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Picada cultural: Envidiosa y la larga tradición de la comedia argentina
Con una Griselda Siciliani brillante, la serie no solo conquista audiencias, sino que reivindica un legado de talento formado en el teatro independiente y la educación pública, capaz de exportar identidad incluso en contextos de crisis.
- mayo 10, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Envidiosa llegó a su cuarta y última temporada consolidada no sólo como
un fenómeno de público en Argentina, sino como un producto de exportación
con repercusión global. La serie logró subir a la cima del ranking de las más vistas en varios países de Hispanoamérica y, con más de tres millones de visualizaciones, se ubicó en el top 10 de Netflix a escala mundial.
Más allá de los números, el cierre de esta historia –protagonizada por Griselda
Siciliani en estado de gracia– invita a reflexionar sobre el impacto histórico que siempre ha tenido la comedia argentina y el andamiaje que sostiene a una producción cultural que, a pesar de las crisis y el desfinanciamiento estatal, sigue demostrando una vitalidad asombrosa.
Siciliani despliega aquí todas sus herramientas: un timing para la comedia que parece quirúrgico y una capacidad de despliegue corporal que surge de su formación en la danza. Su Victoria es un torbellino de inseguridades y deseos que conecta con el público desde una honestidad brutal. Sabe administrar el tránsito veloz del gag a la emoción, que en esta temporada termina de decantar gracias a un espacio mayor para esa mixtura. Como en las grandes comedias, el dolor siempre está ahí, latente, al acecho, en personajes que exhiben una fragilidad siempre inestable.
Pero el éxito de Envidiosa no descansa sólo en los hombros de la protagonista. Se sustenta en una red de actrices excepcionales como Lorena Vega, Pilar Gamboa y Susana Pampín. Son nombres que surgieron de la universidad pública, del teatro independiente y del cine de bajo presupuesto. Es decir, de una maquinaria aceitada que se consolidó en el último cuarto de siglo y se forjó en horas de rodaje y escenarios a pulmón, financiados muchas veces por un subsidio estatal módico pero fundamental, que permitió que ese talento no se pierda en el camino. Y, en cambio, se potencie a fuerza de ensayo y error. Es, en esencia, el triunfo de una formación profesional y un compromiso con el oficio que hoy aprovechan las grandes plataformas.
En esta entrega final, el guión da un salto de madurez al abordar las políticas del cuidado. La aparición de un niño que requiere atención dispara tensiones, peleas y reenvía a los personajes a traumas del pasado. La disputa por el tiempo —ese bien cada vez más escaso— y la necesidad de generar una red compartida para sostener la vida diaria se vuelven el motor de la trama.
Hay un detalle que no pasa desapercibido: la anomalía del contexto socioeconómico. En un país que atraviesa un desplome persistente, los personajes de Envidiosa parecen habitar una burbuja. No hay crisis, no hay problemas para llegar a fin de mes y el éxito laboral de la pareja protagonista se transformó en una norma en las últimas temporadas. Tal vez sea una decisión para facilitar acuerdos con marcas, o quizás un alivio para un espectador que ya tiene demasiadas penurias en su vida cotidiana.
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El suceso de Envidiosa no es un fenómeno anómalo. Se inserta en una tradición argentina que está cerca de cumplir cien años. Si bien los premios internacionales suelen llegar de la mano de aquellas producciones que abordan nuestras historias más dramáticas (como lo certifican los Oscar de La historia oficial o El secreto de sus ojos), la Argentina ha sido, junto a México, el principal exportador de humor en lengua castellana desde la década de 1930. Esa edad dorada del cine nacional impuso estrellas y formatos que conquistaron el continente y otros rincones del mundo.
Una de las primeras producciones sonoras, Los tres berretines (Enrique Susini, 1933), narraba las preocupaciones de un padre inmigrante frente a las pasiones de sus hijos: el tango, el fútbol y el cine. Ya en aquel entonces, el cine argentino demostraba una sofisticación técnica envidiable (con travellings y exteriores en Palermo) y una capacidad de recaudación masiva. De esos 18 mil pesos de presupuesto a un millón de recaudación, se trazó un camino que luego transitaron directores como Manuel Romero o Luis Saslavsky.
La genealogía del éxito actual de Envidiosa —así como el de División Palermo, Viudas negras, El encargado o Nada— se remonta a nombres que fueron marca registrada en el exterior: Olinda Bozán, Paulina Singerman, Niní Marshall, Luis Sandrini, Mirtha Legrand, Juan Carlos Thorry. Ellos fueron los embajadores de una
forma de ver el mundo a través de la risa. Más tarde vinieron Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Guillermo Francella, Ricardo Darín, Valeria Bertuccelli, Adrián Suar. Más allá de la calidad dispar de algunas de sus producciones, su alcance habla de una industria que sabe cómo hablarle al resto del mundo hispanoparlante.
Envidiosa se despide, pues, no solo como una serie exitosa, sino como un recordatorio del valor agregado que generan nuestros artistas y de la importancia de sostener los espacios de formación y producción que permiten seguir contando quiénes somos, incluso cuando elegimos reír para no llorar.
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Con el frío patagónico entre sus páginas, esta semana llegó a nuestra redacción el libro Pantalla cruel, del periodista y docente Roberto Samar. Una obra que busca entender los dilemas sociales y políticos que atraviesan la contemporaneidad. También tenemos entre nuestras manos Lo que traemos del olvido, el ensayo de Sergio Wolf que presenta –junto a Adriana Amante y Mariano Llinás– este martes 12, a las 19h, en la Librería del Fondo (Costa Rica 4568, CABA). Allí estaremos luego de marchar por la educación pública a Plaza de Mayo. Esto ha sido todo por hoy. Hasta la semana próxima, saludos cordiales de este humilde redactor.
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