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El laberinto de Ormuz: Irán maneja los tiempos ante los objetivos mutantes de Trump
Un frágil cese del fuego amenazado por nuevos enfrentamientos que ponen en riesgo el proceso de negociación entre Estados Unidos y Teherán. La guerra se extiende y el epicentro continúa siendo el bloqueo persistente al estrecho de Ormuz. Mientras Trump se desgasta haciendo anuncios de un acuerdo que luego no puede concretar, Netanyahu hace su propio juego en Líbano e Irán apunta al desgaste que genera un conflicto prolongado con consecuencias en la interna política de Estados Unidos.
- junio 3, 2026
- Lectura: 3 minutos
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El recrudecimiento de las hostilidades en el Golfo Pérsico, tras los nuevos ataques iraníes contra objetivos en Baréin y Kuwait, han desvanecido la ilusión de un rápido acuerdo entre Washington y Teherán. Esta interrupción del frágil cese del fuego expone de manera flagrante el estancamiento de las negociaciones de paz entre Washington y Teherán, a pesar de las cada día más insistentes aseveraciones de Donald Trump de que un acuerdo está cerca.
Lo que el presidente estadounidense anunció el pasado 28 de febrero de 2026 como una campaña bélica masiva, quirúrgica y fulminante —diseñada en teoría para durar entre cuatro y cinco semanas— ha cumplido ya un trimestre completo de parálisis estratégica. Nos encontramos ante una guerra de desgaste regional de consecuencias globales, cuyo principal epicentro de estrangulamiento económico sigue siendo el bloqueo persistente del estrecho de Ormuz.
Un pacto de mínimos tras una fachada maximalista
A pesar de la retórica maximalista y beligerante que caracteriza al trumpismo, un análisis pormenorizado de los borradores que se filtran de la negociación con Irán revela un descalce total entre la propaganda para consumo doméstico y las metas que se ha fijado EE.UU. después de sacar la cuenta de los daños que le ha infligido Irán en el transcurso de esta guerra asimétrica. Contrariamente a lo que los discursos públicos sugieren, no se persigue un acuerdo de paz integral y duradero, sino que emerge un pragmatismo con visos de desesperación que se traduce en una agenda de mínimos forzada por la urgencia de contener los daños económicos antes de que el descontento popular en casa sea irreversible. Trump hoy tiene tres demandas operativas inmediatas: la prórroga del cese del fuego, la subsecuente reapertura del estrecho de Ormuz y el abandono definitivo del programa bélico nuclear iraní. Sin embargo, lo que está dispuesto a ofrecer a cambio no implica ninguna concesión económica estructural, manteniendo intacto el grueso de las sanciones y negándose a liberar los fondos soberanos congelados en el extranjero. Así las cosas, el diálogo mediado por Pakistán entra en un impasse difícil de superar.
El vaivén estratégico: de la contención al cambio de régimen
El estancamiento se alimenta de la asombrosa volatilidad y la continua mutación de los objetivos declarados por Donald Trump desde que ordenó el ataque conjunto con Israel. Aquella madrugada, el mandatario justificó la intervención militar como un operativo enfocado estrictamente en destruir las capacidades navales y la industria de misiles de Irán para neutralizar amenazas definidas como inminentes. No obstante, tras confirmarse en las primeras horas del ataque la muerte del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, y de una cincuentena de altos mandos políticos y de la Guardia Revolucionaria, el relato de la Casa Blanca dio un giro radical.
Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu abrazaron la idea del cambio de régimen, instando explícitamente a la población iraní a sublevarse en las calles y «tomar el control de su propio destino». El cálculo político contaba con que un descabezamiento así provocaría la caída del estado teocrático. Tres meses después, constatado que estaba frente a un hueso sumamente difícil de roer, los objetivos de Trump se encogieron drásticamente: hoy le bastaría un acuerdo procedimental básico que le permita sacar los pies del fango en el que fue a meterse sin consultar a nadie.
Lo que el presidente estadounidense anunció el pasado 28 de febrero de 2026 como una campaña bélica masiva, quirúrgica y fulminante —diseñada en teoría para durar entre cuatro y cinco semanas— ha cumplido ya un trimestre completo de parálisis estratégica. Nos encontramos ante una guerra de desgaste regional de consecuencias globales, cuyo principal epicentro de estrangulamiento económico sigue siendo el bloqueo persistente del estrecho de Ormuz.
