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Un psiquiatra bipolar cuenta su historia

Hablar del trastorno bipolar: un desafío travesado por prejuicios, miedos y silencios. El autor lo enfrenta relatando su propio caso. Los recuerdos de una infancia como chico inquieto y alborotado. De la interpretación de la familia al diagnóstico especializado en la adultez. El litio que le cambió la vida. El peor escenario para el pronóstico del trastorno bipolar no es la enfermedad en sí misma, sino nuestros prejuicios, miedos y silencios que hacen difícil encontrar los tratamientos más adecuados.

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Un psiquiara

Hablar del trastorno bipolar sigue siendo, para muchos, un desafío atravesado por prejuicios, miedos y silencios. Informar, visibilizar y desestigmatizar esta condición es una tarea que no tiene fecha en el calendario: es una necesidad constante. Esta causa es la de muchos de mis pacientes, de sus familias, de quienes los acompañamos desde la salud… pero también es la mía. Ese día es el de muchos de mis pacientes, de sus familias, de quienes los acompañamos desde la salud… pero también es mi día.

 

Durante mi infancia, era un chico inquieto. Inquieto en serio. Lo que consideramos en las aulas y los consultorios un niño hiperactivo. Mis padres hasta habían patentado a mi conducta de hiperactividad con toda creatividad como “alboroto”. Está caracterización no estaba ni está en ningún criterio diagnóstico de los tratados de psiquiatría, psicología ni neurología. No los culpo ni a ellos ni a mi excelente pediatra por no haberme hecho un diagnóstico adecuado. Recién en los años ‘70 y ‘80 comienza a formalizarse los criterios diagnósticos para el “Trastorno de déficit de atención con hiperactividad”.

 

Muchos años después siendo estudiante avanzado de medicina me acerqué a un especialista y me confirmó el diagnóstico de “Trastorno de déficit de atención variante hiperactividad”. No pasó mucho tiempo más hasta que presenté mi primer episodio depresivo… situación que fue interpretada en mi familia como “una crisis vocacional de estudiante universitario». La enfermedad mental no suele ser tenida como una de las primeras opciones a evaluar dentro

de los diagnósticos. Si fuese así, yo hubiera tenido un diagnóstico precoz y hubiera tenido un pronóstico mucho mejor en mis años siguientes. 

 

Unos años después, con la ayuda de mi pareja de ese entonces, logramos identificar que

particularmente me aceleraba, me irritaba, tenía mayor nivel de energía y menor necesidad de descansar al menos en semanas cercanas a los fines de año… Otra vez mi entorno justificaba mi estado como “cansancio de fin de año por exámenes finales”, “alta autocrítica en los balances personales de fin de año” y alguna otra supuesta explicación mal atribuida como causa.

 

Pasaron algunos años más hasta que, haciendo la especialidad de psiquiatría, comencé a reunir todos estos antecedentes y entonces, a pesar de la desaprobación de mi familia de consultar a un psiquiatra, me alegré de poder encontrar una explicación más adecuada a mis cambios de humor. Ya había encontrado un diagnóstico más apropiado a “bajones” o “crisis de la vida” u “obvias reacciones anímicas a los problemas cotidianos”. Padecía estados de ánimo depresivos de algunas semanas de duración con desánimo, dificultad para disfrutar de mis actividades habituales, falta de energía, disminución de voluntad, tristeza, falta de apetito que me impedían mantener mis actividades.

 

Sin embargo, tiempo más tarde me sentía “rebotando” con un ánimo placentero, con una lucidez mental que me asombraba, picardía, mayor sexualidad, sin mucha necesidad de dormir de noche y mayor productividad hasta altas horas de la noche… efectivamente viraba de una fase depresiva a una fase hipomanía… y así quedaba identificado mi ciclo con mis dos polos (“bipolar”) de estado del ánimo: trastorno bipolar tipo 2

Recuerdo que me decía a mí mismo “si veo lo bien que le hacen estos tratamientos a los pacientes, ¿cómo no voy a aprovecharlos para mí?”. Además, con qué autoridad científica y moral iba a diagnosticar a los pacientes y proponer tratamientos con litio, antipsicóticos y antidepresivos si yo mismo tenía prejuicios y no adhería a las indicaciones de cuidado de mis profesionales (tratamientos).

