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Picada cultural: profecías revolucionarias, premoniciones vaticanas
Un recorrido por hitos culturales que anticipan el clima de época y confrontan lo establecido. De los festejos de la Bersuit y las canciones que presagiaron el malestar social a la deconstrucción del mito papal a través del cine.
- noviembre 7, 2026
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Mientras se expandía la derrota de Donald Trump ante los demócratas en Estados Unidos y miles de ahorristas paraguayos salían a las calles de Asunción a protestar por una estafa bancaria que provocó la renuncia y el juicio político del presidente Santiago Peña, la noche del martes tenía en Buenos Aires su propia resonancia histórica. Bersuit Vergarabat copó el Movistar Arena para celebrar los 25 años de Hijos del culo, el álbum que a comienzos de siglo terminó de consolidar a la banda –tras el éxito previo de Libertinaje– como un fenómeno masivo y popular, capaz de saltar del under universitario a llenar el Monumental en 2007.
Grabado en Los Ángeles bajo la producción de Gustavo Santaolalla, Hijos del culo fue el disco que despojó a la banda de prejuicios. Allí confluyeron el rock, la cumbia, el folklore, el candombe y la murga. Entre sus surcos latía un malestar cotidiano y barrial transformado en himno, canciones que presagiaban la conmoción social inminente.
En la noche húmeda en Villa Crespo, el festejo –que coincidió con el lanzamiento de su nuevo álbum en vivo grabado– supo sortear los habituales problemas acústicos del Movistar y desplegó una puesta de pijamas, máscaras de palomas, cuerpos de baile contemporáneo, murgas e invitados de lujo por doquier. Cucuza Castiello sumó su voz tanguera, La Delio Valdez encendió la pista, Lisandro Aristimuño prestó su sensibilidad y Lito Vitale incorporó sus teclados. El tramo final tuvo al folclorista formoseño Lázaro Caballero en “La argentinidad al palo” y la murga de mujeres Baila la Chola aportó matices a “Negra murguera”.
Antes hubo pasajes que resonaron con fuerza, como la interpretación de “Vuelos” –aún subvalorada la precisión de esa poesía sobre las desapariciones forzadas de la última dictadura– dedicada a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el recuerdo de Diego Maradona en “Toco y me voy”, y la remera del vocalista Dani Suárez recordando que las Malvinas son argentinas.
Hijos del culo fue, ante todo, un disco que captó el clima previo al 2001. En algún punto, este aniversario se vivió como un regreso al punto de inicio. En un mapa global marcado por los retrocesos de la ultraderecha en las elecciones de Brasil, Estados Unidos e Israel; y por el avance de las protestas populares que recorren desde las calles de Europa hasta el centro de Asunción, las canciones de Bersuit demostraron un diagnóstico y una potencia vigentes. Una pregunta quedó flotando en el aire, tan urgente como hace un cuarto de siglo: ¿Se viene?
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El cine y la figura papal han mantenido una relación prolífica, entre la veneración, las intrigas palaciegas y la deconstrucción del mito. Por su naturaleza de poder milenario y su carga simbólica como mediador entre lo terrenal y lo divino, el rol del obispo de Roma se ha consolidado como uno de los más complejos de retratar en la pantalla grande.
La historia del papado en el cine comenzó casi en simultáneo con el nacimiento del propio séptimo arte. A finales del siglo XIX, el representante de los hermanos Lumière en Italia, Vittorio Calcina, y William Kennedy Dickson de la Biograph Company registraron las primeras imágenes del Papa León XIII en los jardines del Vaticano. Allí el antecesor de Robert Prevost saluda y bendice a la cámara. El cine así irrumpe para volver al papa una personalidad accesible a la gran masa del pueblo.
Hollywood adoptó una postura épica o laudatoria en las primeras décadas de su hegemonía industrial. Películas bíblicas trataban la institución con reverencia y ceremoniosidad, mientras que más tarde relatos como Las sandalias del pescador (1968), con Anthony Quinn en el papel de Cirilo I, mostraban la tensión entre la diplomacia internacional y la caridad cristiana durante la Guerra Fría.
