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El fenómeno Padura y la lúcida radiografía de Schavelzon sobre la resistencia de la industria

En la sala Victoria Ocampo de la Feria del Libro se realizaron dos presentaciones consecutivas marcadas por los contrastes: el cubano Leonardo Padura desbordó la capacidad del lugar para hablar de su nueva novela y la crisis en la isla. Minutos después el editor Guillermo Schavelzon tomó la posta ante un público íntimo para analizar los desafíos, el declive y la resistencia de la industria editorial.

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En el segundo fin de semana de la Feria del libro dijeron presente, entre otros, Felipe Pigna, Claudia Piñeiro, Arturo Pérez-Reverte, Martín Kohan, Eduardo Sacheri, Roberto Chuit Roganovich, Alejandra Kamiya, Clara Obligado y Camila Sosa Villada. 

El 1° de mayo, en una Feria del Libro en la que los visitantes colmaban los pasillos, el Pabellón Blanco estaba en pleno hormigueo. Unos iban a escuchar una nueva mesa del “Diálogo de Escritoras y Escritores de Argentina” con Esther Cross, Betina González, Luciano Lamberti y Luis Sagasti. Otro grupo estaba aguardando el momento en que los dejaran subir a la sala Victoria Ocampo para escuchar a uno de los invitados internacionales, el cubano Leonardo Padura, a quien le tocaba presentar su último libro Morir en la arena (Tusquets) acompañado de la periodista Patricia Kolesnikov. Era la segunda oportunidad que los lectores locales tenían de encontrarse con él, que ya había participado de una mesa el día miércoles. 

Una chica, mate en mano, le leía a su compañero la biografía del escritor, mientras que otra mujer, lectora del autor, se resignó al ver la cantidad de gente que hacía fila. Conocido por sus novelas policiacas del detective Mario Conde y por la novela El hombre que amaba a los perros (2009) sobre la huida de Trotsky a México, Padura es uno de los más célebres autores cubanos contemporáneos. 

Minutos antes de las siete, hora de la cita, quienes estaban en la planta inferior empezaron a subir, solo para descubrir una fila que viboreaba en el piso de arriba. Las salas que se destinaron a la exposición del cubano no alcanzaron para albergar a los lectores que esperaban escucharlo. “Se está transmitiendo en vivo”, avisó una representante de la organización de la feria, cuando ya era evidente que no iba a ingresar nadie más.

Un grupo se agolpó en la entrada, con la esperanza de poder escuchar algo de la presentación, hasta que la seguridad los derivó a otra de las puertas. Cada nueva persona que llegaba recibía la misma respuesta: “está en capacidad máxima”. “No sabés lo que me costó llegar”, se lamentó una mujer, que quiso saber al menos por dónde había ingresado el escritor para poder saludarlo al final. Un grupo de unas veinte personas se quedó escuchando desde el pasillo en pulcro silencio para captar las palabras que llegaban desde adentro, algo amortiguadas. Algunos, acompañaron hasta el final, otros desistieron y volvieron a los pasillos, en búsqueda de otras actividades. Mientras tanto, el personal de la Feria intercambiaba saludos por el Día del Trabajador que transcurrió para ellos ausente de descanso. “Hice veinticuatro presentaciones hoy”, comentaba una locutora al personal de seguridad.

Ante la presencia en el público de Ezequiel Martínez, director de la Feria, y el escritor español Fernando Aramburu (que también presentó un libro el 3 de mayo), Padura conversó sobre su novela durante una hora que se sintió breve. Morir en la arena fue presentada como el reflejo de una generación que vivió el fracaso de la revolución, un libro que habla de la vulnerabilidad en la vejez y los sueños frustrados. El protagonista, Rodolfo, es un hombre recién jubilado que recobra la intimidad inesperada de su cuñada Nora, de quien estuvo enamorado en su juventud, al mismo tiempo que recibe la noticia de la pronta excarcelación de su hermano parricida. 

Con su voz profunda y su cadencia caribeña, Padura, después de los agradecimientos a los presentes, a su esposa Lucía y al apoyo de su editorial, contó que la historia está inspirada en un caso real, aunque con varias modificaciones. 

El escritor repasó algunas de sus inspiraciones y demostró su rechazo por una “literatura de compromiso” de corte propagandístico. Sin embargo, sí destacó la necesidad de un deber ciudadano con la construcción de una memoria para el futuro. “Escribo con una perspectiva social, creo que mi literatura de alguna forma arma una crónica social de la vida en estos años, sobre todo desde la perspectiva de mi generación”, definió.

