Argentina / 8 febrero 2026

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América Latina y el reto de la revolución tecnológica 

América Latina se enfrenta a una transformación tecnológica que promete mayor productividad pero amenaza con profundizar las desigualdades. En un escenario de reformas laborales e inestabilidad política en la región, el desafío está en convertir la innovación en una herramienta de inclusión y soberanía frente al avance del capital transnacional.

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Mientras el gobierno argentino avanza con una reforma laboral que arrasa derechos adquiridos por los trabajadores, y una reforma educativa que debilita la formación pública, el mundo atraviesa un vertiginoso cambio tecnológico que afecta ambas áreas, generando temores y entusiasmo. Nuestra realidad comparte diagnóstico y perspectiva con la región, y en ese sentido, América Latina y el Caribe enfrentan oportunidades y amenazas en un presente políticamente heterogéneo, envueltas en los conflictos de la nueva globalización y arrastrando dificultades y promesas incumplidas para sus sociedades.

La Inteligencia Artificial puede ser una oportunidad para mejorar la productividad y la competitividad de las empresas. Para los sectores ligados a la producción primaria, la economía extractivista y los servicios financieros, asociados generalmente con el capital trasnacional, aprovecharla es una meta alcanzable. Por el lado de las Pymes industriales y los comercios, las dificultades pueden ser mayores si no cuentan con programas públicos y acceso a la financiación. Todavía hay desafíos a superar en infraestructura, más allá de los avances conseguidos en las últimas décadas. En acceso a 4G se está 14 puntos por debajo de la cobertura total que tienen las economías avanzadas, y las tecnologías de quinta generación tiene una cobertura de tan solo el 2% en la región, según los datos presentados por la Oficina de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Esto supone inconvenientes para la conectividad que requieren los establecimientos productivos y el aprovechamiento de los equipos modernos.  

La región tiene, además, muchas desigualdades entre países y dentro de ellos.  Chile y Uruguay presentan realidades muy distintas a Honduras o Nicaragua; mientras que en Argentina el 68% de la población cuenta con una computadora en su casa, en Haití sólo el 11%.  También hay diferencias internas; en Colombia el 80% del quintil con mejores ingresos tiene conectividad en sus hogares, el más bajo, en cambio, apenas supera el 20%.  En Paraguay, país que suele tomar de ejemplo la derecha argentina, esa medida baja al 10%.

En un contexto de aumento de la desocupación y el pluriempleo, las habilidades digitales son un recurso importante. El manejo de las tecnologías de plataforma abre la puerta a diferentes formas de generar ingresos, generalmente precarizados. Una propuesta superadora a los proyectos laborales y educativos de la derecha debe apuntar a resolver esas desigualdades y apropiarse de las oportunidades que ofrezca la coyuntura.

Superar la falta de infraestructura requiere políticas sostenidas en el tiempo y, en ocasiones, coordinadas entre países.  Eso choca con la heterogeneidad política.  Mientras algunos países, como Brasil o México, presentan tendencias de centroizquierda exitosas; hay países que consolidan gobiernos de derecha conservadores, como Paraguay; los demás pendulan entre una tendencia y otra al ritmo de la desilusión popular y la inestabilidad institucional. La polaridad entre identidades y proyectos políticos se amplía dentro de los países y entre ellos.

Esa inestabilidad se tensiona por las disputas comerciales entre EE.UU. y China, y más aún, por las disputas geopolíticas con Rusia. Donald Trump amenaza con iniciar un conflicto con Venezuela, en tanto Nicolás Maduro recibe el apoyo de Vladimir Putin. Así, se corre el riesgo de que una escalada bélica arrastre a los otros países de la región.

La agresividad con que EE.UU. presiona a los países de ALC para alinearlos a sus intereses económicos dificultan los diálogos y acuerdos regionales, a la vez que interfiere con la libertad de incorporar tecnología y proyectos del gigante asiático, que hoy por hoy, aventaja en la carrera de innovación a los norteamericanos. Tampoco es un contexto favorable para planificar cómo insertarse en la cadena de valor, en lugar de quedar sometidos a ofrecer nuestros recursos naturales bajo las condiciones más ventajosas posibles al capital extranjero.

Hacia dentro de los países de ALC, las nuevas tecnologías conllevan el riesgo de ampliar y consolidar las desigualdades sociales ya existentes. Por un lado, pueden aumentar la desocupación.  Por otro, existen diferencias muy marcadas entre los sectores de la población que tienen competencias básicas (navegar por internet y configurar cuentas), intermedias (del ámbito laboral como diseño, edición y análisis de datos), y altas (ciberseguridad, IA, big data).  Los sectores rurales, los de bajos recursos y los adultos son los que presentan las mayores dificultades para manejar las nuevas tecnologías. En un contexto de aumento de la desocupación y el pluriempleo, las habilidades digitales son un recurso importante. El manejo de las tecnologías de plataforma abre la puerta a diferentes formas de generar ingresos, generalmente precarizados.  Una propuesta superadora a los proyectos laborales y educativos de la derecha debe apuntar a resolver esas desigualdades y apropiarse de las oportunidades que ofrezca la coyuntura.

 

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