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Niños de plomo: el caso bonaerense que supera la ficción

Una serie de Netflix revive la lucha de una médica contra la contaminación fabril en la Polonia socialista. Pero el drama trasciende la pantalla: en Florencio Varela, familias enteras denuncian décadas de envenenamiento. Un crudo espejo entre la ficción y la realidad argentina sobre las "zonas de sacrificio" y la resistencia ambiental.

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Imagen ilustrativa de serie de Netflix Niños de Plomo

Formamos parte de una zona de sacrificio, denuncian las víctimas de contaminación ambiental. Y es que, precisamente, el proceso de radicación de fábricas contaminantes en áreas urbanas, fue convirtiendo los barrios aledaños a las grandes ciudades en zonas inhabitables. Basada en un caso real de contaminación fabril en la Polonia socialista de los años setenta, Niños de plomo, la producción televisiva de Netflix, grafica la catástrofe ambiental generada por la actividad de una planta siderúrgica en la ciudad industrial de Szopienice. 

Desarrollada en seis episodios, la serie protagonizada por Joanna Kulig (Guerra fría, Ida), narra la historia de lucha de la médica pediatra Jolanta Wadowska-Krol, quien se propone desenmascarar el silencio oficial ante el inusitado aumento de menores intoxicados por plomo. Luego de constatar que los casos de los niños gravemente enfermos eran silenciados por las autoridades (con altos índices de anemia y retraso cognitivo entre otros síntomas), el recorrido de la doctora la llevó no solo a enfrentar el silencio oficial sino el de toda una comunidad que naturalizaba el espanto. 

Pese a las amenazas que recibió y al intento por callarla, la porfía de Wadowska-Krol obligó a que el gobierno tomara medidas para revertir la crisis ambiental y logró en 1975 la demolición de las viviendas situadas junto a las chimeneas de la planta fundidora en Pawel, el retiro de 200 mil toneladas de tierra contaminada y el establecimiento de programas de apoyo nutricional a los menores afectados. En 2021, Wadowska-Krol fue reconocida por la Universidad de Silesia al recibir un doctorado Honoris Causa por sus años de “valentía e integridad médica”.

En el barrio La Rotonda de Florencio Varela la realidad supera la ficción: vecinos denuncian décadas de envenenamiento por plomo debido a la actividad industrial. Se verificaron calles rellenadas con desechos de baterías y niveles de plomo en suelo que superan 20 veces el límite residencial.

El drama ambiental más allá (y más acá) de la pantalla de TV 

Lejos de ser entendida como mera serie de denuncia social, Niños de plomo resulta espejo del conflicto ambiental que padecen decenas de barrios afectados por la actividad industrial de firmas categorizadas por ley como categoría 3, es decir, altamente contaminantes: el caso de La Rotonda, barrio obrero de Florencio Varela, es uno de ellos. 

Rodeado de un anillo de empresas en el que, entre otras, se encuentran afincadas la curtiembre Gibout Hermanos y los Laboratorios Químicos Prolac, La Rotonda se emplaza en el kilómetro 32,5 de la Ruta Provincial N° 36, cercano al parque provincial Pereyra Iraola. Industrial Varela, firma “recicladora de baterías de plomo”, se jacta desde su página web de llevar 47 años ininterrumpidos en la fundición de metales no ferrosos y de contar con “la habilitación pública de tratamiento de residuos peligrosos en el reciclaje de acumuladores plomo- ácido”. 

Sin embargo, más de tres décadas de denuncias de los vecinos revelaron no solo las patologías de los niños afectados por plombemia (envenenamiento por plomo) sino que la firma rellenó las calles del lugar con los desechos y los restos de su producción. Esto ocurrió en los noventa y generó una contaminación superior a la de un Parque Industrial: la cantidad de plomo residual en las calles llegó hasta las napas de agua y contaminó el arroyo Las Conchitas, a escasos 500 metros, cuyos surcos de agua presentan altos niveles de contaminación biológica y química, además de ser reservorio del vuelco de efluentes cloacales e industriales de distintas empresas. 

