La diplomacia de la subordinación
El aislamiento geopolítico, los alineamientos ciegos con liderazgos en decadencia y la tensión con socios estratégicos exponen la peligrosa deriva de una política exterior que confunde el rol de Estado con la agitación militante.
- noviembre 7, 2026
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La reciente derrota de Donald Trump en las elecciones de medio término en Estados Unidos y la desorientación acompañada por el estridente silencio del gobierno argentino en la semana, tal como sucedió tras el épico triunfo de Lula da Silva en Brasil, vuelven a poner en evidencia los riesgos que provocan la política exterior del mileísmo.
Para el presidente, las relaciones internacionales se basan en sus ideas y afinidades personales y no, como debería ser, en los intereses nacionales. Milei parece desconocer el papel institucional y la representatividad que implica ejercer la presidencia. Se desempeña como lo que es, un improvisado que llegó a la Casa Rosada, que divide el mundo en amigos y enemigos según su limitado esquema ideológico.
La estrecha relación de Milei con Trump que, vale reconocer, le resultó útil para pilotear las elecciones legislativas del año pasado y sostener el modelo económico de ajuste y endeudamiento, comienza a perder efectividad a partir de la debilidad del estadounidense que entra a sus dos años finales de mandato en el contexto de un dominio demócrata de ambas cámaras legislativas, la pérdida de gobernaciones y, fundamentalmente, un claro registro de rechazo de la mayoría de la población. Esto presumiblemente dificulte futuras ayudas del tesoro estadounidense a nuestro país.
El alineamiento incondicional con Washington tiene, por cierto, sus costos. Implica la participación argentina en iniciativas como el “escudo de las Américas”, la “pax silica”, la acción frente al “resurgimiento del terrorismo político” y otras desplegadas por el país del norte para asegurarse el control del acceso y procesamiento de minerales críticos –litio y tierras raras– imprescindibles para la fabricación de hardware tecnológico. Para EE.UU. se trata de una coalición para impedir el acceso de China a esos insumos estratégicos disponibles en la región a la que considera su “patio trasero”. Para Argentina, en cambio, ese alineamiento implica allanarse a los intereses de las corporaciones norteamericanas, en desmedro de la posibilidad de articular con otros actores globales.
Injerencias
Milei viaja a menudo al exterior y Estados Unidos fue, por lejos su destino más elegido. La mayoría de sus incursiones en países extranjeros no fueron visitas de Estado sino reuniones de distintos grupos de la ultraderecha global, entrega de premios sin ninguna relevancia y apoyos a candidatos en distintos procesos electorales. Si bien los dos primeros motivos no justifican un viaje financiado con recursos públicos (es decir, “con la nuestra”), la injerencia de un jefe de Estado en asuntos internos de terceros países (elecciones) es particularmente grave en el ámbito diplomático.
Para EEUU el “Escudo de las Américas” es una coalición para impedir el acceso de China a los insumos estratégicos disponibles en la región a la que considera su “patio trasero”. Para Argentina, en cambio, ese alineamiento implica allanarse a los intereses de las corporaciones norteamericanas, en desmedro de la posibilidad de articular con otros actores globales.
Esta semana, en su viaje a España, volvió a las andadas con una pobre participación en la cumbre Iberoamericana, en la que faltó a la mayoría de las actividades, debió estrechar la mano del presidente español, Pedro Sánchez, a quien había llamado “corrupto” y “dictador”, entre otros calificativos, en varias visitas previas al país ibérico, en las que se pronunció en favor de su amigo y candidato del ultraderechista Vox, Santiago Abascal.
Más grave fue la situación suscitada con el principal socio comercial del país: Brasil. Milei no solo insultó reiteradamente al presidente Lula da Silva y apoyó al candidato opositor, Flávio Bolsonaro, sino que, tras la victoria del ex obrero metalúrgico del 25 de octubre, brindó apoyo operativo a la huida del hijo del expresidente preso por intento de golpe de Estado hacia Estados Unidos. Todo bajo un halo de clandestinidad y coordinado por el asesor sin cartera Santiago Caputo.
