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Disciplinados: la anestesia azul del tiempo 

Pantallas que anestesian, soledades compartidas y la disciplina de sufrir en silencio mientras el tiempo transcurre sin pausa. El vacío cotidiano y la desconexión social.

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Persona utilizando un celular en un ambiente oscuro, reflejando la relación entre las pantallas, la tecnología, la soledad y la desconexión social.

Es principio de octubre y los días soleados apenas se encienden como luces intermitentes para dejarse ganar por las nubes grises y la lluvia hasta ahora leve. En las calles deambulan cada vez menos autos y menos gente. En las plazas, sólo cuando el día es soleado, se amontonan pequeños grupos como bichitos en la luz. 

En los negocios pocos o casi nadie, sino es nadie. Apenas algunos curiosos quizás pregunten precios que después compararán con los de los sitios de internet. Los comerciantes mutarán su cara alegre de bienvenida por la de fastidio cuando salgan con las manos vacías. Nunca están vacías de verdad. Todo está al alcance de la mano porque en la mano está el celular. 

Pocos en las plazas charlan y se distienden. Revisan cada dos por tres el artefacto de ocho centímetros por cinco para averiguar algo que se escapa de las manos, del tiempo presente, real, concreto. Que es en definitiva lo único que se escapa certeramente.

Las sombras que proyectan las luces de la pantalla deforman nuestros rasgos. Ahí miramos la hora, revisamos los mensajes, scrolleamos, chequeamos nuestras cuentas para saber si nos queda algo de dinero al menos, algo con lo que podríamos saciarnos, distraernos, envalentonarnos, validarnos y anestesiar nuestro vacío existencial. Es que no se puede estar consiente todo el tiempo de la impermanencia, de que nada queda quieto, que nosotros tampoco permaneceremos, que en definitiva deberíamos estar haciendo algo de nuestra vida, algo para después, un poco de trascendencia que nos deje en calma. Pero nada quedará fuera de las fauces del tiempo y del olvido.

Mejor desatenderlo y volver al celular. O correr de un lado a otro, no se sabe bien qué ni hacia dónde. Es que si aparece el detenimiento propio -a sabiendas de que nada se detiene-, aparece el vacío, el tiempo inasible y la lluvia leve que ennegrece el día aún más. “Como si un día sin hacer fuera -entonces sí- un día sin…”. Sin mí, completo la frase.

El escritor estadounidense Alfred Hayes escribió: “…nos quejamos en voz bien baja. De que nos casamos con la chica equivocada, aceptamos el empleo equivocado, vivimos vidas equivocadas.

Y qué intentos lastimosos hacemos para curarnos: cultivamos jardines ridículos, nos inscribimos en clubes, nos prometemos releer todos los libros importantes que descuidamos. Creemos que deseamos una vida más sencilla, más activa, más al aire libre, y todos los miércoles asistimos a los bailes en el patio de la escuela local, imaginando que una danza popular es el camino de vuelta a una comunidad amigable y que unos jeans y una camisa a cuadros restituyen la comunicación con el extraño que vive al lado.

Lo único que no perdimos, pensé, es la capacidad para el sufrimiento. El sufrimiento nos sale bien. Pero es un sufrimiento silenciosísimo. No molestamos a nuestros vecinos con él. Nos desplomamos, pero nos desplomamos con la mayor disciplina imaginable. Así somos. Sin duda, así somos. Desplomadores disciplinados. Suicidio silencioso con pastillas en una bañera. O con gas en un dúplex. Sin traerle problemas a nadie; el testamento firmado ante escribano público, el piso barrido y el teléfono bien colgado.

Tu único vicio, pensé, eres tú mismo. El peor de todos. El que de verdad es incurable”.

Estamos siendo disciplinados en las emociones. Disciplina para ser feliz. Disciplina para sufrir. Cada una con su puntillosa reglamentación que implica básicamente no molestar a otros. Molestar no sólo en su sentido de incomodar sino sobre todo en el de poner una carga sobre otro.

Estamos siendo disciplinados en las emociones. Disciplina para ser feliz. Disciplina para sufrir. Cada una con su puntillosa reglamentación que implica básicamente no molestar a otros. Molestar no sólo en su sentido de incomodar sino sobre todo en el de poner una carga sobre otro. La carga ha de ser propia, según usos y costumbres, como ya nos mostró Sísifo. Cada uno llevando sobre sus espaldas la piedra cuesta arriba, bajo el resplandor azulado de la pantalla del celular, añorando que mañana sea un día soleado y podamos volver a encontrarnos dos o tres a orillas de los árboles y charlemos de algo, aunque sea por pocos minutos, antes de volver a chequear el celular para mirar la hora, hacer una selfie, ver los mensajes de quienes no están con nosotros, publicar algo acerca de la ley X que derogaron o de la marcha tal o del salario empobrecido o de las violencias en las escuelas o de la corrupción o cualquier cosa que muestre que somos conscientes de lo que está pasando en el mundo y que no vamos a permitirlo. Vamos a manifestarnos en el celular, aunque otro día cualquiera nadie marche ni proteste ni se queje.

Disciplinados silenciosísimos mientras todo se derrumba y clavamos los ojos en la única luz que tenemos al alcance y que, al igual a que los bichos, terminará por matarnos.

 

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