Según Lusía Choque, docente jubilada de la Escuela Nº 42 que, -contrariamente a lo que aduce la firma vive en el barrio antes de la llegada de la empresa-, “desde Industrial Varela quemaban las baterías y con las cenizas salían a tapar los baches de las calles del barrio. Ignorábamos lo que hacían, los creíamos buenos vecinos. Yo no entendía por qué los chicos tenían la cabeza cerrada, por qué no comprendían. Luego a partir de investigar supe que era uno de los síntomas de la contaminación crónica con plomo”. 

En los ochenta, y ante la exigencia de los vecinos, La Rotonda fue categorizado como zona mixta. Pero la medida permitió que se afincaran nuevas fábricas y el aire se volviera irrespirable. A raíz de la lucha vecinal, el lugar fue declarado en emergencia sanitaria en 1997 y bajo crisis ambiental en abril de 2006

Ese mismo año, a instancias del Municipio local se conformó un Comité de Crisis, que organizó un operativo de salud y realizó tomas de muestras y análisis en suelo, aire y agua. Uno de los informes de suelos suscriptos por las autoridades locales arrojó un valor de 10.099 mg/kg, superando 10 veces el límite para uso de suelo industrial y 20 veces el límite para uso residencial. A su vez, la concentración de plomo en agua se encontró en el límite máximo indicado por el Código Alimentario Argentino.

El plomo es calificado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un “metal pesado contaminante, no biodegradable y persistente en el ambiente, cuyos efectos en los niños pequeños –especialmente vulnerables a la alta toxicidad del metal- pueden afectar el desarrollo del cerebro, lo que a su vez entraña una reducción del cociente intelectual, cambios de comportamiento -por ejemplo, disminución de la capacidad de concentración y aumento de las conductas antisociales- y un menor rendimiento escolar. Se cree que los efectos neurológicos y conductuales asociados al plomo son irreversibles”. 

La plombemia, también llamada saturnismo, es el envenenamiento provocado por altos índices de plomo en sangre. Los síntomas incluyen retrasos en el desarrollo, dolor abdominal, irritabilidad y cambios neurológicos. La exposición al plomo también causa anemia, hipertensión, disfunción renal, inmunotoxicidad y toxicidad en los órganos reproductores. Consultada en 2022, la doctora en Química y titular de la cátedra de Toxicología de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) Leda Gianuzzi, recordó que desde la facultad trabajaron varios años con la comunidad: “Tuvimos acceso a los análisis de los niños y en muchos casos, los resultados eran muy altos. Esas cantidades de plomo serían un futuro problema mental y cognitivo. A partir de nuestra intervención, suspendieron el Comité de Crisis. Fue todo complejo; los médicos toxicólogos del Hospital de Niños me decían que los problemas de conducta de los chicos se debían al alcoholismo de los padres. Y ya tenían los resultados de las plombemias”.          

En 2022, a raíz de la causa judicial presentada por algunos vecinos con el patrocinio del letrado José Martocci, director de la Clínica Jurídica en Derechos Humanos de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP, la justicia falló a favor de la comunidad y ordenó el traslado de la firma o que “reconvierta su actividad, dejando de utilizar o fundir plomo en menos de un año”. Ninguneadas y silenciadas, las mujeres que llevaron adelante tres décadas de lucha, cuyos hijos tienen plomo en sangre en niveles inhumanos, buscan reparación y que sus proles respiren un aire más sano. Muy recomendada Niños de plomo, que reivindica el rol de la mujer en la transformación social, porque, al decir del escritor uruguayo Raúl Zibechi, “son las madres las más capacitadas para afrontar la despiadada soledad de atravesar el desierto social y hacerlo intactas trasmutando dolor en voluntad”.  

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