universales y económicos en su estructura. Lo que estoy planteando es recuperar las fuentes históricas de una concepción vigorosa de democracia”, señala Luis García.

¿Cómo debería plantarse el progresismo popular ante esta avanzada de las derechas en las condiciones posdemocráticas actuales?

La deslegitimación del conjunto de banderas vinculadas con las militancias y la creatividad política a lo largo de nuestra posdictadura —al subsumirlas bajo la idea de que recaímos en un conjunto de luchas parciales e identitarias, vinculadas con reclamos que no eran verdaderamente universales— derivó en el colmo del progresismo desentendido de los problemas sociales. Lo que esto está logrando es precisamente deslegitimar todas las fuentes de nuestra cultura democrática.

La manera en que la derecha participa de este proceso posdemocrático es denunciando todas las agendas que supimos conseguir y transformándolas en nichos de privilegios, bajo la rúbrica de esa palabrita horrible que en muchos lugares del libro condeno: la idea de lo woke. Condena un conjunto de luchas como, en primer lugar, parciales y, en segundo lugar, identitarias; es decir, parciales y no universales, identitarias y de reconocimiento pero no de distribución, o sea no económicas. Dos críticas que la propia izquierda está adoptando, en donde la autocrítica tiende a convertirse en un proceso de disolución de nuestras propias raíces históricas, que no podemos abandonar, que no podemos dejar que la derecha diagnostique como un fracaso total. Y ahí lo conecto con la teoría del pasarse tres pueblos.

La discusión sobre posdemocracia y posdictadura es clave, porque necesitamos, para combatir este proceso de desertificación de la democracia desde dentro, recuperar todas esas militancias que de ninguna manera fueron no universales o no económicas. El debate sobre los derechos humanos, el feminismo, el ambientalismo —es decir, sobre modos de producción—, el debate sobre el extractivismo sistemáticamente producido sobre los pueblos originarios: son todos debates universales y económicos en su estructura.

Lo que estoy planteando es recuperar las fuentes históricas de una concepción vigorosa de democracia. Porque pareciera que nosotros mismos, en el altar de la autocrítica del progresismo, estamos dispuestos a arriar nuestras banderas. Las ciencias sociales, las humanidades, el debate intelectual han legitimado un proceso autocrítico indiscriminado y una cultura mediática que empezó a ser capturada por un peronismo de derecha. La discusión sobre si esto es fascismo o no parece inocua, pero no lo es, porque lo que está por detrás es una discusión política muy importante: si arriamos las banderas progresistas o no.

Hay una frase que me parece deleznable de principio a fin, que dice que te podés casar con un canguro pero no te podés comprar un dos ambientes. Lo que esa frase sostiene es que el feminismo no está discutiendo la deuda, ni la división sexual del trabajo, ni la economía informal. Yo digo lo contrario: los únicos que sostuvieron el discurso económico de clase fueron los feminismos y los ambientalismos, que sostienen que el modelo productivo que tenemos nos está llevando a un desastre. Fueron los pueblos originarios quienes señalaron que hay una acumulación primitiva sostenida en el tiempo. Todos estos no son temas menores; son temas centrales en la discusión política hoy.

¿Cuál es el diagnóstico del peronismo? ¿Quién discutió la economía informal cuando algunos estaban discutiendo nimiedades? Fue el feminismo. ¿Quiénes pensaron en toda la gente que iba cayendo por fuera del pacto social peronista, esa gente que recogió la ambulancia de Milei? Precisamente todos estos discursos: el feminismo centralmente, pero no solo. La cuestión ambiental, la cuestión indígena. No podemos volver a desacoplar estructura de superestructura, como si el feminismo fuera superestructural.

Los que sostuvieron el discurso de clase en tiempos de defección de los progresismos gobernantes fueron precisamente el feminismo y el debate ecocrítico: el feminismo planteando el problema de la división del trabajo y la informalidad, y el debate ecocrítico planteando cuál debía ser nuestro modelo productivo. Discusiones económicas de fondo que se están debatiendo poco en el peronismo.

 

Sostenés que la consigna «Memoria, Verdad y Justicia» sigue siendo una consigna del presente y, al mismo tiempo, que perdimos el reaseguro de la transición. ¿Podés desarrollar esta idea?

Hay una herencia de la militancia de derechos humanos que es inclaudicable y fundamental. A la vez, acuerdo absolutamente con la necesidad de autocrítica, pero para eso no es necesario abjurar de las propias creencias e ideologías. Lo que habría que pensar es cómo puede reformularse y relanzarse esa herencia en un contexto adverso.

En lo referido a las políticas de derechos humanos, hay algo que para mí es clave: el vínculo entre lenguaje y justicia. Eso es algo que trabajo de distintas maneras a lo largo del libro y que me concierne en términos filosóficos y hasta, casi me animaría a decir, espirituales. Llego a formular apuestas muy fuertes que no sé si puedo siquiera fundamentar del todo, en relación al valor absoluto que le otorgo a la vida lingüística como presupuesto de la vida democrática, política y humana misma.

En nuestro país, el movimiento de derechos humanos formula esa consigna matricial que habla de los vínculos entre memoria, verdad y justicia: raigambre histórica, concepción del lenguaje en relación con la verdad y un vínculo ético del lenguaje. Yo pienso desde ahí; no puedo pensar desde otro lugar. Y siento que si renunciamos a una concepción ética de la lengua, perdimos. Pareciera que no hay nada que discutir porque no hay dónde discutir. ¿Qué es lo que el fascismo le hace al lenguaje? Esa es una pregunta determinante.

Hay algo en el movimiento de derechos humanos que logra capturar, que tiene que ver con ese indisoluble ensamblaje entre lenguaje y justicia. Eso es determinante para cualquier apuesta a futuro. Esa consigna es inamovible, porque nada podría decirse por fuera de ella, salvo la cloaca digital que descompone la única herramienta que tenemos para recomponer lo común: el lenguaje.

Ahora bien, dentro de las militancias de derechos humanos hubo algo respecto de la consigna «nunca más es nunca más» que me resultó oportuno tratar de descomponer: la idea de la evidencia. La construcción tautológica de esa consigna me parecía muy problemática, porque de alguna manera lo que no dejaba ver es que la lucha por los derechos humanos no es una conquista para siempre, sino una lucha hoy, aquí, ahora y en todo momento.

No es una impugnación de las luchas de los derechos humanos, sino una impugnación del modo en que dimos por saldada una discusión. La estructura tautológica de esa consigna en particular redundaba en una posición enunciativa que tenemos que romper: la de dar por descontadas ciertas cosas que, por tan amplias y generales, creemos que están aceptadas por todos, y eso no es así.

Ese es el doble componente: por un lado la matriz del vínculo entre lenguaje y justicia, y por otro la necesidad de renovar cada minuto, cada año, cada marcha, porque nunca más no es nunca más —y ahí está Victoria Villarroel para señalarlo—. Los debates nunca están saldados. No hay que dar nada por descontado.

 

4Palabras

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