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Groenlandia: el helado capricho de Trump

La ambición del norteamericano por la enorme isla resurge en su segundo mandato como un capricho personal impulsado por intereses financieros y ansias de expansión. Sin filtros institucionales, el presidente desafía a una Europa con liderazgos de baja intensidad.

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ARCHIVO - Casas cubiertas de nieve se ven en la costa de Nuuk, Groenlandia el viernes 7 de marzo de 2025. (AP Foto/Evgeniy Maloletka, Archivo)

La explicación de la pretensión de Donald Trump sobre Groenlandia es la que ningún analista que se respete a sí mismo querría dar: un capricho. Como todo en la política exterior del presidente norteamericano hasta ahora, las razones están escondidas a la vista de todos. El hombre más poderoso del mundo se encarga de matar todas las interpretaciones, dice lo que quiere y quiere lo que dice. Sobre Groenlandia en particular, fue claro en su pretensión de avasallar la soberanía de ese territorio durante la extensa conferencia de prensa que ofreció en su club de campo de Mar-a-Lago poco antes de asumir la presidencia por segunda vez. En esa ocasión, no descartó el uso de la fuerza para incorporar la isla al territorio de su país.

Trump ya le había propuesto la compra de Groenlandia a Dinamarca en 2019, durante su primera presidencia. Mientras él calificó su idea como “una gran operación inmobiliaria”, la primera ministra danesa (de entonces y de ahora), Mette Frederiksen, la adjetivó como “absolutamente absurda”. Tras ese salvo inicial, la idea quedó de lado, aunque Trump dedicó a Groenlandia bastante de su tiempo, abriendo un consulado en la capital Nuuk, ofreciendo un paquete de asistencia de 12 millones de dólares para el desarrollo de la energía y los recursos naturales, la expansión del intercambio educativo y el impulso a la industria turística del país, y sobre todo, convenciendo al gobierno danés, en 2018, de asumir la financiación de obras para la ampliación o construcción de dos aeropuertos que el gobierno groenlandés planeaba llevar a cabo con financiamiento de bancos estatales chinos.

Otra de las cosas que Trump no oculta es que siempre devuelve los favores a quienes están dispuestos a financiarlo, sea con la adjudicación de contratos gubernamentales, con nombramientos en cargos apetecibles o con el indulto presidencial, en caso de ser necesario. En lo que hace a Groenlandia, los periodistas estadounidenses Peter Baker y Susan Glasser en su libro The Divider, documentan que Trump recibió la idea de hacerse del territorio semiautónomo danés de Ronald Lauder, el heredero de la firma de cosméticos Estée Lauder. Aportante al fondo Trump Victory en 2016, ha contribuido también, en 2025, al fondo Maga Inc. Consciente del hecho de que, como lo ha señalado agriamente el ex-asesor de seguridad nacional de Trump, John Bolton, el presidente archiva “fragmentos de información que escucha de sus amigos, los toma como verdad y luego nadie puede cambiar su opinión”, Lauder, que lo conoce hace 60 años, no dejó pasar la oportunidad de señalarle Groenlandia en el mapa. Compinche de Trump en el autointerés, Lauder ha realizado ingentes inversiones en Groenlandia desde que le plantó la sugerencia al inquilino de la Casa Blanca. Ahora espera los dividendos de su presencia.

El segundo mandato de Trump, anunciado sin tapujos como un tiempo de “ajuste de cuentas y venganza”, viene con un elenco de cuadros con trayectorias estrafalarias cuya entronización en los más altos cargos depende estrictamente de participar del culto del líder. Se trata de un gobierno donde no hay lugar para el “no”, ni tampoco para el “pero”. Las obsesiones del presidente se transforman en acción de gobierno sin mediaciones.

A pesar de que la picazón de Groenlandia acompaña a Trump desde su primer mandato, no ha sido hasta que ganó el segundo que ha puesto la cuestión al tope de la agenda. Ello se debe sin duda a que entre 2017 y 2021 su gobierno preservaba algunos rasgos de institucionalidad que cuatro años después fueron borrados de un plumazo. La primera presidencia estuvo llena de funcionarios que no debían toda su carrera exclusivamente a Trump, sino a alguna trayectoria profesional y al Partido Republicano. En ese contexto, las decisiones tomadas en última instancia por Trump, eran el resultado de un proceso que involucraba otras voces y otras ideas y tomaba otros tiempos. Groenlandia no salió del radar del gobierno, pero las acciones de contención a China en la isla se llevaron adelante, como vimos en el caso de los aeropuertos, con tanta eficacia como discreción. Las decisiones así tomadas tuvieron continuidad bajo el sucesivo gobierno de Biden. Distintos analistas coinciden en que éstas han logrado quitar mayormente a China de la escena.

El segundo mandato de Trump, anunciado sin tapujos como un tiempo de “ajuste de cuentas y venganza”, viene con un elenco de cuadros con trayectorias estrafalarias cuya entronización en los más altos cargos depende estrictamente de participar del culto del líder. Se trata de un gobierno donde no hay lugar para el “no”, ni tampoco para el “pero”. Las obsesiones del presidente se transforman en acción de gobierno sin mediaciones. 

Frente a esta realidad, quedan obsoletos los encuadres que buscan razones disimuladas detrás de las palabras. Trump no juega conceptualmente a las escondidas. En la entrevista que el New York Times publicó el 11 de enero, el presidente no usó eufemismos para explicarse: “El sentido de propiedad es muy importante, porque creo que es lo que psicológicamente se necesita para el éxito”. Hace semanas, la cancillería danesa empezó a ofrecer anónimamente a los medios una explicación que tal vez creyeron pudiera suscitar un rapto de pudor en Trump: pretende inscribir su nombre en la lista de presidentes que lograron expandir la superficie de los Estados Unidos.

La invasión a Venezuela le permitió al líder estadounidense sacudirse de una vez el irritante mote de T.A.C.O. (Trump Always Chickens Out, que podríamos traducir al argentino como “Trump siempre arruga”). Ahora duplica su apuesta: con la OTAN de por medio, está convencido de que los europeos pestañearán primero. No le caben dudas acerca de quién tiene más para perder. Estos juegos siempre tienen finales aleatorios, pero la baja estatura de los liderazgos en el Viejo Continente dibuja en la mente de Trump un adversario sencillo de aplastar. Estamos cerca de despejar la incógnita.

 

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