Inevitablemente, buena parte de la charla derivó hacia el comentario sobre la compleja situación que vive el país del escritor. “He utilizado mucho en estos días la imagen de Cuba y el túnel. Ese túnel en el que al final, a la salida, podía haber una luz, esa luz se apagó hace mucho tiempo y ahora ni siquiera sabemos dónde están las paredes del túnel. Entonces creo que mi literatura está intentando reflejar eso”, dijo Padura, que continúa viviendo en la isla. “Cuba debe cambiar, pero no porque Trump diga que Cuba debe cambiar y le ponga una pistola en la cabeza al gobierno cubano. Cuba debe cambiar porque los cubanos necesitan que Cuba cambie”, remarcó.

La situación es crítica y los números preocupan. Según datos del autor, entre un 12 y un 15% de los habitantes han emigrado después de la pandemia, especialmente jóvenes, y la dependencia de los “fe” (familiares en el exterior) es esencial. “Hay que tener fe para poder sobrevivir”, comentó.

Sin embargo, no existe solo amargura ni en la novela ni en la vida real. En una, el amor y la amistad se presentan como fuerzas redentoras, mientras que en las calles de La Habana, el autor dice que nunca ha escuchado tanta música, aunque se lamenta de que lo que se oiga sea reguetón.

Al final del encuentro, Padura adelantó que se encuentra trabajando en su próximo libro, que traerá de vuelta a Mario Conde. Mientras el escritor se retiraba hacia el stand de la editorial para firmar ejemplares, el próximo orador ya se encontraba afuera de la sala. Se trataba del editor y agente literario Guillermo Schavelzon, que comenzó su trayectoria en la mítica editorial de Jorge Álvarez cuando era un chico de diecinueve años “con cara de niño”, según recordó. Fue fundador de las editoriales Galerna en Argentina y Nueva Imagen en México, y el Centro de Promoción del Libro Mexicano, que dirigió varios años. Schavelzon, ahora en sus ochenta, vive desde 2002 en España. En 1976 se exilió en México, luego de que explotaran bombas en la sede de su editorial y su casa.

Frente a una audiencia íntima y con la compañía de la coordinadora Verónica Abdala, Schavelzon esperó pacientemente a que se solucionaran unos problemas con el audio. “Es un clásico para que no digamos nada”, bromeó, en complicidad con alguien sentado en primera fila. Superado el problema que retrasó unos minutos el arranque de la mesa, Schavelzon empezó diciendo que no le gustaba la idea de hacer un recorrido por su trayectoria (que ya contó en su libro El enigma del oficio. Memorias de un agente literario publicado por Ampersand), sino que prefería contar su historia con el fin de reflexionar sobre el presente. Aunque, por supuesto, no faltaron las anécdotas, como cuando contó que regresó de un viaje por América con dos manuscritos de dos jóvenes desconocidos: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. 

En su evaluación, el sector editorial atraviesa claramente un momento de caída -Schavelzon señaló que no le gusta la palabra “crisis”’’- debido a un modelo de negocios que presenta muchos frentes problemáticos. Entre ellos, la sobreproducción de ejemplares que no se venden y que tienen además un precio “falsamente inflado”, el sistema de novedades que empuja a una rotación constante ajena a los tiempos de la lectura, la falta de figuras autorizadas que recomienden libros, a excepción de los libreros independientes, que enfrentan sus propios obstáculos para mantener la rentabilidad. Mientras tanto, los grandes grupos editoriales obtienen ganancias de otros rubros y emprendimientos laterales, pero no de los libros.

Por otra parte, Schavelzon aseguró el rol decisivo de las políticas estatales. Iniciativas como el Programa Sur y los apoyos a la exportación resultan claves no solamente para el ámbito del libro, sino como una política cultural más amplia de representación ante el resto del mundo que favorece, eventualmente, a otros negocios.

Frente al panorama adverso, Schavelzon se mostró, sin embargo, optimista: el tiempo de caída puede ser un tiempo para pensar algo nuevo. Además, destacó la tarea del talento local y de editores como Víctor Malumián, editor de Godot y organizador de la Feria de Editores, que estaba presente en la sala. Argentina, dijo, tiene una vigorosa tradición literaria y allí radica la fortaleza que ha mantenido viva instituciones como la de la Feria del Libro.

La jornada del 1° de mayo, con miles de personas paseando por los pasillos, comprando libros y haciendo filas para escuchar a autores conocidos y desconocidos a pesar de la crisis, le dan la razón.

 

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