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Una escuela de ciudades para entrenarse en gestión de gobierno
En un escenario de creciente distancia entre política y sociedad, la formación de dirigentes vuelve al centro del debate. Desde Santa Fe, una experiencia intenta ensayar otra forma de hacerlo.
- mayo 5, 2026
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Hay algo que hace ruido en la política argentina desde hace tiempo: la distancia. Entre representantes y representados, entre discurso y vida cotidiana, entre la militancia y la gestión concreta. No es nueva, pero en los últimos años se volvió más evidente, más incómoda y, sobre todo, más dañina para la democracia.
En ese clima, y con la mirada puesta en el próximo año, vienen desarrollándose experiencias que ensayan otros formatos. Y, más allá de las discusiones por liderazgos y construcciones nacionales, aparecen desde otro lugar: las ciudades.
En Santa Fe, una de esas experiencias es la llamada Escuela de Ciudades. Un espacio que reúne militantes, concejales, equipos territoriales y también dirigentes con responsabilidades de gestión. No es una escuela en el sentido clásico, ni un programa académico, aunque también dialoga con ese universo.
Más bien aparece como algo distinto: un intento por pensar la política desde donde se vuelve más palpable. La iniciativa fue presentada públicamente en abril de 2026, impulsada por distintos espacios con despliegue territorial en la provincia, como una propuesta orientada a formar dirigentes para las distintas localidades.
La idea de formar dirigentes no es nueva en la Argentina. Existen desde hace años espacios más tradicionales, vinculados sobre todo a universidades y centros de estudio. La Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, por ejemplo, ofrece programas orientados a políticas públicas con fuerte impronta académica y metodológica.
La Escuela de Ciudades es un espacio que reúne militantes, concejales, equipos territoriales y también dirigentes con responsabilidades de gestión. No es una escuela en el sentido clásico, ni un programa académico, aunque también dialoga con ese universo.
Algo similar ocurre con el Instituto Federal de Gobierno de la Universidad Católica de Córdoba, que desde hace más de una década trabaja en la formación de equipos de gestión y en la asistencia técnica a distintos niveles del Estado.
Pero también, en un registro distinto, vienen apareciendo experiencias más recientes que combinan formación, debate y producción de ideas desde espacios políticos. En ese marco pueden ubicarse iniciativas como las del Centro de Estudios Derecho al Futuro (CEDAF), impulsado por el Movimiento Derecho al Futuro, junto con otras líneas de trabajo orientadas a la formación y producción de contenidos.
En esa misma preocupación por construir cuadros y producir pensamiento se inscriben también think tanks históricos como la Fundación Libertad -con fuerte presencia en Rosario- y nuevas iniciativas impulsadas por dirigentes políticos que buscan desarrollar espacios propios de elaboración. En esa línea, el ex jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, lanzó el Movimiento al Desarrollo (MAD), orientado a la generación de ideas, la formación de liderazgos y la transferencia de herramientas de gestión.
La preocupación por formar dirigentes, en ese sentido, es bastante extendida. Lo que aparece en la Escuela de Ciudades, en principio, es otra cosa. No tanto que haya una “escuela”, sino desde dónde se construye ese aprendizaje.
Bruno Taddia, concejal de Ciudad Futura en Venado Tuerto, parte de un diagnóstico que recorre toda la experiencia: la voluntad, por sí sola, no alcanza. El problema no es solo qué se quiere hacer desde el Estado, sino si quienes llegan a gobernar están preparados para hacerlo. O, más aún, cómo es esa preparación.
En ese punto, la Escuela se corre de una idea bastante instalada: que alcanza con sumar formación técnica o acumular herramientas.
La propuesta aparece más bien orientada a otro objetivo. No tanto a perfeccionar el accionar político en abstracto, sino a generar instancias de trabajo donde el eje esté puesto en los problemas concretos y en cómo abordarlos.
“La diferencia no es discursiva, es práctica. No se trata de decir algo distinto, sino de hacer algo distinto. No es una escuela para la rosca, ni para armar listas o pensar candidaturas. Es un espacio donde nos encontramos para ver qué está haciendo cada uno en su ciudad, qué problemas aparecen, qué soluciones funcionan y cuáles no. La idea es compartir eso, organizarlo y construir desde ahí, desde lo local, un proyecto político más amplio”, expresa Taddia.
Ahí aparece una clave para entender la experiencia: la Escuela de Ciudades no se presenta como un espacio para bajar línea ni para ordenar políticamente a quienes participan. Tampoco como una instancia de profesionalización en sentido clásico. Más bien funciona como un lugar de encuentro entre experiencias distintas.
Y en ese punto, la composición del espacio no es un dato menor. Conviven ahí trayectorias diversas: equipos que hoy gestionan, otros que están en la oposición, otros que están empezando a construir, sin que esa diversidad esté ordenada por pertenencias partidarias rígidas o identidades cerradas. Experiencias locales con distintos recorridos, que encuentran en ese espacio una instancia de intercambio.
Ese cruce es, en buena medida, lo que le da forma. La idea no es transmitir un saber cerrado, sino poner en común lo que pasa en cada territorio. Intercambiar proyectos, equipos, diagnósticos. Compartir tanto lo que funcionó como lo que no.
A partir de ahí, se organiza una mirada que pone el foco en lo local. No solo por cercanía, sino porque es en ese nivel donde la política mantiene un vínculo más directo con la vida cotidiana. Donde los problemas son menos abstractos y las decisiones tienen efectos más inmediatos. No se trata solo de administrar mejor, sino de volver a conectar la política con la vida cotidiana: el transporte, el acceso a la vivienda, los servicios básicos.
En ese sentido, la experiencia se inscribe en una tradición municipalista, pero intenta proyectarla más allá de lo estrictamente local. No como un repliegue, sino como una posible base de construcción política.
Pero esa apuesta no se agota en la formación. Porque, en el fondo, lo que se pone en discusión no es solo cómo se aprende a gobernar, sino cómo se hace política. La idea de “cambiar las formas de cambiar”, que señalan desde el espacio, apunta justamente a eso: no alcanza con mejores diagnósticos o más herramientas, ni proponer nuevos escenarios, si en el fondo se siguen reproduciendo las mismas prácticas políticas.
Ahí aparece una definición que ordena buena parte del planteo: construir espacios más abiertos, menos organizados alrededor de la competencia interna y más enfocados en la resolución de problemas concretos.
Ahora bien, esa búsqueda también abre una tensión. Porque si bien la Escuela se presenta como un espacio que intenta correrse de ciertas lógicas más tradicionales, forma parte, inevitablemente, de procesos políticos más amplios. Donde hay acumulación, alianzas, proyección. Donde esas mismas lógicas siguen operando.
La pregunta, entonces, no desaparece. ¿Hasta qué punto una experiencia de este tipo puede modificar una cultura política que se reproduce mucho más allá de cualquier escuela? O, dicho de otro modo, si es posible construir algo distinto sin terminar pareciéndose a lo que se critica.
Por ahora, lo que aparece es una búsqueda, a partir de una convicción. Un intento de articular de manera más sistemática experiencias que hasta hace poco funcionaban, tal vez, de manera dispersa o con distintas lógicas. De poner en común lo que pasa en cada ciudad y darle escala.
No está claro todavía qué puede salir de ahí. Pero sí parece señalar algo más amplio: que, frente a una política cada vez más desacoplada de la vida, vuelve a aparecer -con fuerza- la pregunta por cómo se construye, desde lo cercano, para volver a conectar con la comunidad.
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