Hecho los diagnósticos, comenzamos con mi psiquiatra y mi psicólogo a armar de a poco el plan de tratamiento. Psicoterapia cognitiva conductual individual y medicaciones estabilizadoras del ánimo. Por ese entonces, el litio (carbonato de litio) me cambió la vida… ¿Litio? Efectivamente con las semanas y los meses, la terapia y el litio minimizaron los cambios de humor gracias a colegas psiquiatras que me ayudaron y me guiaron en este largo camino de tratamiento. Tuve temporadas que tuve que aumentar la frecuencia de la psicoterapia y agregar otras medicaciones como un antidepresivo como la sertralina, “un antiepiléptico” como el ácido valproico y un “antipsicótico” como aripiprazol que colaboraban con el litio. 

 

Un antidepresivo vaya y pase, ¿pero un antipsicótico y un antiepiléptico? ¿Qué tenía que ver mi diagnóstico con psicosis y epilepsia? Absolutamente nada. Convengamos que estar formado como médico y psiquiatra colaboró para que no tuviera prejuicios sobre el diagnóstico de trastorno bipolar y el uso de estos tratamientos. Sabía que los fármacos antipsicóticos y antiepilépticos en este contexto cumplen otras funciones: estabilizadores del ánimo y potenciadores de otros fármacos. Pero no todos los pacientes tenemos la oportunidad de tener está información para entender y aceptar nuestro diagnóstico y garantizar la adherencia a nuestros tratamientos.

 

Recuerdo que me decía a mí mismo “si veo lo bien que le hacen estos tratamientos a los pacientes, ¿cómo no voy a aprovecharlos para mí?”. Además, con qué autoridad científica y moral iba a diagnosticar a los pacientes y proponer tratamientos con litio, antipsicóticos y antidepresivos si yo mismo tenía prejuicios y no adhería a las indicaciones de cuidado de mis profesionales (tratamientos).

 

Es cierto que no todo fue color de rosas, tuve efectos adversos por las medicaciones combinadas o individualmente. En las primeras etapas, las dosis pueden ser mayores a otros momentos del tratamiento y eso puede ocasionar efectos adversos molestos. Hubo épocas en las que mis problemas atencionales de trastorno de déficit atencional se agravaron. Tenía que hacer un esfuerzo mayor de concentración, anotaba, abusaba de los recordatorios. Aumenté de peso porque había aumentado mi apetito y no lograba mejorar mi alimentación y salir del sedentarismo. Comencé con ronquidos acompañados de apneas del sueño (pausas involuntarias en la respiración mientras dormía), con falta de sueño reparador, embotamiento al día siguiente, tendencia a quedarme dormido durante el día y comencé a usar un dispositivo (CPAP) para dormir y evitar esas “asfixias” en el sueño…

 

No me estabilicé en días, tampoco en semanas, ni tal vez en meses… en retrospectiva, podría arriesgar que fue en unos pocos años. Con mis pacientes solemos hablar que hay ciertos aspectos de las enfermedades y los tratamientos que podemos analizarlos en “series cortas de tiempo” (una medicación hipnótica para conciliar el sueño), pero hay muchas otras situaciones en nuestra especialidad que requieren “series largas de tiempo” para analizar y sacar conclusiones. Todos tenemos expectativas de logros a corto plazo. Pero como me enseñó un paciente: “puedo plantar hoy una semilla de un árbol, pero para ver el bosque tendré que esperar mucho más que un hoy y un mañana”.

 

Está es una enfermedad como tantas otras de cualquiera de las especialidades de salud. Es un trastorno que involucra al cerebro manifestándose con síntomas en el ánimo, la conducta y la cognición como emergentes de su funcionamiento y la interacción con su entorno. Es un trastorno diagnosticable y tratable. Es un trastorno crónico incurable por el momento. Pero el peor escenario para el pronóstico del trastorno bipolar no parece ser la enfermedad en sí misma, sino nuestros prejuicios, miedos y silencios que nos retrasan consultas, diagnósticos y la oportunidad de encontrar nuestros tratamientos más adecuados para seguir con la mejor calidad de vida y sensación de bienestar posibles para cada uno.

 

Federico C. A Quaglia es Médico especialista en Psiquiatría (M.N.: 107.256). Presidente del Capítulo de Trastornos Cognitivos, Conductuales y Demencias en Asociación Argentina de Psiquiatría. Jefe de Sección de Psicogeriatría y Clínica de Neuropsiquiatria Geriátrica. Departamento de Psiquiatría. CEMIC

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