Belgrano hizo historia y desató el delirio ruso
Con un Uvita Fernández intratable, el cerebro del Chino Zelarrayán y el místico regreso del Mudo Vázquez, el Celeste dio vuelta un partido para la historia. River se quedó con las manos vacías y la hazaña cordobesa se festejó fuerte desde Alberdi hasta los confines de Vladivostok.
- mayo 25, 2026
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- mayo 25, 2026
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Esta vez pactamos en la semana hacer la llamada clandestina internacional con el ruso Yevgeny Vogarin y el norcoreano Che-Cho a la hora exacta del partido. Ellos se jodieron porque eran las tres y media y las dos y media de la madrugada, respectivamente, en sus países. Y no tenían feriado al otro día para descansar. Pero estaban convencidos. El ruso porque hinchó y se preocupó todo el campeonato por Belgrano y su “camarada”, el Ruso Zielinski; y Cho, hincha de Platense, quería hacerle la contra al ruso.
Yevgeny se preparó una botella de vodka y unos mariscos de la zona para acompañar el partido. Cho se armó un Gamhongno, que es un licor de hierbas medicinales de color rosa muy popular en su región, y lo acompañó con trocitos de panceta de cerdo a la parrilla.
Compartimos una videollamada donde nosotros enfocamos con el teléfono la pantalla de un televisor para que los compañeros puedan ver el partido. Las primeras oportunidades fueron para Belgrano y el ruso se lamenta.
—Pero lo tenía el Chino Zelarrayán y la tiró ahí cerquita.
A los 18, jugada de River por la izquierda. Acuña hizo el famoso a dos toques para la entrada de Galván, que madrugó dentro del área a Rigoni. Centro y gol de Facundo Colidio.
—¡Gaaaaaaal! —explota el coreano, tragando panceta.
—Maldición —explota el ruso. Da un trompazo contra la mesa que hace saltar el vaso de vodka.
A los pocos minutos, ataque de Belgrano, despeja River en el fondo. Se fue al córner. Le pegó Zelarrayán al primer palo, entró Leandro Morales con los pelos decolorados y empató el partido. Estalló la otra mitad del estadio.
—¡Vamos Belgrano, carajo! —grita el ruso y empuja un trago de vodka—. ¡Se lo damos vuelta! —exclama y embucha unos mariscos.
Ambos equipos sintieron que era una final y empezaron a jugar a nada para que pase el tiempo y ver qué onda en el segundo. La especulación exasperante del fútbol local.
—Me duermo, profesor —dice el norcoreano y se toma otro vasito de licor.
—Bánquesela coreano —murmura con rigor soviético Yevgeny.
Se fue nomás el primer tiempo en empate 1 a 1.
—No quiero alargue, me duermo, profesor —repite Cho.
—Bueno, andate a dormir, querido —reclama el ruso.
—Calma, Vogarin, calma. ¿Estás nervioso? —sentencia Cho.
—¿Nervios? Nervios hay en las trincheras —destaca inapelable Vogarin.
—Bueno, tranca, ruso. Es un partido —apacigua el coreano.
Mientras el ruso murmura vaya a saber qué, arranca el segundo tiempo. A River se lo ve mejor. Belgrano parece sentir el rigor de los alargues y el poco descanso. A los 59, jugada sucia en el medio. Arrancó River por la derecha, la defensa de Belgrano queda en línea, Colidio se da cuenta, avanza encarando hacia el medio, le pica Galván, un defensor de Belgrano se da vuelta. Mira para un lado y para otro. En ese momento de distracción, Colidio saca el pase justo para la entrada de Galván, que viene picando por la izquierda. Entra perfilado y pisando rumbo al arco, sacándole un segundo a su marcador, y define ante la salida del arquero. 2 a 1.
—Los mismos actores. Cambiaron de papel. Un gol y una asistencia cada uno —ironiza el coreano del norte y hace buches de licor de hierbas rosa con trozos de panceta adentro de su boca.
—Lo van a ganar estos dos solos. Fueron los únicos que jugaron. Es el peor equipo de River que vi en mi vida —se embronca Vogarin, que recibe una caricia en el hombro de su mujer, Helga.
Parece que todo es para los millonarios. La gente de River no para de alentar. El pueblo pirata se resigna enmudecido. Pero Zielinski saca pecho y mete a la cancha al “Mudo” Vázquez y al “Uvita” Fernández.
—¿Ahora los pone? —se exalta el ruso.
—Y, están grandecitos. Y es lo único que tiene —estiletea el coreano.
Se va el partido, pero el Uvita tiene sus planes. Baja un centro en un córner, le pega y la pelota se va junto al palo. En la jugada siguiente, la baja de nuevo en la puerta del área, gira, arranca, la toca para adelante y la pelota da en la mano de Rivero. El árbitro Yael Falcón Pérez, convencido de que no es penal, da lateral; el juez de línea mira para otro lado. El Chino Zelarrayán estalla. Se suman sus compañeros, apuran al árbitro: uno, dos, tres. Se agrupan los de River para defenderlo. En medio de la refriega, llama la señora VAR a Yael y le marca que vaya a ver la tele. Falcón no tiene más remedio. Va, la ve varias veces y no puede dejar de reconocer que el jugador de River mueve el hombro hacia adelante y para un costado, con lo cual fuerza el brazo a interponerse a la pelota a pesar de estar muy cerca del cuerpo. Finalmente, el árbitro marca penal. Va el Uvita y, como si supiera, le cambia el palo a Beltrán y empata. Estalla Córdoba y estalla el ruso.