En ese contexto no sorprende que las relaciones bilaterales atraviesen su peor momento, sin presencia de embajadores en las respectivas sedes diplomáticas.
Del otro lado la actitud fue diferente. Vale recordar que Brasil, bajo la presidencia de Lula y con Milei en la Casa Rosada, se hizo cargo entre de agosto de 2024 y enero de este año de la representación de los intereses de Argentina en Venezuela y la custodia de su embajada en Caracas cuando se había producido la expulsión de los diplomáticos argentinos de dicho país. Pasando en limpio, mientras el presidente argentino insultaba a su par brasileño, este cuidaba los intereses de nuestro país en Venezuela. La diferencia entre un estadista y un presidente que se desempeña en el ámbito internacional más como un agitador que como un jefe de Estado.
Con triunfos así…
Otra arista de la política exterior que llama la atención es el alineamiento absolutamente acrítico con el premier israelí, Benjamin Nethanyahu, acusado por la Corte Penal Internacional de presuntos crímenes de guerra y de dirigir ataques contra la población civil de la Franja de Gaza. A tal punto llega el respaldo del libertario, que en las últimas semanas felicitó dos veces a Nethanyahu por su “triunfo” en las recientes elecciones parlamentarias. Las comillas en la palabra triunfo corresponden ya que, pese a que el partido del primer ministro fue el más votado, no le alcanza para formar gobierno y está muy cerca de perder el poder a manos de su principal opositor, Gadi Eisenkot.
En cuanto a admirar criminales de guerra Milei ostenta una trayectoria. Antes de ser presidente había manifestado varias veces su valoración positiva de Margaret Thatcher, responsable de la muerte de 323 argentinos en el ataque al crucero general Belgrano, en 1982, cuando navegaba fuera de la zona de guerra. Eso no impidió que Milei reivindique su figura. Claro que luego del “banderazo” mundialista, cuando la causa Malvinas recuperó bríos al ritmo de la selección primero y de la movilización popular luego, los libertarios descubrieron que había un reclamo soberano al que habían ignorado hasta el momento y comenzaron a reivindicar la pertenencia de las islas al territorio nacional.
Si bien no se puede reprochar que a partir de entonces el presidente incluya el reclamo en sus discursos, también hay que señalar que el gobierno aprovechó la oportunidad para impulsar un proyecto de ley, denominado de Defensa de la Soberanía Nacional. Dicha propuesta, que ya fue modificada por pedido de Estados Unidos para que no afecte a las empresas de ese país, incluye una avanzada de La Libertad Avanza (LLA) por sobre el consenso democrático de la separación entre Fuerzas Armadas, fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia, y abre las puertas a la participación militar en asuntos de seguridad interior.
Finalmente, la caída del paraguayo Santiago Peña suma nuevas malas noticias para el gobierno argentino. El país vecino era presentado como uno de los modelos económicos hacia los que apuntaba el rumbo oficial. Para Milei, “Paraguay es un ejemplo de lo que hay que hacer en materia económica”. El derrumbe del principal banco del país y la renuncia de Peña ante el avance de un juicio político en su contra parecen indicar que sería mejor buscar otros modelos.
El problema, en definitiva, excede las simpatías personales del presidente Milei o sus recurrentes exabruptos en el escenario internacional. Lo que está en juego es la ausencia de una política exterior concebida desde los intereses estratégicos de la Argentina, su soberanía y sus necesidades de desarrollo. Milei ha convertido las relaciones internacionales en una extensión de su batalla cultural, subordinando decisiones de Estado a alianzas circunstanciales, liderazgos en retroceso y afinidades ideológicas. Las derrotas de sus aliados, los conflictos con países vecinos y el aislamiento en ámbitos multilaterales exponen los riesgos de esa apuesta.
Los gobiernos pasan, los alineamientos cambian, pero las consecuencias de una diplomacia irresponsable pueden comprometer durante años los intereses del país.
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