Con mística, cabeza y juego: Argentina ya está en la final
Luego de un primer tiempo batallado y después de quedar en desventaja, la selección argentina reaccionó con la lucidez táctica de Scaloni, la rebeldía de un plantel que se agiganta en la adversidad y la magia intacta de Lionel Messi. En una ráfaga arrolladora, la albiceleste dio vuelta el clásico ante Inglaterra y jugará su séptima final.
- julio 16, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Y Argentina llegó a su séptima final de Copa del Mundo. Contra Inglaterra jugó un primer tiempo de Copa Libertadores de los años setenta y en el segundo período una jugada que se veía venir puso en ventaja a los ingleses, pero de ahí en más, la selección albiceleste atropelló, jugó, tocó, le pegó al arco, hizo goles y le dio un baile bárbaro a los ingleses en esos últimos 30 minutos de partido.
Mostró su mejor cara. La que no había podido mostrar en todo el Mundial. La que todos queríamos ver. El equipo se transforma en una masa cuando está en la adversidad, en una fuerza colectiva inteligente y avasalladora que encuentra un imán como polo de atracción y que no para de ir hasta lograr la victoria de manera incontrolable.
Porque la selección fue ese equipo que no paró, que parece que tiene una o dos marchas más que todos los demás equipos del Mundial. Fue a buscar una vez más en desventaja, pero esta vez el rival era Inglaterra. Tenía al parecer algo mucho más difícil para doblegar, pero no estaban los papeles quemados como en otros partidos, el técnico argentino Lionel Scaloni cambió el libreto, contrarrestó el planteo y el ataque inglés.
Parecía que ganaba el duelo táctico el DT alemán de Inglaterra Thomas Tuchel. Había apostado todo su juego ofensivo a la banda izquierda con el ataque de Anthony Gordon y Djed Spence doblando a Nahuel Molina y a Giuliano Simeone. Y fue Gordon nomás el que sacó la ventaja para Inglaterra y puso el 1 a 0 a los pocos minutos del segundo tiempo. Pero respondió Scaloni: modificando todo el esquema que hasta ahí había armado un partido parejo. Lejos de las flojas actuaciones contra Cabo Verde, Egipto y Suiza.
Después de la pausa de hidratación, el DT argentino se la jugó con las entradas de Rodrigo De Paul por Leandro Paredes, Nicolás González por Nicolás Tagliafico, Gonzalo Montiel por Nahuel Molina, Nicolás Otamendi por Lisandro Martínez y Giuliano Simeone le dejó el lugar a Lautaro Martínez.
Leyó el partido esta vez el pujatense con los cambios. Acertó. Y los jugadores entraron convencidos de que no se iban a bajar de la final. Montiel fue con determinación, yendo una y otra vez por la banda, tirando centros y cerrando en defensa. Otamendi fue a buscar la pelota de cabeza a las dos áreas, para meterla y para sacarla. Nicolás González hizo toda la banda por la izquierda y hasta tuvo una de cabeza para marcar que se fue muy cerca. De Paul se puso la piel de cuando juega las eliminatorias y fue el motorcito para adelante y a los laterales, yendo de un costado al otro. Lo que le pedimos todo el mundial lo hizo en ese puñado de minutos. Y Lautaro entró también para lo que necesitábamos que era meterla.
Argentina fue una vez más como en los últimos partidos atropellando y pasando por arriba al rival, pero esta vez con juego, con fútbol, con ideas, determinación, pero la cabeza clara. Fue una andanada de ataques. Chicos yendo para adelante, sin tiempo que perder, porque se les iba el partido.
Entonces lo tuvo Nicolás González con un cabezazo que tapó el arquero. Unos minutos después vino un centro de Rodrigo De Paul que conectó de cabeza Alexis Mac Allister y dio en el palo. Dos minutos más tarde otra jugada, en ataque de argentina, esta vez por la izquierda, otra vez le da Mac Allister y otra vez da en el palo.
¿Qué pasó entonces? Lionel Messi que ya se había tirado a la derecha como hacía de chiquito en el Barcelona y como hacía Diego Maradona cuando no encontraba espacios. Se puso las pilchas de asistidor. Pegado a la línea de cal, se frenó en las puertas de área, juntó a dos ingleses para que el que entraba por el medio quedara sin marca. Y el que entró por el medio fue Enzo Fernández, que había probado varias veces al arco y se le había escapado por poco. Esta vez miró el reloj que marcaba el minuto 85, Lionel se la cedió a Enzo, que entró solo, le dio seco, perfecto, al lado del segundo palo. Nada que hacer para Jordan Pickford. Ese fue el 1 a 1. El empate que nos devolvió el alma al cuerpo faltando tan poco para terminar.
Y mientras seguíamos abrazándonos y festejando el empate, Messi siguió pensando. Con 39 años en el lomo, seis partidos de este mundial y con los 90 minutos apenas pasaditos de las semifinales, se fue otra vez por la punta, metió el centro con la pierna derecha, supuestamente la menos hábil, para que Lautaro Martínez –entre miles de ingleses metidos dentro de su área– le dé de cabeza a la red para poner el 2 a 1 final.