Con la llegada del cine moderno europeo, la sacralidad del Vaticano fue expuesta a miradas irreverentes. Ninguna fue tan corrosiva como la de Federico Fellini. En Roma (1972), concibe un “desfile de moda eclesiástica”. Una sátira que exhibe la visión de un pontífice cubierto de destellos dorados y construye un espectáculo de pomposidad vacía y decadente.
Con el cambio de siglo, la trastienda de las elecciones vaticanas se convirtió en terreno fértil para el thriller forjado por las mil vueltas de tuerca que exigen las nuevas plataformas. Cónclave (2024), dirigida por Edward Berger, se sumerge en los cabildeos que siguen a la muerte de un papa. La trama se centra en las alianzas secretas, las ambiciones personales y los choques ideológicos entre sectores conservadores y progresistas de la Iglesia.
En cambio, Los dos papas (2019), dirigida por Fernando Meirelles, optó por un enfoque centrado en el diálogo de ideas y personalidades. A través de grandes actuaciones de Anthony Hopkins (Benedicto XVI) y Jonathan Pryce (el entonces cardenal Jorge Bergoglio), pone el foco en los encuentros previos a la renuncia de Ratzinger. Diálogo y contrapunto entre dos cosmovisiones antagónicas –la ortodoxia doctrinaria frente al pragmatismo pastoral– para abordar las crisis contemporáneas de la fe religiosa.
Tal vez la mirada más inteligente y profundamente humana sobre el papado siga siendo Habemus Papam (2011), dirigida por el italiano Nanni Moretti. Protagonizada de manera magistral por Michel Piccoli en el rol del cardenal Melville, la película comienza luego del cónclave. Cuando el nuevo Pontífice debe salir al balcón de la Basílica de San Pedro para presentarse ante el mundo, sufre un ataque de pánico. Lanza un grito desgarrador y huye hacia el interior de los aposentos vaticanos. El mérito de Moretti radica en colocar el foco en el peso simbólico y emocional de lo que significa ser papa. Expone las incertidumbres de un hombre común sobre el que se posan las miradas, demandas y esperanzas de millones de creyentes.
Junto a su perspicacia psicológica, la obra adquiere una resonancia histórica profética. Estrenada dos años antes de la renuncia de Benedicto XVI, anticipó también el giro que dio la Iglesia Católica. El desenlace evoca la llegada de un papa latinoamericano –argentino, para ser más precisos– con un final donde late la voz de Mercedes Sosa en Todo cambia. En ese clímax liberador, se sella el retrato de una institución obligada a confrontar sus transformaciones inevitablemente humanas.
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Esta semana llegó a la redacción Diccionario político de inteligencia artificial, de Natalia Zuazo. Publicado por Ediciones Godot, el libro parte de una premisa urgente: la IA no es un fenómeno neutral, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y geopolíticas sobre qué financiar, qué optimizar y a quién servir. Especialista en políticas digitales y consultora de la Unesco, Zuazo desarticula el mito de la pura revolución tecnológica, analiza el choque entre Estados Unidos y China, la huella ambiental de los centros de datos, la automatización bélica y los dilemas de soberanía que enfrenta América Latina. Lo leeremos con atención.
A fines de noviembre llegará a las salas Bichos de mar, el documental de Tatiana Lichtensztein y Francisco Bendomir que posa la mirada en el detrás de escena de aquello que popularmente se denominó “el streaming del Conicet”. Es decir, la expedición que llevó un equipo de 25 científicos –23 biólogos, una geóloga y un artista– para recolectar muestras de la fauna local en un cañón submarino ubicado a 300 kilómetros de la costa de Mar del Plata. En nuestra web pueden leer una entrevista de Tamara Smerling a la realizadora Lichtensztein.
En esta entrega tuvimos rock que profetiza rebeliones populares, pantallas que humanizan lo antes visto como protocolar. Extraños cruces entre memorias de premonición y futuros que parecen ser un regreso al pasado. Hasta aquí llegamos por hoy, nos leemos la semana próxima. Saludos cordiales de este redactor.
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