3 de junio
A una década del primer grito colectivo, una crónica desde el interior bonaerense sobre la herencia del miedo, las violencias cotidianas y la urgencia de romper un ciclo que se cobra la vida de niñas y mujeres.
- junio 4, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Son las cuatro de la tarde. El cielo persiste encapotado desde el amanecer. El aire quieto es el que anuncia las tormentas, aunque la tormenta ya haya sucedido antes. Y vuelva a caer una y otra vez.
Estas palabras no van a detenerla. Tampoco saben desatar bolsas, ni encajar partes de las piezas dispersas aquí y allá, no arman cuerpos mancillados, ni borran las huellas del ultraje. No ensordecen los insultos ni la degradación. No doblan hacia abajo los señalamientos. No borran las dudas.
La plaza central sigue igual. Las magnolias blancas caen interminables en estos mismos días año a año. Lo han hecho por décadas. Pronto los alumnos de la escuela de enfrente atestarán la calle de gritos y carcajadas. Los padres se agolparán en doble fila justo en la puerta sin importar nada más. Casi ninguna de esas niñas caminará las cuadras necesarias hasta llegar a su casa. Y si lo hiciera, las miradas condenatorias se preguntarían cómo es que su madre la dejó caminar sola.
Quizás logre sobrevivir. Quizás nadie la siga ni le murmure ninguna obscenidad. Quizás nadie la corra. Quizás nadie la alcance y la toque en algún descampado. Quizás llegue a su casa sana y salva día a día, cada año. Quizás su primer amor no la persiga ni la hostigue ni la controle. Quizás nadie hable de cómo se viste ni a qué hora vuelve. Quizás elija si ser o no madre. Quizás tenga a su alcance los modos de cuidarse. Quizás se enamore. Quizás se independice de sus padres y, por primera vez, se vaya a vivir sola. Quizás logre el sustento económico para pagar un alquiler, la comida, los servicios, el médico. Quizás invite a su novio a vivir con ella. Quizás las cuentas de la casa las paguen los dos de forma equitativa. Quizás entre los dos hagan las tareas domésticas. Quizás quiera ser madre. Quizás quede embarazada y ría de la mano del padre de su hija cuando vean el latido en la pantalla del ecógrafo. Quizás pueda ir al médico elegido para que siga el embarazo. Quizás no deba ahuyentar al jefe para que no la hostigue. Quizás calle para no perder ese puesto justo cuando está embarazada. Quizás el padre de su beba piense que es infiel cuando se entere del hostigamiento. Quizás la deje. Quizás apenas aparezca los primeros meses de vida de la recién nacida. Quizás asegure que no es suya.
Las nubes se abarrotan en la semioscuridad del atardecer. Esta vez somos más en la plaza principal. Las magnolias cubren el suelo ahora rotas. Nos reconocemos. Hemos estado antes, el 3 de otros junios.
Quizás ella deba dejar a su beba recién nacida al cuidado de su abuela para salir a buscar trabajo. Quizás lo consiga y, cumplidas las doce horas, abra de regreso la puerta de su casa y le dé de mamar lo que apenas sale de sus pechos. Quizás la mire a los ojos y le dé su dedo meñique para que la bebé lo sostenga mientras se alimenta. Quizás logre llevar a cuestas los días y los años. La guardería, el jardín, los cumpleaños con los restos de velas de los años pasados. Quizás simule a la perfección la falta de hambre cuando la cena no alcance para dos. Quizás zurza las medias y bombachas ya transparentes. Quizás aprenda las una y mil formas de hacer arroz. Quizás se le vaya el cansancio cuando vea sonreír a su hija. Quizás sea una buena madre. Quizás su hija también vaya a la misma escuela de la que ella ahora ha salido. Quizás tampoco pueda ir a buscarla porque los tres trabajos que tiene y el horario y la moto o la bicicleta rotas. Quizás la niña salga igual que ella ahora caminando. Pero sí la siga alguien y no sobreviva. Quizás la madre deba ir a la comisaría una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Quizás a la semana le digan de una bolsa, de los trozos de cuerpo, de sus manos ahí en una zanja y ya no sosteniéndose de su dedo meñique.
Las nubes se abarrotan en la semioscuridad del atardecer. Esta vez somos más en la plaza principal. Las magnolias cubren el suelo ahora rotas. Nos reconocemos. Hemos estado antes, el 3 de otros junios. Hace ya una década que estamos, pero las magnolias siguen cayendo.
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