Repito: este equipo tiene una o dos marchas más que los demás. Al parecer cuando se ve en desventaja es cuando saca a relucir todo en la cancha, cuando prende todos los motores y prende fuego al rival. Como que necesita remontar. Doblegar al rival. El propio técnico Scaloni lo reconoció en rueda de prensa al finalizar el juego: “Este equipo es el que mejor juega cuando está en desventaja”.
Como si al verse derrotado en la adversidad se le despertara esa voracidad para alcanzar primero el empate y luego ganar. Es lo que venimos viendo en todas las definiciones de los mata mata de esta Copa del Mundo.
Hace unas décadas atrás se solía decir en los mundiales: “Nunca dejes con vida a los alemanes porque al final te ganan. Nunca se dan por vencidos”. Hoy algo de eso se trasladó por acá, por Argentina.
En la primera rueda alcanzó con Lionel Messi encendido y goleador para pasar sin más. Desde los dieciseisavos en adelante fue otra cosa. Perdió juego y ganó en emotividad, despliegue, potencia avasalladora, corazón y coraje para cerrar partidos en desventaja.
Para colmo este muchacho Tuchel cuando se vio en ventaja metió todo el equipo en el fondo. No pudieron generar ni siquiera un contragolpe y erró en todos los cambios de la misma manera que Scaloni acertó. Porque sacó a Gordon y Spence que eran los más peligrosos para refugiarse en el fondo. Tan al fondo se fue que perdió el partido.
Lejos había quedado un primer tiempo de Copa Libertadores de América de los años setenta u ochenta. Donde Argentina salió a meter, empujar, pegar, lastimar y no dejar jugar a Inglaterra. En realidad, para ser justos, los dos jugaron el mismo primer tiempo. Ambos querían demostrar que no se iban a dejar atropellar.
Por eso hubo casi 20 faltas durante esos primeros 45 minutos. Todos dijeron que solo era un partido de fútbol, pero ninguno de los dos jugó más de dos minutos un partido de fútbol. Fue una lucha.
Argentina esperando un poco más retrasado tardó unos 15 minutos en agarrar la pelota y poder avanzar. Cuatro minutos después llegó Inglaterra con una muy buena jugada colectiva pero el centro fue a las manos del Dibu Martinez.
Hasta el primer cooling break ninguno le había pegado al arco. Mucha marca, nada de juego. Todo nervio. Solo una jugada por izquierda de Gordon y Spence y un tiro de Enzo Fernández que besó el ángulo.
Argentina metió, marcó, pegó, ajustó y le hizo doler a Inglaterra. No lo dejó jugar en ningún momento. El mensaje fue claro. Hoy no jugás a nada. Los ingleses entendieron rápido y si bien intentaron algo más en ese primer tiempo, metieron y pegaron también hasta que el árbitro estadounidense pitó el final de los primeros 45.
Los ingleses también habían apostado todo a luchar. Jude Bellingham tuvo muy pocas claras en un duelo interminable con Leandro Paredes. Y a Harry Kane no le quedó una. Si no me equivoco, no pateó al arco en todo el partido. Y si tampoco me equivoco, salvo el gol, Inglaterra no pateó al arco argentino en todo el partido.
Ya con el 2 a 1 en contra, el técnico alemán quiso revertir sus errores metiendo en la cancha a dos delanteros, pero era demasiado tarde. Había despertado a este fenómeno avasallador que se lleva todo por delante a fuerza de ganas, toques y corridas de baby fútbol, coraje para jugar y esta vez también cabeza para jugar. Un equipo argentino que había inflado el pecho de manera tal que ya nada lo iba a lastimar y menos frenar.
Un párrafo aparte merece la actuación de este chico Julián Álvarez. Debo reconocer que me estaban cansando los comentarios “como presiona Julián”. Prefería y entendía que era mejor para la selección que haga goles en lugar de presionar.
Pero hoy jugó de todo, corrió toda la cancha y en el segundo tiempo era tal el sentido de la ubicación y el enfoque que tenía que todas pasaban por él, o en alguna parte de la jugada participaba o cortaba un avance. Le faltó el gol, pero jugó de todos los puestos que hacía falta en cada momento del partido.
El domingo se viene el partido final contra España que, en principio, parece ser la contracara de lo que es hoy el equipo de Scaloni. Pero hay que recordar que, antes del Mundial, era al igual que los españoles. Un equipo de posesión, toque, toque, dormilona y llegada al tranquito, pero que las adversidades en las que se vio enfrentado durante esta Copa del Mundo transformaron a la selección argentina en otra cosa. Que no siempre es la misma. Pero termina acabando con el rival.
Veremos cuál de esas caras de Argentina aparece en la final. Hace unas décadas atrás se solía decir en los mundiales: “Nunca dejes con vida a los alemanes porque al final te ganan. Nunca se dan por vencidos”. Hoy algo de eso se trasladó por acá, por Argentina.
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