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El Gobierno desmantela el Programa de Cardiopatías Congénitas: el riesgo de desarmar lo que funciona

La gestión de Javier Milei asfixia el programa que descentralizó las cirugías por cardiopatías, una iniciativa que durante años alcanzó éxito a nivel federal. El diputado Pablo Yedlin advierte que el fin de la coordinación técnica y el corte de recursos materiales destruyen una red sanitaria única en la región.

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En el mapa de la salud pública argentina, el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas (PNCC) había logrado consenso y gran eficacia. En el uso de los recursos y en sus resultados. Creado en 2008 y convertido en ley en 2023, este dispositivo articuló una red federal de 15 centros especializados para dar respuesta a la malformación congénita más común y letal en el país. Sin embargo, bajo la actual gestión de Javier Milei, este engranaje de precisión médica y equidad territorial enfrenta un proceso de asfixia que amenaza con devolver al sistema a la precariedad de hace dos décadas.

El escenario es crítico: cada año nacen en Argentina unos 4.500 niños con cardiopatías, la segunda causa de mortalidad infantil después de la prematurez. Cerca de la mitad de ellos requiere una intervención quirúrgica antes de cumplir el primer año de vida. La atención rápida, oportuna y coordinada es clave para reducir las posibles secuelas y la mortalidad. Gracias al PNCC, se realizaban cerca de 800 cirugías anuales. De esta manera, se logró una reducción sostenida de la mortalidad infantil, con reconocimiento internacional.

Para el diputado nacional y médico pediatra Pablo Yedlin, presidente de la Comisión de Salud y Acción Social de la cámara baja, el éxito del programa residía en haber roto el centralismo absoluto que obligaba a cada paciente del interior a terminar en el Hospital Garrahan de Buenos Aires.

Yedlin recuerda que, originalmente, el sistema público estaba colapsado por la concentración de casos en la Ciudad de Buenos Aires. El programa surgió para generar focos de cirugía vascular infantil en provincias como Tucumán, Córdoba y Mendoza, resolviendo patologías de mediana complejidad a nivel local y permitiendo que el Hospital Garrahan se concentrara en los cuadros de máxima gravedad.

“El programa permitió que las de mediana complejidad se resolvieran en otros lugares y se descomprimiera el Garrahan para que las cirugías más complejas lleguen ahí en tiempo”, explica el legislador. Según su análisis, este modelo no solo salvaba vidas al reducir los tiempos de espera, sino que fomentaba una “expertiz en las provincias” que permitía a los equipos médicos locales subir peldaños en la calidad de su respuesta sanitaria.

Sin embargo, esa estructura hoy se desmorona. La supervisión y la rectoría nacional, que antes monitorizaba resultados y derivaba pacientes según la gravedad y la lista de espera, han desaparecido. Ya no hay quien coordine el flujo de vida entre los nodos; el silencio administrativo reemplaza a la gestión federal.

El fin de los insumos y el ahogo financiero

La crisis no es solo de gestión, sino de recursos materiales. Durante los últimos dos años, los centros de Tucumán, Córdoba y Mendoza han denunciado el cese en la entrega de insumos críticos. Equipos que fueron instalados con fondos nacionales —como bombas de circulación extracorpórea, instrumental de terapia intensiva y equipamiento de alta tecnología— hoy carecen de reposición.

A esto se suma el desfinanciamiento del Programa SUMAR, el mecanismo por el cual los hospitales provinciales facturaron las cirugías a la Nación. Yedlin advierte sobre la gravedad de este corte en la cadena de pagos, señalando que existen retrasos de más de un año. Al no recibir los fondos, los nodos provinciales pierden la capacidad de atender a niños de jurisdicciones vecinas, rompiendo la lógica solidaria que permitía que, por ejemplo, en Tucumán se operaran pacientes de Salta, Jujuy o Catamarca.

El riesgo es tangible: sin el Estado articulando la red, el sector privado no tiene capacidad para resolver las cardiopatías de 4.500 niños al año. Lo que hoy se desmantela no es solo un programa administrativo, sino la garantía de que el lugar de nacimiento no sea una sentencia de muerte para un recién nacido con un problema de corazón.

El detonante final de la crisis ocurrió entre Navidad y Año Nuevo, cuando el Ministerio de Salud decidió no renovar el contrato del equipo de tres coordinadores médicos que gestionaban la red nacional. Tres sueldos a cargo del Estado central. El diputado relata que esta decisión provocó una renuncia masiva de cardiólogos y cirujanos en los centros de todo el país, quienes comprendieron que el fin de la coordinación técnica era el acta de defunción del programa.

Ante el argumento oficial de que el Hospital Garrahan puede absorber todas las intervenciones, Yedlin es tajante: “No es verdad que no hagan falta los coordinadores, porque si todos los pacientes vuelven a ir al Garrahan, se acaba el programa. Las cardiopatías menos complejas empiezan a demorar los turnos para las más complejas y deja de ser eficiente”.

La ley que había sido aprobada por unanimidad en el Senado en 2023 y que tuvo su origen en proyectos de la bancada de la UCR, hoy es desmantelada por quienes, en su momento como diputados, fueron los únicos en oponerse: el presidente Javier Milei y la vice Victoria Villarruel.

Para Yedlin, no se trata de una búsqueda de equilibrio fiscal, ya que el ahorro por los sueldos de los coordinadores es insignificante para el presupuesto nacional. “Hay una mirada sesgada ideológica de que el Estado no puede hacer nada bien, y entonces estas cosas que las hace bien parece que se sienten en la obligación de destruirlas”, sentencia. El riesgo es tangible: sin el Estado articulando la red, el sector privado no tiene capacidad para resolver las cardiopatías de 4.500 niños al año. Lo que hoy se desmantela no es solo un programa administrativo, sino la garantía de que el lugar de nacimiento no sea una sentencia de muerte para un recién nacido con un problema de corazón.

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