El «pastorcito mentiroso» en la Casa Blanca
Esta errática trayectoria diplomática es consistente con una estrategia comunicativa que se resume en un juego del pastorcito mentiroso. Desde hace más de un mes, mediante declaraciones improvisadas en los jardines de la Casa Blanca o a bordo del Air Force One y publicaciones compulsivas en la red Truth Social, Trump ha reiterado una y otra vez que «un acuerdo está muy cerca», que las conversaciones se encuentran «en su fase final» y que Irán está desesperado por firmar la paz. Esta coreografía del optimismo artificial puede ser entendida como consecuencia de la toma de conciencia acerca de las tendencias de la opinión pública estadounidense, que ya era contraria a la guerra antes de que Trump la iniciara y que hoy la rechaza más que antes, y de que los índices de aprobación de su gestión caen en picada debido a la inflación.
Cada anuncio triunfalista de la Casa Blanca ha sido desmentido casi de inmediato por las contrapropuestas iraníes o contestado con hostilidades en el terreno. La comunicación presidencial no logra engañar a nadie, prueba de lo cual encontramos también en la volatilidad bursátil de Wall Street. El problema del juego propuesto es la destrucción irreversible de la confianza: cuando la palabra pierde correspondencia con la realidad, se debilita también la capacidad de disuasión estratégica ante sus adversarios.
El juego propio de Israel en el frente libanés
Mientras Trump se empantana en esta simulación retórica, su aliado esencial en la guerra, Israel, ejecuta su propio juego con total autonomía, colisionando frontalmente con cualquier esfuerzo de distensión. Benjamín Netanyahu ha dejado claro que no se subordina a los términos del actual cese del fuego, y comunica implícitamente que no lo hará al acuerdo que eventualmente alcance Trump con el régimen iraní. La frágil tregua de estas semanas le dio a Israel la oportunidad de dejar eso en claro: lejos de congelar sus operaciones, las Fuerzas de Defensa de Israel han profundizado su avance militar terrestre y aéreo dentro del territorio soberano del Líbano, bajo el pretexto de neutralizar por completo a Hezbolá.
Esta ofensiva se ha caracterizado por la implementación de tácticas punitivas y la emisión de órdenes perentorias de evacuación masiva para la población civil en la histórica ciudad costera de Tiro y en los densamente poblados suburbios del sur de Beirut, como el distrito de Dahiyeh. Este desplazamiento forzoso de la población, una violación flagrante del Derecho Internacional Humanitario, es un efecto secundario del objetivo perseguido solitariamente por Netanyahu: consolidar hechos consumados e inalterables sobre el terreno antes de que se formalice cualquier acuerdo entre EE.UU. e Irán, boicoteando activamente las perspectivas de pacificación para imponer su propia solución militar regional.
Diagnóstico de una debilidad
La confluencia de este desorden y la resistencia iraní invita a evaluar también la capacidad negociadora de Trump desde una perspectiva adicional: si es cierto que la fuerza que un país proyecta al exterior depende de la cohesión y solidez de su frente doméstico, las grietas que atraviesan el antiguo consenso bipartidista y que ahora se extienden a un apoyo del Partido Republicano que anota todos los días nuevas (tímidas) disidencias le ponen a esa proyección de cartel de “peligro” en letras de neón.
A esa fragilidad hay que sumarle el impacto económico global de este estancamiento de la situación. Esta semana, el informe de perspectivas económicas de la OCDE, dibuja un panorama funesto. Sin medias tintas, allí se sostiene que “el conflicto en Oriente Próximo se ha convertido en la fuerza dominante que moldea” la coyuntura y se subraya que los precios de la energía y de otros insumos agrícolas e industriales clave impulsan al alza la inflación, y obligan a revisar a la baja las proyecciones de crecimiento del PIB global, del 3,4% del informe previo a 2,8% en el nuevo.
Este desgaste económico ha provocado que el respaldo político hacia la estrategia bélica de la Casa Blanca se resquebraje dentro de las propias filas del Partido Republicano en el Congreso. Temerosos del castigo electoral en las urnas y conscientes de que un conflicto prometido para pocas semanas se encamina a ser una guerra sin fin, han comenzado a desmarcarse públicamente del presidente, condicionando la aprobación de partidas presupuestarias extraordinarias para el Pentágono y exigiendo una estrategia de salida realista.
Teherán, plenamente consciente de estos problemas domésticos, del éxito puntual de los nuevos golpes de su guerra asimétrica y de la desesperación de Trump por reabrir el estrecho de Ormuz, opta por resistir y mantener la presión, sabiendo que el tiempo juega a su favor mientras el pastorcito mentiroso observa cómo se debilitan los hilos de su propio teatro bélico.
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