Una verdad más verdadera: cómo Libertad Demitrópulos reescribió la historia del Río de la Plata
Ficción, disidencia y memoria de los derrotados: cómo la obra emblemática de Libertad Demitrópulos cuestionó las crónicas oficiales del Río de la Plata y fundó una poética para devolverle la voz a las mujeres de la conquista.
- septiembre 17, 2026
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Dice la escritora María Teresa Andruetto: “la ficción es una mentira que se construye para decir una verdad más verdadera que la verdad” en su libro Extraño oficio, publicado en 2021 por Random House. Andruetto trabaja “una verdad más verdadera” en su propia escritura y también lo hace como codirectora de la colección Narradoras Argentinas de Eduvim, en la cual rescató y reeditó a escritoras argentinas desplazadas del canon literario tradicional. Una de ellas fue Libertad Demitrópulos.
Demitrópulos había nacido en el Departamento de Ledesma (Jujuy) en 1922, cerca del ingenio azucarero. Crecer en la mixtura pluriétnica no fue gratuito. En 1981, publica su tercer novela: Río de las congojas, un relato en el que pone en crisis la verdad historiográfica acerca de la segunda fundación de Buenos Aires, la participación de los mestizos, indios y negros en ella y, sobre todo, la de las mujeres.
Ricardo Piglia ubica a esta novela en una tradición integrada por tres obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río de La Plata. Y le hace compartir el podio con Zama de Antonio Di Benedetto y El entenado de Juan José Saer. La historia se centra en la figura de María Muratore, mestiza, casada sin consentimiento con Blas de Acuña y amante de Juan de Garay, que viaja por el territorio entonces fantasmal de Buenos Aires, Asunción y Santa Fe. Es Blas de Acuña, a orillas del río, quien recuerda a su “muertita”, mientras su voz se intercala con la de la propia María Muratore, la de Isabel Descalzo y la de un narrador omnisciente.
“Yo, María Muratore, asesina, ladrona, sacrílega, bruja, engatusadora de hombres, que hasta había osado manchar el ilustre nombre del gran Conquistador, mezclándolo en una sucia historia de amoríos. Pero ya antes de llegar a este puerto -¿quién lo ignora?- fui arrojada de la casa de mi padrino por perjura, por desagradecida, por ambiciosa, por puerca. Allá en la Asunción bien marcado había quedado mi nombre. […] ¿Qué hacer? ¿Tiene la mujer derechos sobre su cuerpo y dispone de albedrío?”, reflexiona.
“Al muchacho que me servía le compré la vestimenta; me armé de suficientes cartuchos con su correspondiente arma; tomé todo el dinero que me quedaba de la venta del anillo y sin esperar que cayera la noche salí de la casa dispuesta a vender cara mi libertad” cuenta María justo al momento en que se traviste y pasa a ser Fernán Gómez, “tan huraño, sin materia, puro callar”, “echar fuego con la culebrina, vociferando, gritando como el que más”.
Rio de las congojas es la construcción de una poética de lo histórico, una poética de la memoria y la política. Cuestiona las crónicas oficiales de la conquista y las versiones apologéticas como la de Juan de Garay. Adopta la construcción de una línea alternativa, donde se tensan lenguas, memorias, cuerpos y voces. Pone en revisión el aspecto historiográfico y aspira a pensarlo, incluyendo la perspectiva de los derrotados. Construye con ellos una memoria en segundo grado que transforme la memoria primaria y hegemónica. Sus miradas son las que cuestionan la perspectiva “oficial” de la historia y, con ello, construyen una poética de la disidencia en la que las mujeres son decisivas en el devenir histórico y se alternan con las voces plurigenéricas y pluriétnicas.
Rio de las congojas es la construcción de una poética de lo histórico, una poética de la memoria y la política. Cuestiona las crónicas oficiales de la conquista y las versiones apologéticas como la de Juan de Garay. Adopta la construcción de una línea alternativa, donde se tensan lenguas, memorias, cuerpos y voces. Pone en revisión el aspecto historiográfico y aspira a pensarlo, incluyendo la perspectiva de los derrotados. Construye con ellos una memoria en segundo grado que transforme la memoria primaria y hegemónica.
El gesto de Río de las congojas es recuperar a nuestros muertos, anticipado en el poema de Yannis Ritsos, uno de los poetas griegos más importantes, que abre la novela como epígrafe: “Conviene que guardemos a nuestros muertos y su/ fuerza, no sea que alguna vez/ nuestros enemigos los desentierren y se los lleven/ consigo. […] Convendría/ que nuestros enemigos nunca supiesen dónde los/ tenemos enterrados.// Quizás será más seguro que los guardemos/ dentro de nosotros mismos, si podemos,/ o, todavía mejor, que ni siquiera nosotros sepamos dónde/ yacen./ Tal como se han puesto las cosas en nuestros tiempos/ -quién sabe-,/ puede que hasta nosotros mismos los desenterráramos/ y los tiráramos algún día.”
Demitrópulos recupera datos históricos como las mujeres venidas a estas tierras con Mendoza, entre las que llegó, vestida de hombre, Isabel de Guevara. En su carta a la Princesa Doña Juana, Gobernadora de los Reinos de España, Isabel de Guevara reclama a la corona mejores condiciones. Denuncia el hambre que pasan y reclama las tierras y armas que les habían prometido. Sobre la figura de esta mujer, Demitrópulos imagina a María Muratore, instruida en armas por su padrino, que muere en el campo de batalla travestida en Fernán Gómez: “ella se despedía de esta vida y de este mundo, reconociendo ser María Muratore, la muchacha de La Asunción, la guerrera de Santa Fe, aquella amante de Buenos Aires y este Fernán Gómez de El Brete. Alguien que quiso ser libre, siendo mujer. Que para eso guerreó con el amor y el desencanto, como peleó con el indio. Era pesado ser mujer en un mundo de varones. Mucho le había costado sobrellevar esa carga. […] Agradecía a su padrino de quien aprendió que la mujer puede muchas cosas: oler a pólvora, tirar el arcabuz, escribir y leer según la ocasión, decidir sobre su destino, y amar como una ocupación del alma y no solo del cuerpo…”.
Escribió Demitrópulos en el prólogo a Quién pudiera llegar a Ma- Noa:
“Muchos años después de escribir mis novelas he podido comprobar que la imaginación, además de conocimiento concitado por el asombro y el descubrimiento, es también un camino para acercarse a la verdad. Que la verdad no la da únicamente la documentación historiográfica irrefutable y comprobada, sino también la dimensión imaginaria, la fantasía del escritor y de todo hombre que pueda situarse en esa dimensión. A esto yo lo llamo la transhistoria, que es la que crea personajes y hechos ignorados, subyacentes, anónimos, que la historia no ha recogido porque se ocupa solamente de héroes y prohombres […] La imaginación enriquece la historia, nos acerca a la verdad.”
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