—¡Uvita, uvita, uvita de mi vida! —exclama el ruso y se toma dos vasos de vodka a la vez.
—Ahí lo tenés, ruso, para eso lo puso —contragolpea el coreano.
—¿Es justo este título de Belgrano para Zielinski? —se pregunta el ruso. Creo que sí. Un trabajador del fútbol. Uno de esos técnicos que hacen lo que pueden con lo que tienen. Que a veces aciertan y muchas se equivocan. Que nunca tuvieron la oportunidad de dirigir estrellas ni galácticos. Ni campeones del mundo.
Como todos los deportes tienen una dosis de marca anímica indeleble, sobre todo cuando son rivales parejos, Belgrano se entona y va por más. Tres minutos después, el Mudo Vázquez, con sus 38 añitos, va al piso, se la roba al joven Meza, manda el centro, se pasa Rigoni en el primer palo, la defensa de River mira cómo sigue la pelota a los pies del Uvita, que le da de sobrepique cruzado y vence a Beltrán. 3 a 2. Delirio. El ruso pone música clásica y baila con Helga. Son casi las cinco y media de la mañana y es plena noche todavía en Vladivostok. Se ven las luces de los barcos desde las ventanas del departamento de Vogarin que dan al golfo de San Jorge.
—A brillar, mi amor —canta y baila el ruso.
—Ah, bueno —exclama desesperado el coreano y patea los pedazos de panceta que se le cayeron al suelo.
Enloquecido, Coudet mete todo lo que tiene: Salas, Quintero, Kendry Páez. Y en la última, Juanfer saca el mismo centro que hizo que River pasara a cuartos, pero esta vez aparece Leandro Morales y la saca al córner. La va a buscar Beltrán, pero no llega nadie y Yael marca el final. Belgrano campeón. El ruso baila un vals con Helga mientras reflexiona:
—Los torneos cortos le dan la oportunidad a los equipos con planteles no tan vistosos ni colmados de jugadores de selección. Ya lo había pensado y ejecutado Julio Grondona en los 90, terminando con los campeonatos de dos ruedas. Así, Lanús, Arsenal, Banfield, Newell’s, Central y San Lorenzo, después de 21 años, pudieron gritar campeón.
—Con esta definición un tanto extravagante de dos zonas, a una sola rueda y mata-mata, con octavos, cuartos, semi y final, parece que también. Hasta nosotros —en referencia a Platense— y ahora Belgrano pudimos ganar nuestros primeros campeonatos —añade Cho.
—¿Es discutible? Sí, es discutible. ¿Es justo? Habría que preguntarle a Independiente Rivadavia de Mendoza, que le sacó en la primera parte del torneo cuatro puntos de ventaja a todos y después cayó en octavos contra Unión, que clasificó casi sin querer y casi nadie se acuerda —continúa la reflexión del ruso, que da vueltas y vueltas en un vals loco con Helga.
—Es cierto también que cuando ganamos los aparentemente débiles, muchos se ponen falsa y rencorosamente contentos. Pero esta vez está bien. Sobre todo para un equipo muy popular en su provincia, que en sus más de cien años de historia no sabía lo que era gritar campeón —tira entre factos e ironías Cho, que ya se dispone en la cama a dormir.
—¿Es justo para Zielinski? —se pregunta el ruso, que ahora baila con la botella de vodka—. Creo que sí. Un trabajador del fútbol. Uno de esos técnicos que hacen lo que pueden con lo que tienen. Que a veces aciertan y muchas se equivocan. Que nunca tuvieron la oportunidad de dirigir estrellas ni galácticos. Ni campeones del mundo.
—¿Es justo para River? Sus hinchas obvio dirán que no. Pero no tenía esta vez grandes figuras. Muchos pibes y otros ya un poco pasados. Un técnico que llegó hace nada. Que inyectó más rigor físico y anímico que juego. Con eso llegó a una final. Que está bien también, ¿no? —cierra Cho, desafiante ya desde la cama.
—Para el plantel de Belgrano, la gloria absoluta. Un equipo al que no le sobra nada. Tuvo en el Chino Zelarrayán al tipo que piensa y se anima a ir para adelante a sus 33 años. Leandro Morales también se animó a hacer goles y defender. El Mudo Vázquez con su “aura”, Rigoni que corre toda la cancha y Uvita Fernández, que quedará como cuadro para siempre en la historia de Belgrano. El Pirata lo hizo de nuevo contra River.
—Salud, campeón —cierra el ruso bailando con su botella de vodka, cuando ya se ve un haz de luz en el amanecer en el oriente ruso.
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