Argentina / 7 febrero 2026

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Anatomía del rechazo: claves para armar nuevas mayorías contra la ultraderecha en el Cono Sur

Radiografía del bloque anti-Milei: un archipiélago que une a universitarios y sectores populares bajo el rechazo a las armas y la demanda de un orden estatal. El desafío de transformar un veto defensivo en una alternativa democrática sólida.

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La irrupción de las ultraderechas en América Latina no es un fenómeno meteorológico, aunque a veces se lo analice con la perplejidad de quien ve caer granizo en las Salinas Grandes de Jujuy o en el desierto de Atacama. A diferencia de la gradualidad europea, donde ascienden mediante coaliciones parlamentarias, en nuestra región el presidencialismo y el balotaje funcionaron como aceleradores de partículas. Personajes como Javier Milei, Jair Bolsonaro o José Antonio Kast no llegaron al poder solo por la seducción de su doctrina, sino por un voto castigo contra gestiones desgastadas.

Sin embargo, detrás del ruido de las motosierras y los discursos inflamados, existe una mayoría silenciosa que los estudios suelen ignorar. El informe “Mapeando los límites electorales de la ultraderecha: Argentina, Brasil y Chile”, elaborado por la Fundación Friedrich Ebert y los investigadores Cristóbal Rovira Kaltwasser, Javier Sajuria y Nerea Palma, se propone analizar no a los convencidos, sino a ese 60% del electorado que rechaza los liderazgos extremistas.

La principal tesis del informe es que la oposición a la ultraderecha no constituye un bloque monolítico ni un proyecto progresista unificado. Es, más bien, de una “coalición negativa”. Lo que mantiene unido a este vasto archipiélago de votantes no es una agenda cultural homogénea, sino un veto compartido: la convicción de que ciertos límites democráticos y sociales no deben cruzarse. En Argentina, este rechazo tiene una columna vertebral universitaria y urbana, pero convive con un “centro católico” de clase media y un “conservadurismo popular” que mira con desconfianza tanto la estética del caos como la privatización de la seguridad.

“En términos de intensidad del rechazo, el bloque educado urbano y la juventud popular conforman los anclajes duros del eje anti-Milei, mientras que el centro católico de clase

media y el conservadurismo popular constituyen sus bordes elásticos”, explican en el informe.  En estos dos últimos sectores, el punto de quiebre probable no se ubica en la esfera cultural, sino en las evaluaciones de gestión, seguridad y corrupción. “Los movimientos de opinión en estos sectores dependerá menos de identidades ideológicas y más de percepciones sobre la capacidad del gobierno para garantizar estabilidad”, advierten. 

También sugieren estrategias de comunicación diferenciadas. En Ciudad de Buenos Aires y las grandes áreas urbanas se debería enfatizar en los ejes gestión y derechos. En el Gran Buenos Aires, la prioridad pasa por la “seguridad estatal sin armas” y servicios públicos confiables –transporte, salud, educación–, como expresión de un “orden cotidiano” deseable.

Si el campo democrático no logra dotar de contenido propositivo a este mapa de diferencias —si no puede ofrecer seguridad sin violencia y estabilidad económica sin exclusión—, el límite de la ultraderecha podría volverse tan poroso como la paciencia de las mayorías. Lo que hoy es un veto rotundo, mañana puede ser un nuevo cansancio de quienes ya no encuentran en las instituciones una respuesta a su cotidianeidad.

 

Los puntos ciegos y los consensos del rechazo

El informe revela datos fundamentales que desarman prejuicios sobre quiénes se oponen a líderes como Milei. Ahí surge uno de los “pegamentos” posibles para el armado de una coalición opositora. En una sociedad polarizada, el rechazo a la libre tenencia de armas es el consenso más robusto, que une a progresistas universitarios con sectores populares. La demanda de orden en Argentina pide un Estado que cuide, no un “sálvese quien pueda” de gatillo fácil.

Otro dato clave: Argentina presenta un rasgo distintivo frente a sus vecinos. El 78% de la población afirma que la democracia es siempre preferible. Pero un 11% admite que salidas autoritarias podrían ser necesarias si la seguridad o los ingresos se deterioran drásticamente.

La cuestión de la seguridad abre una paradoja. Quienes rechazan a la ultraderecha no son necesariamente “garantistas”. El centro católico y el conservadurismo popular muestran apertura hacia la pena de muerte o la mano dura. La diferencia crucial es que buscan esa autoridad dentro de las instituciones estatales, rechazando el mesianismo violento.

 

Geografía y religión: factores de fragmentación

El rechazo tiene tonadas distintas según el mapa. En Brasil, el antibolsonarismo es regional y estatal; el Nordeste y el sur católico se aferran a las políticas sociales como escudo. En Chile, la fragmentación es la norma: sin estructuras como el peronismo o el PT brasileño, el rechazo a Kast es volátil y carece de un canal institucional sólido.

En Argentina, la religión opera más como marca social que como brújula política. El catolicismo, por ejemplo, se asocia tanto a un conservadurismo que valora el orden como a una clase media que rechaza el estilo confrontativo de la ultraderecha. Incluso la presencia evangélica en la juventud popular no se traduce automáticamente en conservadurismo político. Se trata de grupos que combinan precariedad material con valores inclusivos.

Uno de los hallazgos más interesantes es la fractura controlada en temas de género. Mientras los sectores más educados defienden el aborto y el matrimonio igualitario, los sectores populares mantienen posturas tradicionales. Sin embargo, este desacuerdo no quiebra la coalición: el costo identitario de validar a la ultraderecha sigue siendo más alto que la discrepancia con el ideario liberal.

Por el contrario, el eje Estado/Mercado muestra poca capacidad articuladora. El debate sobre el tamaño del gasto público fragmenta a la oposición. “Las posiciones sobre igualdad de ingresos y tamaño del gasto estatal se distribuyen de forma fragmentada, y aparecen combinaciones contraintuitivas: sectores populares conservadores que apoyan la igualdad, pero defienden la austeridad, y grupos educados con mayor tolerancia a las diferencias de ingreso”, señalan en el análisis. Los discursos que mejor cohesionan a este grupo son los que apelan a la eficacia, la probidad y la estabilidad, más que a “discusiones abstractas” sobre la redistribución de la riqueza.

La conclusión del estudio de la Fundación Ebert funciona como una advertencia política. La ultraderecha ha logrado simplificar el tablero, pero su techo electoral está marcado por una heterogeneidad que no está dispuesta a entregar la convivencia democrática. El riesgo es que este rechazo se quede en una aversión coyuntural. Si el campo democrático no logra dotar de contenido propositivo a este mapa de diferencias —si no puede ofrecer seguridad sin violencia y estabilidad económica sin exclusión—, el límite de la ultraderecha podría volverse tan poroso como la paciencia de las mayorías. Lo que hoy es un veto rotundo, mañana puede ser un nuevo cansancio de quienes ya no encuentran en las instituciones una respuesta a su cotidianeidad.

 

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